Capítulo 7 #2
—Tal vez. No estoy seguro. Si consigo averiguarlo esta noche, no tengas dudas de que te lo diré.
Te dejo con tus amistades. —Le hizo un gesto con el mentón hacia un par de mujeres, mientras él prefería buscar otro tipo de compañía.
Conocía a las amigas de Eve y sabía que alguna tenía cierto interés en él.
Archibald encontró a varios jefes charlando, y fue el Cameron quien le hizo un gesto para que se acercara a estos.
—Caballeros…
—Campbell, que alegría verlo aquí —le comentó palmeándolo en el hombro.
—No es nada extraño si a uno lo invitan.
—Me sorprendió que el otro día, en Lochaber, salió en defensa de Jacobo Estuardo —comentó el jefe de los Stewart Appin contemplándolo con los ojos entrecerrados como si no terminara de creer en su palabra.
Archibald sonrió.
—No veo por qué no debería hacerlo. La casa real de los Estuardo ha dirigido la política de las islas desde que el hijo de la reina María se ha sentado en el trono. Son los legítimos herederos…
—Cierto, pero dado que pasa tanto tiempo en Londres…
—Piensan que me he convertido en un inglés. ¿En un sassenach ? Creo que dejé clara mi postura la otra mañana en la reunión de Lochaber. —Este comentario le hizo recordar a Eve y el de esta acerca de que podía dejar el cargo cuando gustase.
—Por eso mismo celebro que su opinión sea la de la mayor parte de la masa social escocesa. Lástima que los clanes del sur se muestren más reacios a apoyar la reclamación de Jacobo al trono.
—Sin duda que la influencia inglesa es más acentuada allí —apuntó el Cameron.
—Cada uno defiende los intereses de su clan, y no me queda duda de que un enfrentamiento con Inglaterra puede ser perjudicial para la nación, caballeros.
—¿Y qué sugerís, Argyll? ¿Acatar sin más las propuestas de Londres? No podemos quedarnos cruzados de brazos aceptando todo lo que se acuerde en el parlamento británico.
—Están en mayoría de miembros con respecto a los demás países. Por ese motivo hacen lo que les viene en gana —señaló el jefe de los Stewart Appin.
—El parlamento británico no es equitativo. Por eso mismo ha decidido arrojar a Jacobo del trono para instalar a su yerno el Orange. Un extranjero que no va a gobernar —protestó Cameron furioso por ese hecho.
Archibald era consciente de que aquellos hombres tenían toda la razón, pero esta no debía llevar al país a una guerra abierta contra Inglaterra.
—¿Cómo piensa evitarla? La otra mañana, en Lochaber, aseguró que haría todo lo posible —le recordó John McLean, que se había unido a la conversación hacía más bien poco y quería conocer los argumentos del duque de Argyll.
Archibald sacudió la cabeza.
—No lo tengo claro. Solo sé que debemos evitarlo. ¿Por qué no aceptar a Guillermo? Al menos podríamos darle un margen de tiempo para ver qué planes tiene para Escocia.
—Los que le marque el parlamento de Londres, y lo sabe tan bien como todos los que aquí estamos, Campbell —dijo el Stewart of Appin con total seguridad.
—No nos dejarán tiempo para explicarnos en cuanto tomen cartas en el asunto del robo de los impuestos —le aseguró McLean convencido de que así sería—. A estas horas la guarnición inglesa en Edimburgo ya debe haberse preparado para cumplir las órdenes que lleguen de Londres.
—Si al menos lográramos saber quiénes fueron —comentó Archibald con cierta desesperación.
—No lo sabremos nunca. Incluso puede que los que robaron el dinero sean de un clan de otras tierras y se hayan marchado de regreso a estas —le sugirió James, quien había permanecido en silencio escuchando la conversación—. ¿Ha pensado en esa posibilidad, Archibald?
Este apretó los labios y asintió.
—He pensado en innumerables posibilidades. Y no llego a ninguna conclusión, caballeros.
—Haría bien en centrarse en lo que puede suceder si Inglaterra toma medidas.
Debería avisar a sus hombres y a los clanes hermanados con los Campbell.
—El consejo de McLean le provocó un ligero escalofrío en el cuerpo, o tal vez fue que en ese instante tenía una amplia visión de Eve charlando y riéndose de lo que le comentaba cierto joven.
No sabía a qué venía quedarse contemplándolos de aquella manera tan descarada, que captó la atención del propio James McLean, y este no pudo fruncir el ceño en señal de contrariedad.
¿Por qué diablos el Campbell se fijaba en su hermana?
—Tomaré medidas si llega ese momento. Por lo pronto me centraré en otros asuntos.
Y estos no tenían que ver con Eve, a pesar de que se sentía extraño por verla reír con otro hombre.
¿No le había contado Jane que ninguno se había querido acercar a ella después de que él no regresara de Londres a cumplir su palabra de compromiso?
¿Qué todos parecían haberla dejado aparte y considerarla una solterona? Entonces…
—Debería irlo haciendo ya, pues según noticias de la capital, el general McKay ha partido con un nutrido grupo de fuerzas en los que se engloban a los clanes del sur; los más cercanos a Inglaterra —aseguró el jefe de los McKenzie captando la atención de todos.
—Si es cierto, no tardaremos en tener noticias suyas —aseguró McLean.
—Al parecer no les ha gustado en Londres que hayamos recuperado los impuestos —sonrió el jefe de los Stewart Appin sembrando la incertidumbre.
—No creo que sea un motivo del que estar orgullosos —intervino Archibald molesto por ese comentario.
—Y no lo estoy, solo digo que parece haberles sentado mal.
—Londres no ha tardado mucho en tomar una decisión —apuntó McLean—. Será mejor que se dé prisa en averiguar qué sucedió con los recaudadores, Campbell. Tal vez, si se los entrega a McKay, esté a tiempo de evitar males mayores.
—No si Claverhouse sigue convenciendo a los clanes de estas regiones para que lo apoyen en su cruzada particular para reunir partidarios de Jacobo y que estén dispuestos a pelear por él. Y ahora, si me disculpan... Veré si logro averiguar algo esta noche.
Archibald se apartó del grupo de jefes dirigiendo sus pasos fuera del salón en busca de cierta calma.
Aquellos hombres parecían dispuestos a pelear por un monarca que se había marchado de su tierra con destino a Francia.
¿Se les había pasado por la cabeza si él querría regresar en esas condiciones?
¿Con una guerra contra Inglaterra de por medio?
Abandonó el salón y salió al exterior. Conocía el castillo de Duart por haber pasado allí tiempo cuando se sintió atraído por Eve.
Y aquellos años que había permanecido alejado, la distribución del lugar no había variado.
No obstante, salir al exterior. El viento lo abofeteó en pleno rostro, pero lo agradeció porque pensaba que lo ayudaría a despejarse.
Las antorchas permanecían encendidas en el exterior para delimitar la situación de la fortaleza.
Vaciló entre coger el sendero que conducía a la playa o bien el otro que, si no se equivocaba, lo llevaría hasta un banco de madera en el que se había sentado en alguna que otra ocasión en el pasado.
Se fijó en las piezas de artillería que esperaba que no tuvieran que usarse contra los ingleses.
Se detuvo junto a estas dirigiendo su mirada hacia el mar.
De alguna manera se sentía extraño en su regreso a su tierra.
No había esperado que fuese de la forma en la que estaba siendo.
Claverhouse tratando de convencer a los jefes de los clanes del norte para unirse y, juntos, traer a Jacobo de vuelta de Francia para sentarlo en el trono del palacio de Whitehall; los mismos jefes que parecían dispuestos a secundar esa rebelión; el robo de los impuestos a los recaudadores, y por último…
Eve McLean. Más bonita que los recuerdos que guardaba de ella.
Apretó los dientes con rabia y cerró las manos en sendos puños hasta sentir como las uñas se le clavaban.
Sacudió la cabeza y decidió dar la vuelta para volver.
Había olvidado a Jane quien, aunque estuviese acompañada en todo momento por sus amistades, era responsabilidad suya.
Caminó hacia el interior del castillo y se encontró con James McLean en la puerta.
—¿Ha salido a tomar el fresco de la tarde, Campbell?
—Sí, lo necesitaba. Despejarme y dejar la mente en blanco por unos minutos.
—No se lo discuto después de escuchar la conversación que ha mantenido con algunos de los jefes de los clanes de estas tierras.
—No logro entender cómo pueden estar pensando en una guerra contra Inglaterra. E incluso que el jefe de los Stewart Appin parezca no solo defender el robo de los impuestos, sino también burlarse de ese acto.
—No creo que su comentario haya sido con mala intención. Debería hablar con ellos.
—¿Con quiénes? —Archibald levantó la mirada del suelo, contrariado por aquella sugerencia.
—Con los recaudadores a los que asaltaron. Están en Perth.
—Pero ¿cree que lograré algo?
—No estoy seguro, pero por intentarlo… —El propio James se encogió de hombros.
—Ambos sabemos que nadie delatará a quienes lo han hecho.
—Es cierto. ¿No tiene ningún indicio a estas alturas?
—No he podido dedicarle al asunto el tiempo que merece.
—Supongo que pensaría en Claverhouse.
—¿Por qué lo dice?
—Por su empeño en restaurar a Jacobo en el trono.
—No lo creo tan loco como para andar asaltando a los recaudadores de impuestos —le confesó Archibald sacudiendo la cabeza—. Puede haberse tratado de una partida de ladrones vulgares que dieron con los recaudadores.
—Es posible.
Archibald asintió emitiendo un sonido gutural de estar de acuerdo con esa proposición.
—Y también lo es que nunca llegue a saberse.
—Hablando de todo un poco, ¿cuánto tiempo tiene pensando permanecer por estas tierras?
—Prometí a Claverhouse quedarme en Dudhope hasta su regreso.
James cruzó los brazos y asintió sin dejar de mirarlo.
—Puede tratarse de mucho tiempo. Si Graham piensa recorrer todas las Tierras Altas…
—Cierto, pero también hay que tener en cuenta a McKay. Si es verdad que ha salido de Edimburgo al frente de un ejército, como afirma el jefe de los McKenzie, no creo que sea con buenas intenciones.
—Yo tampoco, si le soy sincero. ¿Cómo se lleva con mi hermana?
Archibald reaccionó mostrándose sorprendido ante esa cuestión. No esperaba que el hermano de ella tuviera interés por el tema.
—Lo hago lo mejor que puedo. Sé que no es nada sencillo después de haberme alejado tanto tiempo, pero…
—Le he visto hace un momento observarla mientras ella charlaba y reía con Braden McAllister —le confesó esbozando una sonrisa algo pícara, que dejó frío y mudo a Archibald durante unos segundos, los que tardó en tejer una historia que el McLean pudiera creerse.
—Cierto. Me pareció reconocer en los rasgos del joven a su padre Fraser en este.
Pero no estaba seguro de que fuese él. Llevo bastante tiempo alejado de estas regiones, como puede comprender —le recordó esperando que él lo creyera.
Era cierto que no lo había reconocido, pero no lo era menos que se había centrado en Eve y cómo reaccionaba ante sus atenciones.
—Así es. Se parecen mucho —asintió convencido de que el Campbell no había sido sincero del todo con él y que no había querido referirse a su hermana—. ¿Viene dentro?
Archibald lo contempló hacerle un gesto con la cabeza hacia el interior del castillo. Tal vez era lo más acertado dado el carácter de la conversación. No tenía intención de seguir hablando de Eve con su propio hermano.
—Sí, es mejor regresar. Necesito saber qué tal está Jane.
—Claverhouse lo ha dejado al cargo de ella como si fuese usted su guardián.
—No es para tanto.
—No he tenido ocasión de decírselo, Campbell, pero no le reprocho lo que hizo en su día, al tenerse que marchar a Londres. Usted fue el elegido para representar al país allí, en el parlamento. Pero, tal vez, debió llevarse a mi hermana con usted.
—Ambos sabemos que a Eve no le gusta Inglaterra lo más mínimo. No se habría venido de habérselo pedido. Si se lo hubiera propuesto antes de casarnos, ella misma me habría rechazado.
—Eve es como es. Ama esta tierra con todo su corazón.
No podría abandonarla para seguirlo a Londres.
Tiene razón. Y también, que le habría rechazado.
Pero ahora está usted de regreso… —Elevó las cejas con una intención desconocida para el propio Archibald—.
No lo entretengo más. No tiene que buscar a su querida amiga Jane.
Está ahí charlando con mi hermana. Que se divierta.
—Esbozó una sonrisa cínica y dejó al Campbell contemplando a ambas mujeres, sin estar seguro de si debería interrumpir su conversación.