Capítulo 6 #2
Él se sobresaltó al escuchar ese comentario.
—¿En serio?
—Sí. Y eso le dolió mucho a Eve.
—Vaya… —Bajó la mirada hacia sus manos, que permanecían entrelazadas al frente. Había vuelto a sentarse al lado de su amiga—. A cada momento que hablo contigo sobre Eve en relación al tiempo que he estado ausente, más culpable me siento por no haber venido.
—Por eso te repito que trates de enmendarlo el tiempo que estés aquí.
—Nada te gustaría más.
—Lo cierto es que, con la ausencia de Graham, tú podrías facilitarme una distracción.
Archibald no pudo evitar reírse ante semejante ocurrencia.
—¿Pretendes que me convierta en el chisme de todo Dundee?
—Ni mucho menos. Pretendo que endereces tu vida —le aseguró posando su mano sobre el antebrazo de él y contemplándolo con cariño, mientras Archibald apretaba los labios sin saber qué decir.
***
Eve llegó a las tierras de los McLean sin haber pronunciado una sola palabra durante el viaje de regreso desde Lochaber.
El castillo de Duart, construido en piedra y teja, se elevaba sobre una pequeña loma creando una estampa sin comparación a otras.
La invitación por parte de su padre a Archibald para que asistiera a su celebración de cumpleaños era algo que no había esperado.
Y que la había dejado sin palabras. Por ese motivo, se apeó del caballo y, tras dejárselo a uno de los hombres encargados de las cuadras, no esperó a su padre ni a su hermano y entró en el castillo como si fuese una ráfaga de gélido viento procedente de las montañas.
—Ya habéis llegado —dijo Flora McLean al ver aparecer a su hija en el salón—. ¿Qué te sucede? No traes buena cara. ¿Y tu padre y tu hermano?
—En las caballerizas.
Flora fue hacia su hija, a la que sujetó por los brazos para poder contemplarla de manera fija a los ojos. Algo en su semblante y en el tono de su voz le indicaban que la reunión no había ido bien.
—¿Qué ha sucedido? No eres la misma que se marchó…
La mirada entornada de su madre y el tono lento de su voz activaron a la joven pelirroja. Resopló cerrando los ojos por unos segundos, en los que el rostro de Archibald Campbell se le apareció en la mente, provocándole un ligero escalofrío.
—Los clanes han acordado defender los intereses de Jacobo al trono.
—¿Pretenden ir contra el parlamento británico y sus decisiones? —El temblor en la voz de la mujer era palpable para cualquiera que la escuchara, incluso para John McLean que hacía su entrada en ese momento y pasaba a ser el centro de atención.
El viejo escocés se detuvo contemplando a su mujer e hija. Había escuchado la pregunta de la primera.
—Sí. Eso es lo que se ha debatido y acordado —le respondió caminando hacia el centro del salón mientras la mirada de su mujer lo seguía expectante por lo que tuviera que decir—. Los jefes reunidos en Lochaber hemos decidido plantear una reclamación al parlamento británico.
—¿De qué servirá?
—De poco o nada.
—¿Y Claverhouse?
—De camino a las tierras de Atholl para convencer a más jefes de que se unan a la causa de Jacobo.
Flora miró de forma seria y preocupada a su esposo.
—Sabes lo que eso significa. Todos aquí los sabemos.
—Sí. Y Argyll también está de acuerdo.
—¿El Campbell? —Flora preguntó extrañada paseando su mirada por los rostros de los tres.
—Ha dicho que, en el caso de una rebelión en favor de Jacobo, su clan la apoyará.
Pero que hará todo lo posible por evitar llegar a esa situación.
Empezando por averiguar quién está detrás del robo a los recaudadores de impuestos.
Cree que, si logra detenerlos y llevarlos antes la justicia, ello podría aplacar la reacción de Londres.
—De sobra sabe cómo se la gasta la gente en estos lugares. Pierde el tiempo tratando de encontrarlos. Y no creo que Londres se dé por satisfecho —intervino Eve.
—El propio Campbell aseguró que a estas horas Londres ya conocerá la noticia y habrá tomado nota. La guarnición británica de Edimburgo al mando del general McKay se habrá puesto en marcha —comentó James.
Flora McLean experimentó una sacudida en todo el cuerpo cuando supo esa noticia.
—Supongo que se adentrarán en estas regiones buscando a los ladrones —dedujo mirando a su marido, quien se limitaba a asentir. La mujer se sentó con la mirada perdida y la amenaza de una nueva guerra revoloteando en su cabeza.
—Por lo pronto será mejor que pensemos en otros asuntos hasta que veamos qué sucede. He invitado al duque de Argyll al cumpleaños de Eve —anunció John McLean mirando el fuego que ardía en el hogar—. Espero que pueda descubrir lo que se propone.
—Brillante idea, padre —ironizó Eve captando la atención de este y de su madre.
—¿Por qué lo has hecho, John? Después de lo que le hizo a nuestra hija…
—Era lo menos que podía hacer después de mostrar su apoyo al rey.
Y sé muy bien que se marchó a Londres rompiendo el compromiso con Eve, pero estos son otros tiempos, mujer.
No creo que suceda nada malo por invitarlo ahora que piensa quedarse en Dudhope con Jane Cochrane mientras Claverhouse está ausente.
—Deberías habérselo consultado a Eve. —Su madre la señaló con la mano mientras volvía su atención a esta.
—No tengo por qué hacerlo. Soy el jefe del clan McLean y decido a quién invito a mi casa. Y no creo que vaya a suceder nada malo por haberlo hecho. Además, vendrá bien su presencia para seguir charlando sobre el asunto que atañe a la nación en estos días. Y ahora, si me disculpáis…
Lo vieron salir del salón sin mediar una sola palabra más. Los tres permanecieron callados hasta que James fue quien rompió el silencio.
—Creo que lo sucedido en Lochaber le ha afectado. No esperaba que los jefes de los clanes decidieran apoyar a Jacobo, con lo que eso puede suponer. Y lo de invitar a Argyll… —James apretó los labios y elevó las cejas mirando a su hermana.
—Ya os visteis en Dudhope —le recordó su madre—. Y supongo que esta misma mañana.
—Sí, es cierto. Pero invitarlo a mi cumpleaños…
—No hace falta que hables con él si no es lo que deseas, hija.
Basta con un simple saludo cuando Jane y él lleguen y nada más.
De todas, formas, yo de ti no me preocuparía porque estoy segura de que los jefes de los clanes que acudan lo acapararán para hablar de política —le aseguró su madre restando importancia a la presencia del duque de Argyll allí.
—Nuestra madre tiene razón. No creo que lo dejen solo un segundo dada la situación de la nación. Iré a ver qué le sucede. Así os dejaré a solas para que sigáis hablando de vuestros asuntos.
Eve y su madre sonrieron al escuchar a James.
—¿A qué tienes miedo, hija?
Eve sonrió de manera tímida, bajando la mirada unos segundos. Inspiró hondo y con la mejor de las sonrisas puso su atención en su madre.
—A nada. —Observó como esta entornaba la mirada con toda intención. Como si no terminara de creerla.
—¿Qué sentiste la otra noche cuando lo volviste a ver? Y no me asegures que nada, porque tu reacción ante lo que ha hecho tu padre me da qué pensar.
Eve permaneció con los labios entreabiertos, mirando a su madre, como si estuviese dudando sobre qué decirle. Se los humedeció y sacudió la cabeza.
—Sorpresa, indiferencia, rabia, frialdad… —encogió los hombros con un gesto que quería dar a entender que no le había afectado. Pero, en verdad, había más emociones que se guardaba para ella sola.
—En ese caso, no debería importarte que tu padre…
—Sé que es el jefe de los McLean y como tal puede hacer lo que considere más acertado para el interés del propio clan, solo que no me hace gracia ver al duque de Argyll por más tiempo —le aclaró algo ofuscada.
No quería coincidir con él debido a lo que este le transmitía.
Por esas sensaciones extrañas. Porque pese a que ella buscase sentirse indiferente cuando estaba cerca de él, no lo había conseguido.
Admitía que le seguía pareciendo apuesto e interesante como futuro esposo.
—¿Y por qué has ido con tu padre y tu hermano a Lochaber esta mañana? Todos sabíamos que él estaría.
Eve acusó el golpe de las palabras de su madre en forma de sonrojo, que terminó por delatarla. Abrió la boca para seguir defendiéndose, pero al parecer sus palabras quedaron atascadas en la garganta. Ese hecho la dejó en evidencia ante su madre.
—Quería estar al tanto de lo que sucede. Nada más.
Flora observó el comportamiento de su hija, con atención; no así sus palabras.
Estas no iban a decirle mucho, pero sus gestos la delataban.
Estaba convencida de que, en el fondo de su corazón, los sentimientos por Archibald Campbell no habían muerto de una manera definitiva, e incluso se atrevía pensar que el hecho de haberse vuelto a ver los había avivado, como los rescoldos de una hoguera que no se había terminado de apagar.
—Será mejor que dejes las cuestiones políticas para tu padre y tu hermano, y te centres en la celebración de tu cumpleaños.
Deja al duque al margen y procura divertirte.
Coincido con tu hermano en que esa noche los jefes de los clanes de estas regiones lo acapararán para hablar de la situación política actual.
Eso no quitará que, en algún momento, él pueda querer hablar contigo.
—Soy consciente de que puede suceder.
—En ese caso, será mejor que te prepares.
Eve no dijo nada más. Se limitó a mirar a su madre e inspirar al tiempo que elevaba las cejas con cierta resignación.
Esperaba que la estancia de Archibald en aquella región fuese corta y se marchara a su castillo en Inveraray.
Debería centrarse en el asunto de los recaudadores de impuestos.
Nadie sospechaba que ella era parte interesada, y así debería seguir siendo.
No podía permitir que ninguno allegado la relacionara con ello.
Solo con pensar que Archibald Campbell lograra descubrirla le aceleraba el corazón provocándole un ahogo en el pecho.
No. Hablaría con los hombres del clan para saber cómo estaba el asunto.
***
Archibald terminó de arreglarse para asistir a la celebración del cumpleaños de Eve.
Llevaba dándole vueltas en su cabeza al evento desde que John McLean lo había invitado.
Había intentado no pensar en ello y centrarse más en los asuntos que afectaban a la nación, pero por algún motivo desconocido, una densa cabellera rizada de color pelirrojo se deslizaba en sus pensamientos.
Se contempló en el espejo de la habitación que ocupaba en Dudhope.
Relajó los hombros y soltó el aire acumulado en su interior.
Ajustó su plaid al hombro con un broche simple, ya que había decidido regalarle uno más valioso a Eve.
No estaba seguro de si lo aceptaría viniendo de él.
Pero no tenía otra cosa. Una vez que comprobó que no le faltaba nada, abandonó la habitación para ir en busca de Jane y juntos acudir a la fiesta en el castillo de Duart.
Bajó al salón para ver si estaba allí, aguardándolo.
Se sentía nervioso, inquieto por el devenir de los acontecimientos de esa noche.
Era consciente de que varios jefes de clan de las tierras próximas acudirían y que tendría la oportunidad de hablar con estos.
Estuchó el sonido de pasos acercándose y se volvió para contemplar el radiante rostro de Jane.
—Sin duda que estás muy elegante con ese vestido —le dijo con una leve inclinación de cabeza.
—No exageres. Es bastante sencillo —le explicó bajando la mirada hacia la tela de color verde que se deslizaba por su cuerpo hasta sus pies.
El plaid con el color azul oscuro del tartán del clan Graham en honor a Claverhouse le caía por el hombro.
Levantó la mirada hacia él con una tímida sonrisa—.
Sin duda que aquí el elegante eres tú, Archibald.
Solo hay que fijarse en tu planta, duque de Argyll —le dijo con toda la intención.
—Si vas a llamarme por mi título, entonces yo debería referirme a ti como la marquesa de Montrose.
Ella rio ante las formalidades con las que se trataban dos viejos amigos como ellos.
—Dejemos los títulos nobiliarios para otros. Somos amigos desde hace muchos años, Archibald.
—En eso no puedo discrepar contigo. ¿Estás lista para marcharnos?
—¿Y tú? —Jane entornó la mirada con toda intención—. Estos últimos días te he observado con atención. Me has parecido taciturno. Preocupado y muy callado…
Archibald jadeó. Sintió la boca seca y como las palabras no querían salir. Se pasó la mano por el mentón y sacudió la cabeza.
—Es por toda esta situación que estamos atravesando. Estoy preocupado por lo que Claverhouse pueda lograr.
—Yo también, pero ¿en verdad solo se trata de eso?
El tono de Jane le indicó a Archibald por dónde iban las presunciones de su buena amiga.
La vio elevar las cejas con toda intención y sonreír de manera algo cínica.
Sabía que no podría engañarla por mucho que lo pretendiera, ya que era una mujer astuta e inteligente.
Muy observadora, y él no sabía disfrazar sus emociones.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque soy consciente de que asistir esta noche al cumpleaños de Eve… no te hace demasiada gracia. ¿Me equivoco?
Archibald se limitó a sonreír.
—No, no te equivocas.
—Entonces, ¿es por ese motivo por el que te he visto más reservado en estos días?
—Debo de admitir que me sorprendió la invitación del viejo McLean, tanto o más como a la propia Eve.
—Pero has decidido acudir.
—Sí. Sé quién soy en estas tierras.
—El hombre más poderoso.
—No me gusta ese calificativo, aunque muchos lo empleen para referirse a mí.
—Pero los Campbell habéis sido el clan más próspero, y tú fuiste nombrado como alto representante de Escocia en Londres. No puedes negarlo.
—Lo sé. Pero dejemos el poder y vayamos a la fiesta —le pidió emprendiendo el camino hacia la salida del salón cuando la mano de Jane lo retuvo un instante.
—¿Qué harás con Eve cuando la veas esta noche?
—Felicitarla.
Jane no comentó nada más. Archibald no iba a revelarle nada lo que pensaba de Eve por el momento e incluso percibía que no le gustaba charlar de ella.
Estaría atenta al desarrollo de la velada para ver qué sucedía entre ambos.
No descartaba un nuevo acercamiento, por mucho que ambos lo negaran.
Pensaba que, a pesar del paso del tiempo, entre ellos aún quedaba algo de lo que habían compartido en el pasado.