La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

C laverhouse y Archibald Campbell aguardaban la llegada de los diversos jefes de los clanes de las Tierras Altas y las regiones aledañas en Lochaber.

La mañana no era fría, pero el sol tampoco calentaba lo suficiente.

La bruma parecía querer ser testigo de la reunión que allí iba a celebrarse.

Los jefes de los McLean, Cameron, McDonald, Stewart Appin, McLeod y una decena más comenzaron a llegar a la reunión.

Archibald permanecía atento y sereno ante la presencia de todos ellos.

Hasta que vislumbró el rostro de ella con su cabellera pelirroja recogida en una cola y una gorra azul.

¿Qué diablos hace Eve allí junto a su padre y a su hermano James?

, se preguntó enderezándose sobre su montura y tensando los músculos.

Eve sabía que Archibald acudiría a la reunión de los clanes leales a Jacobo, por ese motivo ella estaba allí.

Había logrado convencer a su padre de que le permitiera acompañarlo junto a su hermano.

John McLean había accedido a regañadientes.

De manera que allí se encontraba, sin perderle la vista al afamado duque de Argyll.

¿Qué quería demostrarse enfrentándose a su presencia?

Esa pregunta, que ella se repetía, se la había formulado su propia madre después de verlos charlar la pasada noche en casa de Graham de Claverhouse.

A lo que Eve había respondido que no pretendía demostrarse nada en relación con Argyll, sino que iba a Lochaber porque era partidaria de la casa real Estuardo.

Una vez que todos los jefes llegaron, Claverhouse tomó la palabra.

—Gracias por venir. No me andaré con rodeos porque todos conocéis el motivo de esta reunión.

El rey se encuentra en el exilio por una jugarreta de los ingleses.

Han optado por derrocarlo y poner en su lugar a su propio yerno, Guillermo de Orange.

Como también habréis escuchado, yo mostré mi rechazo marchándome de la convención de estados celebrada en la capital cuando escuché palabras a favor de esa acción.

Parte de la propia aristocracia escocesa se niega a defender al legítimo monarca y prefiere someterse a los ingleses.

Yo no puedo quedarme de brazos cruzados ante esta injusticia.

—Los sacudió dejando clara su postura y su negación, observando cómo algunos de los principales jefes asentían dándole la razón.

—¿Qué sugerís, Claverhouse? —le preguntó el jefe de los Cameron.

—Por ese motivo os he mandado llamar. Las Tierras Altas de Escocia siempre han sido leales a la familia Estuardo, y es aquí y ahora donde debemos tomar una resolución.

Archibald decidió dar un paso al frente para hacerse escuchar, antes de que algún jefe se pronunciara. Tenía que impedir por todos los medios lo que parecía más que probable contemplando las expresiones de los rostros de los allí reunidos.

Su repentina aparición captó la atención de Eve. Esta no pudo evitar un ligero revuelo en el estómago. Permanecía montada en su caballo con las riendas aferradas con fuerza, no por si se caía, sino en un intento por controlar los nervios.

—Antes de que digáis nada, tened en cuenta que una mala decisión será en perjuicio de todos.

—Tú vives en Londres, Archibald. ¿Qué problema le ves? ¿Estás dispuesto a defender al rey? Y me estoy refiriendo al verdadero y legítimo, y no al que Londres ha sentado en el palacio de Whitehall —le reclamó el jefe de los Stewart de Appin apuntándolo con el dedo como si lo acusara.

—Os recuerdo que si paso largas temporadas en Londres es porque fui nombrado como representante de Escocia allí. No porque yo lo pidiera.

—Si no te gusta el cargo, renuncia. Es simple, ¿no?

Todos los presentes se volvieron cuando escucharon la voz de una mujer, y no hizo falta decir quién había sido. Eve miraba a Archibald con una mezcla de curiosidad y determinación. La primera, por conocer su respuesta; y la segunda, porque quería dejarle claro que no le afectaba su presencia.

—¿Y quién ocuparía mi lugar en el parlamento?

—hizo la pregunta y a continuación paseó la mirada por los rostros de los allí presentes—.

¿Graham? ¿McLean? ¿Stewart? ¿O tú misma, Eve?

¿Eres lo bastante atrevida como para ser tú quien ocupe mi lugar?

¿Defenderías los intereses de Escocia ante los ingleses en el parlamento de Londres?

—Archibald admitía que le gustaba contemplarla erguida sobre el caballo, con la tela de la falda cubriéndole las piernas y el plaid ondeando a su espalda.

Algunos mechones habían escapado de su recogido.

Su mirada refulgía como no recordaba y entreabría los labios de una manera seductora.

—Sabes de sobra que las mujeres no podemos optar a ningún cargo. Ni asomar por el mismo parlamento —le recordó con altanería y seguridad en sus palabras. Sonrió de forma taimada y elevó una ceja con suspicacia—. De manera que tus palabras hacia mí carecen de sentido alguno.

—Tienes razón, pero quería saber si estarías dispuesta.

Veo que no. Porque aun conociendo las leyes que atañen a las mujeres y al parlamento, podrías haber dicho que sí —le comentó con la mirada entornada y las cejas elevadas.

Vio como el gesto de ella cambiaba al momento adoptando una expresión de desagrado.

Sus mejillas adquirieron color debido a la furia que experimentaba.

—¿Y de qué serviría? —lo retó elevando el mentón sin estar dispuesta a perder la partida.

—Me dejaría claro que tus pretensiones son ciertas.

Hubo un momento de completo silencio en el que todos observaban a la pelirroja de los McLean como si esperasen que se volviera a pronunciar.

Pero esta prefirió guardar silencio. Archibald apretó los labios y asintió sin dejar de contemplarla.

Había cambiado en esos años pasados, se dijo consciente de que le costaba apartar su atención de ella.

De manera que no se había casado, como le contó Jane.

Entendía que, con su carácter, sería complicado que un hombre la pretendiera.

—Al parecer nadie quiere ser mi sustituto en Londres —dejó claro Archibald mirando a todos—. Luego, no admito que me llaméis traidor ni lacayo de los ingleses, como he escuchado decir desde que regresé.

—¿Qué ibas a responder antes de que mi hija te hiciese la pregunta? —John McLean dio un paso al frente para dejarse oír.

—Que debemos ser cuidadosos con la decisión que tomemos, y más después del robo de los impuestos hace unos días. Imagino que la noticia ha llegado a la capital y en breve se tomarán represalias. Y si no se detiene a los culpables, lo pagaremos todos.

—¿Insinúas que Londres enviará tropas?

—Cuando abandoné Londres para venir aquí, el parlamento nombró a Hugh McKay comandante de los ejércitos del rey Guillermo.

Prometió dar caza a todo aquel que se levantase en armas contra el nuevo monarca, llegado el caso.

Y robar el dinero de los impuestos es un acto de rebeldía.

No creo que reciba la orden de venir a Escocia a investigar el tema.

—A estas horas, los que robaron los impuestos se habrán marchado de la región de Perthshire —aseguró James McLean, el hermano de Eve—. Será complicado dar con ellos. Y lo sabes como todos los que estamos aquí.

—Si lo ingleses vienen, más nos valdría estar preparados —aseguró Graham con un tono severo, que parecía anunciar lo que algunos estaban dispuestos a aceptar.

—Si estáis pensando en alzaros en armas…

Las palabras de Archibald quedaron en suspenso cuando fue interrumpido por el jefe de los Stewart de Appin.

—Si vienen, los estaremos esperando. Hemos sido leales a la casa real de Estuardo desde la cuna, y ahora, ¿nos vamos a quedar cruzados de brazos permitiendo que el rey esté en el exilio?

Un coro de voces de asentimiento ante aquella propuesta hizo temer lo peor a Archibald, quien solo tenía ojos para Eve en ese preciso instante.

Esta le devolvió la mirada sonriendo complacida.

¿Es que era partidaria de enfrentarse a los ingleses?

¿Qué clase de locura se había apoderado de ella?

No escuchaba nada de lo que se debatía en ese instante, más preocupado por lo que ella pensara.

Graham de Claverhouse pidió calma a la enfervorecida multitud. En su interior se mostraba exultante porque los clanes del norte no darían la espalda a su rey, como él había previsto. Si estos se rebelaban contra la decisión de Londres, otros muchos se unirían a ellos.

Archibald reaccionó por fin, y dejó de mirar a la pelirroja de los McLean por un instante. Pensaba que su presencia allí lo estaba alejando de su verdadera misión. Tal vez incluso se tratase de alguna treta de ella con el fin de no dejarlo pensar con claridad.

—Si nos alzamos en armas contra Inglaterra, las consecuencias serán nefastas para la nación —les dijo tratando de hacerlos retroceder y reconsiderar su postura, que parecía más que clara.

—No podemos permitir que sean estos los que nos impongan sus leyes, y menos su rey —le explicó Cameron, haciéndole ver lo equivocado que estaba.

—Al menos, podríamos esperar un tiempo prudencial a ver cómo gobierna el nuevo monarca.

—No hace falta esperar. Ya lo ha demostrado arrojando del trono a Jacobo —insistió el jefe del clan Cameron enojado por lo sucedido—. Deberías preocuparte por saber de qué lado estarán los Campbell.

Aquella afirmación sonó como una advertencia ante lo que parecía que iba a suceder. Todos permanecieron expectantes esperando la respuesta del mismo duque de Argyll.

Eve se había apeado del caballo interesada por lo que Archibald tuviese que decir al resto.

Permanecía aferrada a las riendas con fuerza, con la impresión de que su corazón se detenía, o al menos ralentizaba sus latidos esperando su respuesta.

Entreabrió los labios dejando que su aliento formase nubes de vapor.

Y se sobresaltó cuando se descubrió pronunciando su nombre en un susurro para que nadie pudiese escucharla.

—Archibald…