Capítulo 4 #2
—No me parce acertado que hables de ese asunto. Y te diré que no hui de nadie. Me marché a Londres a defender los intereses de mi nación.
—Entonces, ¿según tú? ¿Qué harás? ¿Cómo los defenderás si los clanes escoceses deciden traer a Jacobo de Francia, con lo que ello supondrá para Londres?
—Todavía no se ha decidido nada.
Claverhouse asintió en repetidas ocasiones viendo las dudas de su amigo. No entendía por qué se mostraba tan reacio a apoyar la vuelta del rey a tu tierra.
—Pero se hará pronto, amigo. Y tendrás que decidir de qué lado estarás. Si me disculpas…
Archibald se quedó con la amargura creada por la conversación mantenida con Claverhouse.
Sus pensamientos iban desde la situación política a lo personal en lo concerniente a Eve.
Volvió a buscarla con la mirada, pero en esa ocasión, ella no estaba en el lugar donde la había visto la anterior vez.
Resopló y negó con la cabeza. No deseaba ser la máxima autoridad de los Campbell, sino un simple miembro de ese clan, que no tuviera ninguna responsabilidad, salvo la de obedecer a su jefe.
Lanzó una última mirada hacia el salón y a los invitados antes de decidir salir en busca de aire que le ayudara a despejarse.
Jane encontró a Eve en un momento de la velada en el que ella permanecía a solas. Eran amigas desde hacía muchos años, y si Jane era franca consigo misma y con ella, había esperado a que esa edad ambas estuviesen casadas. Pero, después del discurrir del tiempo, solo ella lo había hecho.
—Debo felicitarte por la organización de la velada, querida amiga. —Eve McLean sonreía contemplando el gesto de agradecimiento de Jane.
—Te lo agradezco. Confío en que la estés disfrutando.
—Sin duda.
—Ya sé que es más una reunión de jefes para tratar el asunto del exilio de Jacobo, pero aparte de ese asunto, siempre hay tiempo para nuevos chismes.
—Lo sé. Dime, ¿cuándo habrá un pequeño correteando por aquí?
Jane sonrió ante ese comentario.
—La verdad es que no lo sé. Graham se pasa la mayor parte del tiempo lejos del hogar. Todo este asunto del rey lo está trayendo de cabeza, como puedes suponer.
—Es, sin duda, un asunto turbio. Esperemos que se resuelva lo antes posible y que Graham se quede más tiempo en casa.
—Yo también lo espero. Lo último que necesita la nación es otra guerra. ¿Has escuchado lo del incidente con los impuestos?
Eve asintió en un primer momento, sin mediar palabra.
—Si se convierte en algo habitual Londres no se quedará de brazos cruzados. Estoy convencida de ello.
—No desesperes. Habrá sido un hecho aislado.
—En nombre de la causa jacobita, Eve —le recordó con un toque de advertencia en el tono de voz.
—Verás como se queda en una anécdota. Encontrarán a los culpables, devolverán el dinero robado y no sucederá nada.
Jane se humedeció los labios y se retorció las manos en un claro gesto de indecisión por lo que iba a preguntarle. Esperaba que ella no se lo tomara a mal bajo ningún concepto.
—¿Cómo te ha ido con Archibald Campbell? Os he visto hablar fuera hace un rato.
Eve sonrió y bajó la mirada al suelo un momento como si tratase de reconstruirse. Inspiró y fijó la atención en su amiga, queriendo demostrar que no le afectaba en nada.
—De lo más normal —replicó observando como Jane entornaba la mirada con curiosidad hacia ella—.
No esperaba verlo aquí esta noche. Debo admitir que, en un primer momento, me resultó algo violento…
Pero después, una vez que estuvimos a solas y hablamos aclarando lo que sucedió…
—volvió a coger aire al recordar aquel momento en el pasado—, fue de lo más normal.
—¿Le guardas rencor por su comportamiento?
Una media sonrisa cargada de ironía se perfiló en los labios de la muchacha pelirroja.
—No. Ya no, Jane —le aseguró con naturalidad, pero con cierto sentimiento de derrota por lo sucedido—.
Durante algún tiempo esperé su regreso, sí.
Y tú mejor que ninguna otra lo sabes. Pero esa espera se fue convirtiendo en desesperación por su tardanza.
Hasta que me di cuenta de que había sido un completa necia al creer en su palabra, y entonces, con el tiempo, lo fui olvidando, hasta el punto de comenzar a resultarme indiferente lo que pudiera sucederle. Ya no me importaba.
—¿Te ha explicado por qué no regresó?
Eve se encogió de hombros.
—Poco o nada importa a estas alturas. Asegura que su dedicación a buscar un futuro mejor para Escocia le absorbió el tiempo y las energías hasta el punto de olvidarse de lo que había dejado aquí.
—Eve mantuvo la mirada fija en un punto y su tono se volvió algo melancólico, soñador, cuando sin duda recordaba aquellos días.
Hasta que algo la hizo reaccionar—. Pero ya no me afecta, querida.
—Le cogió las manos entre las suyas y sonrió como si nada hubiera sucedido.
Como si los recuerdos no le apretaran el corazón.
—Entonces ¿no se te ha pasado por la cabeza que pudiera surgir lo que teníais de nuevo entre vosotros?
Eve McLean parpadeó en repetidas ocasiones cuando escuchó la pregunta de su querida amiga.
—¿No lo estarás diciendo en serio?
—¿Por qué no debería ser así? Dicen que dónde hubo amor siempre queda algo.
—En mi interior no queda nada de entonces, luego será imposible que pueda volver a surgir. No quiero saber nada de Archibald Campbell ni de ningún otro hombre. Mi tiempo de formar una familia pasó hace algún tiempo.
—Pero ¿qué harás? ¿Pretendes quedarte sola?
—¿Qué problema le ves, Jane? Formo parte de los McLean, un clan amplio y con mucha tarea para mantenerme ocupada. No he necesitado un hombre en estos pasados años. Me he acostumbrado a estar sola.
—Yo no estoy de acuerdo en que tu tiempo se haya consumido, como dices.
Eve sonrió con dulzura y cariño a su amiga.
—Siempre serás una romántica empedernida. Una soñadora, Jane.
—Todavía estás a tiempo de serlo, Eve.
Pero la pelirroja de los McLean prefirió no seguir con el tema porque no lograría hacer que Jane entendiera su postura.
No quería un hombre cerca, y menos en esos días en los que la agitación social se extendía por todas las Tierras Altas como la pólvora.
Había abrazado la causa en favor del rey Jacobo en un intento por llenar el vacío que le dejó Archibald Campbell.