La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

—¿Q ué tal lo estás pasando? ¿Has hablado con los jefes? —preguntó Claverhouse acercándose hasta Archibald y Jane.

—Iba a hacerlo con McLean cuando escuché la conversación que mantenían algunos acerca del asalto a los recaudadores.

—Ah, sí. Ese asunto. Dime, ¿has averiguado algo nuevo?

Archibald sacudió la cabeza.

—Y me preocupa que eso pueda convertirse en algo habitual, que acabe trayendo problemas.

—Sí, es posible. Yo tampoco he logrado saber quiénes han llevado a cabo semejante disparate.

—¿Tan grave puede ser la situación? —Jane hizo la pregunta con las manos apoyadas en el antebrazo de su esposo y la mirada fija en el rostro de este. Temía que aquellos actos pudieran desencadenar en una nueva guerra si Londres los calificaba como rebelión.

—De momento, sería bueno que no se repitiera y encontrar a los autores.

Si llega a convertirse en algo habitual, como señala Archibald, podríamos tener problemas con Londres —aseguró Claverhouse—.

Espero y deseo que se haya tratado de un hecho aislado, querida.

—Sonrió mirándola y luego hizo lo propio con Archibald buscando su apoyo.

—No tienes nada que temer, Jane. Estoy seguro de que daremos con ellos y se devolverá el dinero —añadió este para tranquilizarla.

—Si querías hablar con McLean… —Claverhouse hizo un gesto con la cabeza hacia este, que se había quedado solo en ese instante—. Si no te importa, querida, acompañaré a Archibald.

—Claro, no te preocupes. Iré a saludar a su mujer.

—Como gustes. ¿Vamos?

Archibald cogió aire y asintió mirando a Claverhouse. Este tenía razón: había que dar con quienes habían asaltado a los recaudadores y se habían quedado con su dinero antes de que las noticias llegaran a Edimburgo o a la propia Londres. Prefería no pensar en las consecuencias de ese acto.

John McLean los vio acercarse. Mantenía un rictus serio, con las manos a la espalda y los ojos entrecerrados como si los estuviera estudiando a medida que se acercaban.

Archibald confiaba en que la conversación discurriera por buen camino y que no sacara el tema de su hija.

No era el momento idóneo para hacerlo. Ni él tenía interés en hacerlo.

Entendía que podía tener sus reservas con él por lo sucedido en el pasado.

El tiempo había endurecido el rictus del viejo escocés, pero conservaba el pelo y la barba con un tono rojizo, que sin duda había heredado su hija.

—¿Tienes un momento, John? —le dijo Claverhouse cuando se detuvieron a la altura de este.

El escocés sonrió con cierta ironía y desvió la atención hacia Archibald.

—¿Cómo estás, Campbell? Hacía mucho tiempo que no te veía tan lejos de tus tierras.

—La necesidad me ha traído hasta aquí, John.

—¿Te envía Londres para tratar de apaciguar los ánimos entre los clanes leales a la casa real Estuardo?

—Las noticias llegan rápido a estas tierras.

—No te quepa la menor duda. Y bien, ¿qué queréis?

—¿Sabes algo del asalto a los recaudadores de impuestos? —intervino Claverhouse.

—Sé lo que todos los jefes que estamos aquí esta noche. Nadie conoce a los autores.

—Escuché decir, según venía hacia aquí, que podrían tratarse de hombres de tu clan… —Archibald se aventuró a decirlo con cautela, consciente de lo que ello supondría. Pero no podía andarse con paños calientes si pretendía encontrarlos y detenerlos antes de que Londres actuara.

La mirada del viejo jacobita fue explícita, pero más lo fueron sus palabras de advertencia.

—Voy a hacer cómo que no lo has dicho, muchacho.

Por la amistad que forjé con tu padre durante años y que nos llevó a pelear juntos por el rey Carlos contra Oliver Cromwell.

De lo contrario, te retaría a un duelo mañana mismo, aunque seas el mismísimo duque de Argyll.

¿Dónde diablos has oído semejante disparate?

—La mirada fría y penetrante del McLean no intimidó a Archibald; era más, le recordó a su hija.

Los mismos ojos, la misma dureza y frialdad que había esgrimido ella ante él.

—En una posada cerca de Perth, cuando venía de camino hacia aquí. También te digo que no lo creí.

—Pero me lo has preguntado, muchacho. De manera que no me vale esa disculpa —frivolizó el viejo escocés con una media sonrisa burlona.

—Escuché la noticia, pero no quise ni quiero siquiera pensar que pueda ser cierta.

—¿Por qué lo decían? ¿Se lo preguntaste? —elevó el mentón en claro gesto de desafío

—Reconocieron los colores del clan McLean.

—Eso no quiere decir nada, y lo sabes. Los colores se pueden confundir con facilidad. El barro y la suciedad pueden dificultarlo. O la oscuridad.

Claverhouse permanecía en silencio, atento al viejo McLean, hasta que volvió a dirigirse a este.

—Si descubres quiénes han sido, te agradecería que nos lo dijeras.

John McLean asintió conteniendo la risa y elevó una ceja con suspicacia.

—¿Para colgarlos de parte de Londres?

—En el de la justicia, John. Sabes que es un delito robar los impuestos.

—Lo sé, y no lo defiendo —bramó como un toro, mirando a Claverhouse como si este lo acusara de traidor o algo semejante—. Ten por seguro que, si logro averiguarlo, seré yo mismo quien los cuelgue, si es cierto que la gente anda diciendo que han sido mis hombres. No lo dudes.

—Deberías dejar que fuese la justicia, John —le repitió Claverhouse convencido de que así actuaría.

—Si son hombres de mi clan, me corresponde a mí, como su jefe, aplicarla. Y ahora, dime: ¿qué hay de la reunión de Lochaber? ¿Tú también has venido para ella? —miró a Archibald una vez más.

—Sí, así es. Tengo que estar presente.

—¿Y defender los intereses de Londres?

—Los de Escocia, John. No quiero que estalle una nueva guerra. Ya tuvimos suficiente con la anterior; de la que hablabas antes. ¿De qué serviría derramar sangre escocesa?

McLean asintió en silencio. No le hacía ninguna gracia tener que participar en otra guerra. En eso tenía que darle la razón al Campbell. Pero no era menos cierto que lo haría si Escocia se veía perjudicada por las políticas de Londres.

—Dices bien, pero ya veremos qué sucede.

—Confío en que no abogues por una guerra abierta con Inglaterra —le aconsejó Archibald temiendo que, después de todo, los McLean pudieran ponerse del lado de los más acérrimos seguidores del rey.

—No soy partidario de ello, pero sabes que los clanes de estas regiones somos leales a los Estuardo.

Archibald apretó los labios y asintió consciente de esa verdad que nadie iba negar.

—¿Y Guillermo?

—Es un holandés. Un Orange que está casado con la hija de Jacobo. Nada más —dejó claro sacudiendo la cabeza con determinación—. No pasaremos por ahí. Por decir que Guillermo es un Estuardo.

—Pero está casado con la hija de Jacobo, como acabas de decir, lo que lo convierte en su yerno. Un miembro de la familia.

John McLean no pudo evitar reírse captando la atención de los más allegados.

—Guillermo de Orange tiene tanto de Estuardo como tú o yo, muchacho.

Que se haya convertido en el yerno de Jacobo no significa nada.

Es más, si en verdad se considerara como tal, habría renunciado al trono y habría dejado que Jacobo siguiera siendo el principal inquilino en el palacio de Whitehall.

Hubiera sido un gesto que lo habría honrado ante todos aquellos que defendemos a dicha familia.

Archibald había considerado esa situación, pero sabía que nada que hiciera o dijera Guillermo haría cambiar a Londres. Tenían en mente destituir a Jacobo y a los Estuardo después de tantos años en el trono.

—Ningún gesto que hubiera tenido habría hecho cambiar de opinión al parlamento en Londres.

—En ese caso, muchacho, ten presente que los clanes leales a Jacobo tampoco lo harán.

Claverhouse sintió una punzada de orgullo al escuchar al jefe de los McLean decir aquello. Ponía sobre aviso a Archibald de lo que podría encontrarse en la reunión de Lochaber. Él, por su parte, estaba dispuesto a pelear por la familia real, pero no mostraría sus cartas, todavía.

—Tal vez debamos esperar a la reunión de clanes antes de emitir un veredicto. No sabemos lo que sucederá —dijo Claverhouse tratando de mostrarse comedido, pese a que en su interior estaba satisfecho por esa pequeña victoria sobre su amigo y sobre Londres.

—Sí, es una buena idea. Escuchemos las opiniones de todos y decidamos qué haremos llegado el momento —resumió John McLean—. Y ahora, si me disculpáis…

Archibald y Claverhouse dejaron al viejo McLean cuando su mujer vino a saludarlos.

Intercambiaron algunas palabras, pero el duque de Argyll era consciente de las miradas de resquemor de Flora, y por ese motivo decidió alejarse de ellos.

Había tenido suficiente con Eve y con lo que Jane le había contado al respecto de lo que vivió.

—Ya lo has escuchado —le comentó Claverhouse—. No puedes negar que tiene razón cuando habla de lo que los clanes leales al rey pueden o no hacer. Y no consideramos a Guillermo como un miembro de la familia real, Archibald. Y tú debes saberlo tan bien como yo o como el viejo McLean.

Archibald resopló con el ceño fruncido.

—Me ha quedado claro. Imagino que estarás satisfecho.

—¿Por qué?

—Porque tú buscas el apoyo de los clanes leales a Jacobo.

—Solo expongo cuál es la situación. No estoy tan loco como para hablar en favor de una guerra, Archibald. ¿Por quién diablos me tomas?

—Pero, si los jefes votan que sí, que pelearán por traer de regreso a Jacobo, tú no te opondrás.

—¿Y tú? ¿Qué harás? ¿Te lo has planteado? ¿Saldrás huyendo a Londres como hace años?

Archibald se sobresaltó al escuchar aquella pregunta por parte de su amigo.

—¿De qué me hablas? Yo no salí huyendo. Me nombraron como representante de los intereses de nuestro país en Londres.

—¿Qué me dices de Eve McLean? —le preguntó haciendo un gesto hacia esta, que sonreía en ese momento ante los comentarios del hombre con que charlaba.

Archibald se volvió para contemplarla una vez más esa noche y, cuando su mirada se topó con la de ella, sintió la frialdad una vez más, obligándolo a coger aire.