La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Archibald inclinó la cabeza con respeto mientras Eve seguía a su amiga con la mirada.

Luego centró su atención en él. Altivo, elegante, apuesto y seductor como ya no lo recordaba.

Ese era Archibald Campbell. El paso de los años le había hecho ganar atractivo.

Sus facciones estaban algo más marcadas y aparentaban dureza.

Eve sacudió la cabeza y se volvió dándole la espalda de inmediato.

¿Por qué diablos estaba pensando en él de aquella forma?

Era el hombre que no solo le había roto el corazón con sus falsas promesas, sino que le destrozó la vida.

Desde aquellos días había perdido el interés en el compromiso con un hombre.

Se había comportado de una manera esquiva y con falta de ganas para atender esos intereses.

Muchos fueron lo que pensaron que se debía a que esperaba que el Campbell regresara de Londres y cumpliera su promesa.

Los más arriesgados hablaron de su orgullo: que ella no aceptaba ninguna propuesta de matrimonio para no sentirse humillada.

La pelirroja de los McLean había sido testigo de numerosos comentarios y cotilleos sobre esa situación.

Y así llegó el día en el que decidió dar por zanjada la situación asegurando que no tenía interés alguno en casarse y formar una familia.

Se dedicaría a su clan y a su rey. Y los últimos días, la situación creada por el parlamento británico le había venido como anillo al dedo para sus propósitos.

Escuchó los pasos de él y su voz a su espalda.

—Nos han dejado solos.

—Ya me he dado cuenta.

—No era mi intención. Te vi salir de la casa y pensé en venir a saludarte. Saber qué tal te van las cosas…

—Todo un detalle de tu parte que lo hayas pensado. Creía que no salías de Londres, pero claro, has venido en misión del parlamento británico, según he sabido —le aseguró adoptando un tono algo frío y que consideraba que era el más acertado para la ocasión.

Archibald sonrió, contemplándola, mientras ella se alejaba de su lado.

—Cierto que paso largas temporadas en la capital inglesa, no obstante, también suelo venir a mi tierra.

Ella asintió no sin expresar su sorpresa por ese comentario.

—A las de los Campbell te refieres…, ¿verdad? —Entornó la mirada con curiosidad—. Imagino que llegas y te encierras en Inveraray hasta que regresas a Londres.

—Algo así.

—¿Te tratan bien los ingleses? —Eve sonrió con un mohín de sus labios y una ceja elevada. Quería divertirse a su costa esa noche. Demostrarse así misma que podía soportar la presencia cercana de él sin que la piel se le erizase o sintiese un incesante hormigueo en las palmas de sus manos.

Él acusó aquel tono mordaz por parte ella, que le dejaba claro que no le hacía gracia estar hablando con él. Su mirada era algo fría, por no mencionar la expresión de su rostro.

—No me quejo. Aunque hay para todos los gustos.

—¿Y las mujeres? ¿Alguna ha logrado atraparte? —Se rio con picardía al hacerle la pregunta. Lo que no esperaba era tener la sensación de que su corazón parecía detenerse esperando la respuesta. ¿Por qué diablos le había hecho esa pregunta? ¿Qué interés albergaba ella?

—No voy a Londres buscando una esposa. Mis motivos son más bien políticos.

Se sintió aliviada en cierto modo porque él no lo había admitido, y su respuesta parecía querer decir que no estaba casado ni comprometido.

—Pero supongo que no todo lo que tienes que hacer en Londres está relacionado con la política. También habrá espacio para la diversión, y dada tu categoría, te agasajan invitándote a numerosas fiestas.

—En cierta medida.

Eve lo miró de pies a cabeza de manera rápida y asintió. Más le valía cambiar de tema o tal vez descubriese algo que no era de su gusto.

—¿Has venido con motivo de la reunión de los clanes escoceses en Lochaber? Como bien sabrás, tu amigo John Graham de Claverhouse ha sido el artífice.

—Lo sé. Me lo contó hace días en la capital.

—¿Y qué opinión te merece? —Eve elevó una ceja mostrando su interés. Los Campbell estaban cerca de Londres, aunque ello no significara que apoyasen sus decisiones para Escocia. Pero la conversación que había mantenido con su padre al respecto había picado su curiosidad.

—Mientras no signifique que las Tierras Altas se levanten en armas contra Inglaterra…

Eve ahogó las risas que aquel comentario le produjo. Lo miró adoptando una expresión entre la perplejidad y la burla.

—¿Prefieres que el parlamento de Londres dicte las normas de nuestra propia nación? ¿Estás de acuerdo con que los ingleses hayan sentado en el trono a Guillermo de Orange obligando a Jacobo a exiliarse?

Archibald era consciente de su rabia. Se había aferrado a la tela del vestido, cerrando las manos en puños, mientras su mirada centelleaba. Su imagen irradiaba una fuerza y una pasión que no había encontrado en muchos hombres que querían defender la causa de los Estuardo.

—Jacobo se ha marchado por voluntad propia.

—Lo han declarado traidor a la corona —lo corrigió rechinando los dientes, acercándose a él de una manera una tanto peligrosa, llevada por el ímpetu de sus palabras.

Él la vio acercarse y envararse como si lo desafiara. Se encontraba ante una acérrima seguidora de la casa Estuardo, no le cabía otra duda.

—Tal vez debió aceptar la propuesta del parlamento para que su propio yerno lo sustituyera en el trono. Aceptar que el final de su mandato había llegado.

—¿Eso es lo que de verdad piensas? —Permaneció con la boca abierta sin dar crédito a sus palabras.

Dio unos pasos atrás y volvió a dirigirle una mirada de los pies a la cabeza, en la que le mostraba tanto su incredulidad como su decepción—.

Pasas tanto tiempo en Londres que ya ni te conozco.

Hablas como un inglés más; o como los habitantes de las Tierras Bajas, y no como el jefe de los Campbell.

Y pensar que tu padre y el mío lucharon juntos, como si fuesen hermanos, por el rey Carlos Estuardo contra las tropas de Cromwell.

La vio hacer ademán de marcharse, pero la retuvo contra su voluntad sujetándola del brazo e instándola a que lo mirara cara a cara.

Solo entonces él comprendió lo perdido que estaba ante ella.

Aflojó los dedos dejándolos resbalar por la piel del brazo.

La miró con gesto de culpabilidad, con los labios apretados.

—Espera, no te marches todavía.

—¿Qué me retiene aquí? —lo desafió con la mirada y el mentón elevado.

—Es verdad que paso demasiado tiempo en Londres, pero no soy como ellos, Eve.

A ella le gustó que pronunciara su nombre. Tanto que consiguió que su piel se revelase, y ese gesto la trastocase hasta el punto de no querer soltarse de su mano.

—Pues lo pareces, Archibald —le aseguró tratando de aparentar la frialdad que le faltaba en ese instante en el que él la había tocado.

—Siento darte esa imagen.

—Poco me importa a estas alturas quién seas.

—Lo creas o no, no era mi intención pasar tanto tiempo lejos de casa. Sé que me guardas rencor por lo sucedido la última vez que estuvimos hablando.

Ella pareció sonreír, pero no era sino una mueca de desdén para tratar de disfrazar el dolor que le provocaban los recuerdos.

—Ya no. Admito que hubo un tiempo en el que te maldije y te odié con todas mis fuerzas por tu desdén hacia mí. Y por lo que ello me supuso, pero ese odio se convirtió en desidia, en falta de interés por lo que te pudiera suceder. No me importaba lo más mínimo.

—Sé lo que te prometí…

—Me prometiste demasiado y yo te creí porque era una joven soñadora y romántica que estaba enamorada de ti.

No me importaba quién eras. El tiempo y tu dilatada ausencia enfriaron mis sentimientos.

No hace falta que digas nada. Ni que me pidas perdón.

Aquello pertenece al pasado y debe permanecer allí.

Nada bueno puede traer ahora. Sigue con tu vida del modo que yo lo hago con la mía, Archibald.

A él le pareció percibir un brillo nunca antes visto en aquella mirada.

Se dio cuenta de que Eve retenía las lágrimas para no delatarse.

Lágrimas de frustración, sin duda. No la retuvo cuando ella volvió a emprender el camino hacia el interior de la casa dejándolo solo con sus pensamientos.

Apretó los labios y cerró las manos en puños, maldiciéndose por lo que había sucedido en aquella noche.

Pero poco o nada podía hacer a esas alturas en lo que se refería a ella.

De modo que lo mejor que podía hacer era centrarse en el asunto por el que había regresado a Escocia.

Tratar por todos los medios de evitar una guerra entre ambas naciones, solo entonces podría centrarse en Eve.

En tratar de recuperar su confianza y su cariño. Si restaba algo de él.

Eve regresó al interior de la casa recomponiendo el gesto.

No permitiría que ninguno de los presentes llegase a pensar en lo que no era.

Sonrió con amabilidad a los que le pedían un baile, haciendo que su rabia disminuyese poco a poco.

No esperaba que volver a ver a Archibald Campbell después de tanto tiempo pudiera llegar a afectarle de aquel modo.

Creía que lo había olvidado, desterrado de sus pensamientos y de su corazón.

Que no significaba nada para ella. Que sentía lo mismo que por un completo desconocido.

Pero estaba equivocada, y eso la confundía más.