La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

E ve McLean no esperaba volver a ver al hombre que le había robado el corazón con un beso y una promesa de un futuro juntos, pero que se olvidó de cumplir.

Sin embargo, el paso del tiempo parecía haber convertido a la joven soñadora en una mujer astuta y fría, que ya no se dejaba embaucar por ninguno.

Por ese motivo seguía soltera, rechazando las proposiciones que recibía.

Cuando su padre comentó que Londres había enviado al duque de Argyll para apaciguar a los jefes del norte, no pensó en que pudiesen coincidir en tan poco tiempo.

Y de repente, esa noche… Allí estaban ambos.

Eve le sostuvo la mirada el tiempo que tardó en volver a prestar atención a la conversación que mantenía, y que sin duda le parecía más interesante que la presencia de Argyll.

Pero a pesar de sus intentos por no pensar en él, no podía dejar de sentir una ligera taquicardia sin sentido.

Había cerrado su corazón a los sentimientos para centrarse en seguir su vida.

Y encontró una disculpa perfecta cuando surgieron los primeros rumores de un cambio de monarca.

Se aferró a su lealtad a la casa real Estuardo y trabajó en favor de esta, defendiéndola allí donde iba.

Hablando en su favor en cada reunión social a la que la invitaban.

Eso hizo que se olvidara del duque de Argyll.

Archibald se sintió algo cohibido. Se fijó con determinación en ella para reconocer que el paso del tiempo había acentuado sus rasgos. Se había convertido en una mujer sin igual, atractiva, elegante y llamativa a ojos de cualquier hombre. No quedaba nada de la joven que él había conocido.

—Estás aquí. —La voz de Jane lo sacó de sus pensamientos y, tras coger aire, volvió su atención a la esposa de Claverhouse—. ¿No querías hablar con John McLean? Pues ahí está. Acaba de llegar.

Le hizo una señal con el brazo extendido hacia este.

—Lo sé, lo sé…

Jane se dio cuenta de cómo su amigo dudaba. ¿Por qué? Desvió un poco la mirada y lo comprendió. ¿Era por la presencia de ella? Entrecerró los ojos escrutando el rostro del mejor amigo de su esposo.

—¿Cuánto hacía que no la veías?

—¿Cómo? —Archibald se sobresaltó al escuchar la pregunta y sacudió la cabeza sin entender qué pretendía Jane. La observó con el ceño fruncido y una expresión de desconcierto fingido porque sabía a quién se refería.

Jane sonrió con picardía.

—A Eve McLean. Te noto algo cohibido, y no creo que sea su padre quien te retiene aquí. Querías hablar con él y, en cambio, no tienes pensado hacerlo de momento. Y eso que él se encuentra a escasos diez pasos.

—Sí, tienes razón.

—¿En qué? ¿Qué te noto nervioso y dubitativo por acercarte?

¿O tal vez es Eve McLean quien te retiene aquí?

¿Prefieres hablar a solas con su padre? No creo que ella vaya a hacerte nada.

—Jane entornó la mirada con curiosidad y curvó los labios con cierta picardía.

No era ajena a la historia que la propia Eve le había contado sobre ellos dos.

Ni de los comentarios que circularon en aquel tiempo por aquella región.

Su amiga tuvo que soportar constantes burlas y humillaciones en las veladas a las que había acudido.

Se convirtió en el blanco de las sátiras porque Archibald no había vuelto a por ella después de haberle prometido un futuro juntos.

—Desde que marché a Londres.

—Mucho tiempo, la verdad. Y supongo que no esperabas encontrarla tan cambiada.

—Sin duda se ha convertido en toda una mujer.

—Sí. No te lo discuto.

—Si me disculpas, el jefe de los Stewart de Appin me está haciendo un gesto para que acuda a saludarlo.

Jane sonrió de manera algo pérfida. Se daba cuenta de cómo Archibald no parecía estar a gusto cuando le hablaban de Eve. Por ese motivo había dejado la conversación a medias con ella y se había marchado a saludar a un jefe de aquellas tierras.

—Como quieras. La velada no ha hecho más que empezar…

Archibald asintió sin mediar palabra. Prefería alejarse de su amiga lo antes posible, antes de que lo pusiera en un aprieto con respecto a Eve.

Ya había tenido suficiente con verla como para ponerse a hablar de ella.

No había ido allí para rememorar tiempos pasados, sino para llevar a cabo la misión que el parlamento de Londres le había encomendado.

El jefe los Stewart Appin estrechó la mano del Campbell cuando ambos estuvieron a la misma altura.

—Se me hace raro verte por aquí, Archibald. Te hacía más bien en Inglaterra. O en tu castillo de Inveraray.

—Me lo han comentado en varias ocasiones, Mortimer, pero tenía que venir.

Este asintió y apretó los labios que apenas si se distinguieron debido a su poblada barba de color castaño.

—No corren buenos tiempos, ¿eh?

—Sé a lo que te refieres, y es cierto. Las aguas bajas revueltas, pero debemos hacer todo lo posible por contenerlas y que no se desborden. Eso sería terrible —Archibald movió las cejas para dejar clara su advertencia.

—Sí, por supuesto. Admite que la jugada de los ingleses con respecto al rey… —Mortimer chasqueó la lengua—. No ha sido muy decorosa.

—Jacobo prometió una serie de mejoras que no ha cumplido; entre estas, la ansiada libertad religiosa aquí en Escocia…

—Estoy de acuerdo contigo, pero no creo que la religión les importe mucho en Londres.

Lo que de verdad les incomoda es que los Estuardo llevan asentados en el trono muchos años.

Pero esto no significa que tengan que expulsar a Jacobo y poner en su lugar a su yerno…

Un monarca extranjero a todas luces —le recordó con gesto turbado y un tono de resentimiento.

—Era la mejor opción, y no deja de pertenecer a la familia real.

—Es un orangista. Un holandés que no tiene nada que ver con la casa real Estuardo. Por mucho que esté casado con la hija de Jacobo, Archibald. —El jefe de los Stewart Appin se mostró molesto con esa comparativa.

—Espero que haga las cosas bien y cuente con el apoyo de Escocia.

—Siempre que no perjudique a esta tierra. Ya lo sabes…

A Archibald no le gustó la manera en la que lo dijo, ni tampoco su gesto de desafío y de advertencia.

—Siempre podemos defender nuestra postura en Londres.

—Entonces defenderemos la vuelta de Jacobo de su exilio en Francia. Dime, ¿qué hará el clan Campbell? Confío en que, como su jefe que eres, estés presente en Lochaber junto al resto de los que acudiremos.

—Sin duda. Es uno de los motivos por los que me encuentro aquí tan al norte —desvió la atención del rostro de Mortimer cuando vio la cabellera pelirroja de Eve dirigirse hacia el balcón de la casa.

Tal vez sería un buen momento para hablar con ella y cerrar el capítulo del pasado.

No podía evitarla toda la noche, y creía que cuanto antes se enfrentase a esa situación, mejor se encontraría.

—Si me disculpas, prometo seguir con esta conversación más tarde. Tengo un asunto urgente que tratar.

—Cuando quieras podemos seguir con la charla, Campbell.

Archibald se dirigió al balcón para hablar con Eve.

La encontró hablando de manera distendida con otra joven; una muchacha de aspecto grácil, de cabello rubio y ojos claros como una mañana de primavera en aquellas regiones.

Cuando ambas se percataron de la presencia de él, dejaron de hablar y se volvieron.

Las miradas de ambas reflejaban cierta sorpresa, pero la de Eve cambió de inmediato al reconocerlo, mostrando indiferencia.

—Buenas noches, señoritas —saludó dirigiendo su atención a ambas por igual. No pretendía fijarse de manera detenida en Eve en un principio.

—Señor Campbell —dijo esta, devolviéndole el saludo—. Le presento a la señorita Fraser.

Los Fraser eran otro de los muchos clanes leales a Jacobo. Claverhouse sabía qué teclas debía tocar para que su causa tuviera el éxito que esperaba, pensó Archibald centrando su atención en la joven.

—Tanto gusto, señorita.

—¿Es usted el jefe de los Campbell? El delegado para los asuntos de Escocia en Londres…

La curiosidad que ella mostraba le provocó una tímida sonrisa, pero todavía le llamó más la atención su manera de contemplarlo: una mezcla de curiosidad y de emoción.

—Lo soy.

—Vaya, qué casualidad que se encuentre aquí.

—Con todo aquel que hablo esta noche me comenta lo mismo.

—Es lógico que a la gente le extrañe verlo. No en vano digamos que… no se prodiga mucho en venir a visitar a sus paisanos, duque —le recordó Eve con un tono mordaz, haciendo relación a su título nobiliario.

Archibald mantuvo la compostura y le sostuvo la mirada. Aquel par de ojos brillaba en demasía, fruto de la rabia o la frialdad con la que acompaña su rictus. Pero lo que más capto su atención fueron sus labios entreabiertos. Su rostro de tez blanquecina, de trazos firmes, pero de apariencia suaves.

—Supongo que su presencia en Escocia es por motivos políticos.

—Amy Fraser miró de reojo a su amiga y sonrió con picardía.

Muchos de los allí presentes estaban al tanto de lo acaecido entre ellos dos hacía algunos años: Archibald Campbell y Eve McLean.

Una historia muy sonada que no había acabado bien para su amiga.

El duque de Argyll se había marchado a Londres y se olvidó de la hija del jefe de los McLean.

—Así es. Mi posición me permite pocas distracciones.

—Supongo que ha salido al balcón para hablar con Eve, de manera que, si me disculpan…

, los dejo para que se pongan al día —aseguró mirando a ambos una última vez antes de dejarlos a solas.

La joven Amy percibió el gesto de advertencia en la mirada de su amiga, como si le pidiera que no se marchara aún.