La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Pero si acabas de llegar. Nunca serás considerado una molestia, Archibald.

¿McLean dices? No tendrás que ir hasta sus tierras porque estarán aquí esta misma noche, de manera que, si te quedas, podrás hablar con el viejo John.

Sabes que hay habitaciones de sobra. —Jane lo vio dudar y entonces decidió mostrarse algo más sensible—.

Quédate, anda. De ese modo la tarde será más amena Y podrás ponerme al día de lo que has hecho todo este tiempo que hace que no nos vemos.

Archibald se limitó a reír.

—Si insistes…

—Cuéntame, ¿qué tal todo por Londres? Desde que te marchaste a la capital inglesa no hemos vuelto a saber casi nada de ti. Salvo por lo que John me cuenta cuando vuelve de allí y te ha visto.

Archibald torció el gesto.

—Política, política y más política. Como puedes esperar.

—Pero no vacilaste cuando te designaron como representante de Escocia para Londres…

—Cierto. Solo que no esperaba que fuese tan tedioso.

—¿Qué hay de verdad en esos rumores que dicen, que los clanes de las Tierras Altas están en contra de que un extranjero como Guillermo de Orange se siente en el trono? El propio yerno de Jacobo.

Archibald apretó los labios y asintió de manera reiterada.

—Rumores, como bien dices.

—John asegura que algunos clanes estarían dispuestos a empuñar las armas…

Archibald observó como la esposa de su amigo entornaba la mirada un tanto recelosa y preocupada.

—Espero que no lleguen a ese punto y que acepten a Guillermo como nuevo rey. Después de todo está emparentado con los Estuardo, casado con la hija de Jacobo.

—De lo contrario…, ¿podríamos estar hablando de una nueva guerra como la que asoló ambas naciones durante el reinado de Carlos I?

—Confío en que no lleguemos a ello. Por ese motivo he vuelto a Escocia, para apaciguar los ánimos. Pero creo que deberíamos dejar la política a un lado y hablar de otros temas, ¿no lo crees?

—Deberíamos. Solo que en estos días que vivimos es algo complicado. Espero que con la velada de esta noche logremos distraernos. Por cierto, volviendo al tema de esta y de los McLean, Eve vendrá…

Escuchar aquel nombre hizo que se removiera en el sillón, pero intentó que Jane no se fijase. Sin embargo, la mirada que ella le estaba dirigiendo aseguraba que no lo había conseguido.

—No he vuelto a verla desde que me marché a Londres.

Fue lo primero que se le ocurrió decirle y, aun así, era cierto. Cuando regresaba a Escocia solía pasar algunos días en la capital, antes de emprender viaje hacia sus tierras en Inveraray.

—Pues esta noche podrás hacerlo.

—Sí, lo que pasa es que el tiempo cambia a las personas, y… la última vez que vi a Eve… —Su voz se detuvo de repente, en el mismo instante en el que su mirada se quedó fija en un punto en el vacío. Entrelazó las manos y asintió.

—¿Qué te sucede? Te has quedado callado cuando te he hablado de ella.

—No es nada. Pensaba en el tiempo que había transcurrido desde entonces.

—Espero que guardes un buen recuerdo.

Archibald se limitó a asentir ante aquel comentario porque, de hecho, así había sido.

Lo que no tenía claro era cómo se comportarían cuando se viesen.

Esperaba cualquier reacción por parte de ella, pensó mirando Jane con una sonrisa con el fin de tranquilizarla sobre sus temores ante una posible guerra contra Inglaterra.

—Lo guardo, sí.

—Si vas a quedarte, será mejor que te enseñe tu habitación.

No discutiría con ella, puesto que era consciente de que no lograría hacerla cambiar de opinión antes que se lo propusiera.

Jane era muy suya. Tenaz, decidida, perspicaz…

Siempre le decía a su amigo que había elegido muy bien a su compañera de viaje en la vida.

Le convenía quedarse para hablar con los jefes del norte, aunque ello supusiera tener que ver a Eve McLean.

La noche caía sobre el castillo de Dudhope cuando John Graham llegó. No esperaba encontrarse con Archibald Campbell, pero allí estaba charlando de manera animada con su esposa, Jane.

—Vaya, esta sí que es una grata sorpresa, amigo. —Le tendió la mano para que el Campbell se la estrechara.

—Llegué esta mañana para verte, pero Jane me dijo que habías partido hacia las tierras de los McKenzie.

—Le he pedido que se quede —intervino Jane mirando a su esposo.

—Has hecho muy bien, querida. —La obsequió con un beso en la mano y una mirada llena de expectación.

—Jane me pidió que me quedara hasta que regresaras.

—Apuesto a que te habrá insistido hasta lograr arrancarte un «sí». Ya la conoces.

—No podía negárselo después del tiempo que hacía que no nos veíamos —le aseguró mirándola.

—¿Qué tal el día en las tierras de los McKenzie? —le preguntó Jane deseosa por saber qué tal iban las cosas por las Tierras Altas en relación al cambio de monarca.

—He pasado un día hablando con el jefe del clan. Escuchando su punto de vista con respecto a lo sucedido con Jacobo y… En fin, no parecen muy contentos, la verdad, querida.

Jane torció el gesto al escuchar aquellas palabras.

—Es mejor que os deje y que vaya a recibir a la gente que ya llega.

Los dos hombres asintieron y se inclinaron con respeto ante ella. Luego, Claverhouse le hizo un gesto a Archibald para que lo acompañara hasta la habitación que empleaba como despacho para tratar sus asuntos.

—No corren buenos tiempos —le dijo vertiendo un poco de licor en un vaso, ofreciéndoselo a Archibald.

—¿Qué opinan los jefes de las Tierras Altas? McKenzie es uno de los clanes más influyentes.

—Pero temen una guerra contra Londres. Y al mismo tiempo, la decisión de sustituir a Jacobo por su yerno no ha sentado nada bien.

—Escuché decir que has convocado a todos los jefes de las Tierras Altas en Lochaber para hablar de la situación.

—¿Dónde lo has escuchado?

—De camino hacia aquí.

—Sí. Quiero oír las opiniones de todos y cada uno de ellos.

—Por cierto, ¿has oído algo acerca del robo de la recaudación de impuestos para el gobierno?

Claverhouse levantó la mirada del vaso y miró atentamente al Campbell.

—¿De dónde te has sacado semejante noticia? ¿Cómo que han robado los impuestos de los recaudadores? —John frunció el ceño contemplando a su amigo con preocupación por esa noticia.

—Lo escuché en una posada cuando me detuve a cambiar de caballo y comer algo. Lo estaban comentado algunos hombres. Aseguraban que habían asaltado a los recaudadores en nombre de la causa de Jacobo, cerca de Perth. Y que habían huido con el dinero. Por eso te pregunto si sabes algo.

—No, claro que no. Acabo de llegar de Eilean Donan. No tenía ni idea. Es, sin duda, una mala noticia para la corona. Si Londres se entera de…

—Aseguraban que habían sido hombres de los McLean.

—Es una acusación muy grave. —El tono de advertencia y el gesto de Claverhouse se volvieron fríos.

—Lo sé. Y no me lo terminé de creer.

—¿Por qué ellos?

—Según decían, se debía al color del tartán de su kilt.

Claverhouse se echó atrás mirando a su amigo con sorpresa e incredulidad.

—¿Y tú lo crees?

—Acabo de decirte que no. No. Pudo ser cualquiera. El color y el dibujo del tartán pueden confundirse con facilidad.

—Pues eso mismo diría yo. No obstante, podemos preguntarle esta noche cuando venga. Pero no creo que McLean ande enviando a sus hombres a asaltar a los recaudadores de impuestos. Es un acto de traición.

—¿Qué pretendes reuniendo a los clanes en Lochaber? —le preguntó con la mirada entornada observando el gesto de desconfianza de su amigo.

—Solo pretendo informar de la situación en la que deja a Escocia el cambio de monarca. Nada más. —Claverhouse sacudió la mano en el aire como si lo cortara.

—También contaban que has saldado una deuda con McDonald de Keppoch…

Claverhouse sonrió con ironía.

—¿No estarás pensando que yo he robado la recaudación de impuestos para pagar esa antigua deuda? —Movió las cejas con expectación.

—No te creo capaz de semejante acto.

—Celebro que así sea. —El sonido de voces en la puerta del castillo lo hizo reaccionar—. Si me disculpas, he de hacer de anfitrión. Estás en tu casa.

—Claro.

Claverhouse intercambió una última mirada con su amigo antes de abandonar la estancia.

No le hacía demasiada gracia que este sospechase de él en lo referente a los recaudadores de impuestos.

No creía que los McLean estuviesen metidos en algo así, pero tampoco podía afirmar que los clanes leales a la familia Estuardo no decidieran emprender acciones por su cuenta, aun a riesgo de las consecuencias que causarían.

Archibald permaneció a solas durante un momento, en el que no quiso pensar en Claverhouse como instigador de ese robo ni de una rebelión en el país.

Debía centrarse. Pero, si no, lo conseguiría esa misma noche.

Escuchar la voz de Eve McLean en la casa le tensó el cuerpo obligándolo a resoplar y sacudir la cabeza.

Cerró los ojos unos segundos en los que pareció tomar conciencia de la situación.

No sabía por qué se preocupaba por la posible reacción de ella después de lo sucedido en su último encuentro.

El tiempo había pasado y algunas cosas eran mejor olvidarlas.

Abandonó la habitación en la que se encontraba y entonces la vio en el salón.

Llevaba puesto un vestido sencillo pero elegante, en un tono verde claro que contrastaba con su cabellera pelirroja.

Archibald comenzó a preocuparse por la reacción de su propio cuerpo, que lo obligó a tensar los músculos.

Y más cuando aquel par de ojos verdes lo descubrieron.

Primero representaron sorpresa, luego curiosidad y, por último, cierto desdén y frialdad, lo cual le indicaba que ella no parecía guardar buen recuerdo de su último encuentro.