Capítulo 2 #2
—Padre, haz caso a Eve —le sugirió James con la mirada entornada.
—El jefe del clan lo es hasta el último día —le rebatió con dureza, como si lo estuviese retando—. Ya te llegará el momento. Aunque confío que no tengas que vivir más guerras.
—En ese caso, creo que yo también acudiré —aseguró Eve con un paso al frente, desafiando a su padre.
—¡¿Tú?! No sabes de lo que estás hablando, muchacha —le espetó lanzándole una mirada desde los pies a la cabeza.
—¿Qué me impide seguir a mi jefe y al clan al que pertenezco?
—Olvídalo, chica. —John McLean sacudió la mano en el aire en su intento por hacer desistir a su hija de semejante locura—.
Tu sitio está aquí junto a tu madre y al resto de mujeres McLean.
No en medio de un campo de batalla —le dejó claro antes de levantarse del sillón y abandonar el salón ante las miradas y el silencio de los demás.
Eve estaba dispuesta a luchar por el rey Jacobo llegado el momento.
Si los clanes del norte del país se unían en defensa del legítimo monarca y los McLean iban a la guerra, ella no pensaba quedarse atrás por que fuese una mujer.
Si su padre llegase a saber quién había acaudillado a los hombres que habían asaltado a los recaudadores de impuestos…
, pensó viendo como salía del salón sin decir nada más.
—Es mejor que dejemos el tema hasta ver qué sucede —dijo la madre de los dos muchachos, saliendo detrás de su marido a ver si lograba calmarlo.
James McLean se quedó contemplando a su hermana pequeña con una mezcla de curiosidad y de admiración. Permanecía apoyado contra el ventanal con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos y los brazos sobre el pecho.
—¿Lo decías en serio? Lo de unirte a los hombres si el clan apoya la guerra…
—Sí. Hablaba en serio —le espetó enrabietada, pero no por las palabras de su padre, sino por la reacción que había demostrado al escuchar el nombre del duque de Argyll.
James sonrió.
—No sé por qué no me sorprende algo así viniendo de ti.
—Pues, ¿por qué me lo has preguntado?
—Te ha cambiado el gesto cuando has escuchado el nombre de Archibald Campbell.
Y lo entiendo, hermana… —James se había fijado en cómo había palidecido, cogía aire y entrecerraba los ojos.
Por no mencionar como la había visto cerrar las manos en puños y apretarlas.
Detalles que él no había pasado por alto, a pesar de que ella había tratado de mantenerse firme y serena.
—¿De qué diablos hablas? ¿Cómo que me ha cambiado el semblante al escuchar el nombre de Archibald Campbell? —se enfrentó a sus temores y a su hermano con naturalidad, sin darle la mayor importancia a ese hecho, para que James viera que no le pasaba nada.
—Entonces han sido imaginaciones mías.
—No sé lo que has visto, o dejado de ver, James, pero te aseguro que no tiene nada que ver con Campbell. Eso pertenece al pasado, que es donde debe permanecer. ¿Satisfecho? —Esbozó una sonrisa amplia para dejarle claro que no tenía nada que ocultar.
—Como tú digas —ironizó. Su hermana se había sobresaltado al escuchar el nombre de Archibald Campbell, o tal vez saber que regresaría a Escocia.
Eso aumentaba las posibilidades de que pudieran verse después del tiempo que hacía que él se había marchado a Londres—.
Te dejo con tus pensamientos. Voy a ver a nuestro padre.
Eve no comentó nada más. Prefirió permanecer callada hasta quedarse a solas.
Entonces resopló, cerró los ojos y relajó los hombros.
Si era cierto que Archibald regresaba, no tenía por qué volver a verlo, a pesar de todo.
No creía que, pese al tiempo y la distancia, el hecho de escuchar su nombre, o conocer que podría aparecer por allí, pudiese afectarla de aquella manera.
Pero lo estaba experimentando. Y no le hacía ni pizca de gracia.
***
Archibald no tenía claro qué le corría más prisa, si tratar de descubrir quiénes estaban detrás del robo a los recaudadores de impuestos visitando a John McLean; o bien ir hasta el castillo de Dudhope e intentar encontrar allí a Claverhouse.
Tal vez él pudiera explicarle qué demonios sucedía.
Al final, se decantó por ir a este último lugar.
Dejaría la visita a los McLean para otra ocasión.
De manera que cabalgó todo el día cambiando de caballo siempre que podía.
Nadie le negaba una montura a Argyll en esas tierras.
Sin embargo, a medida que se adentraba en las Tierras Altas, el ambiente cambiaba.
Estaba en un territorio leal a los Estuardo.
Si entablaba alguna que otra conversación con los lugareños, estos le echaban en cara que no defendiese los intereses de Escocia con mayor energía en el parlamento británico.
Él era la voz de todos ellos en Londres, y no entendían por qué el rey se había visto obligado a dejar su tierra.
Ante esas muestras de disgusto con la política de las islas, Argyll tenía pocas dudas de que, llegado el caso, todas aquellas gentes no vacilarían en empuñar sus armas para luchar por la casa Estuardo.
Su misión se iba complicando cada vez un poco más.
Siguió hacia las tierras de Claverhouse y a su castillo de Dudhope.
Su amigo le había comprado el castillo a Charles Maitland, el hermano más joven del primer duque de Lauderdale, cuando a este no le quedó otra solución que venderlo debido a sus dificultades financieras.
Desde entonces, Claverhouse lo había ocupado junto a su esposa, Jane Cochrane, a quien hacía tiempo que no veía.
El castillo era un magnífico edificio de tres pisos, con dos torres en el centro y otras dos en ambos extremos.
Con tejados y cúpulas de pizarra en contraste con el color claro de la piedra con la que estaba edificado.
La puerta de entrada era de madera maciza con ribetes en hierro.
El camino hacia esta se dividía en dos partes iguales con setos a ambos lados, cortados de una manera impecable.
Archibald apostaba que era Jane quien les prestaba atención, y la que daba las órdenes para tenerlos vistosos para las visitas.
Se apeó del caballo y, guiándolo por la rienda, enfiló dicho sendero hacia la entrada.
Se fijó en un roble de aspecto regio, centenario y que daría buena sombra en el verano.
Justo cuando llegaba a la puerta, un hombre vestido con el tartán del clan y en mangas de camisa se detuvo al verlo.
—Buenas tardes, señor. ¿Qué quiere?
—Busco a John Graham, ¿se encuentra en la casa? —Hizo un gesto con la cabeza hacia el edificio.
—Se marchó hace unos días hacia las tierras de los Mackenzie.
—¿Y la señora? Jane…
El hombre le dirigió una mirada poco amistosa. Lo recorrió de los pies a la cabeza como si tratara de saber quién era o de si convenía molestarla.
Al ver que el hombre parecía dudar, Archibald decidió decirle quién era.
—Soy Archibald Campbell, duque de Argyll.
Tengo asuntos urgentes que tratar con tu jefe, pero dado que no está, tendré que dejarlos para otra ocasión.
No obstante, si la señora está, me gustaría saludarla.
Y estoy seguro de que dejaría de hablarme si se enterase de que, estando a la puerta de su casa, no lo he hecho…
—Torció el gesto dejando claro que ella no se lo perdonaría.
El hombre asintió al conocer esa información.
—Venga conmigo.
—Gracias.
Lo siguió lamentando no poder encontrar a Claverhouse allí. Había partido hacia las tierras de los Mackenzie, en las cercanías del castillo de Eilean Donan. Sin duda que su objetivo era saber la opinión de uno de los clanes más importantes de la región.
—Deje el caballo a Fraser para que lo lleve a las cuadras. Lo conduciré con la señora.
—Muy amable.
Hacía tanto tiempo que Jane y él no se veían que estaba convencido de que ya no sería la joven tímida que se había casado con su amigo. La casa se veía en un buen estado, se dijo mientras el hombre lo llevaba hacia el salón.
—Espere un momento. Voy a avisarle.
Archibald no dijo nada más y asintió. Luego, giró sobre sus talones para obtener una panorámica del lugar.
La luz entraba a raudales por los dos ventanales que ocupaban el salón.
Había un amplio sillón cerca de la chimenea donde ardía un fuego generoso.
Se volvió de inmediato en cuanto escuchó el sonido de pasos sobre el suelo de madera.
Jane apareció ante él vestida de manera sencilla, pero elegante con un vestido azul oscuro.
Llevaba el cabello recogido en una trenza que reposaba sobre su hombro derecho.
Lo obsequió con una sonrisa al verlo y caminó hacia él con los brazos extendidos.
—Mi querido Archibald, ¡qué sorpresa más agradable verte aquí en Dudhope! ¿Cuánto tiempo hacía que no venías a visitarnos?
Él le cogió las manos y las apretó con firmeza.
—Creo recordar que la última vez que coincidimos John y tú ya estabais casados.
—Si vienes buscándolo, no está. Se marchó hace unos días a visitar a los McKenzie. Me aseguró que vendría hoy mismo para asistir a la velada de esta noche.
—Sí, el hombre con el que me he cruzado en la puerta y me ha hecho pasar me lo comentó. Pero ya que estaba aquí, no quería irme sin verte.
—No te lo habría perdonado por mucho duque de Argyll que seas.
Sentémonos. Graham me contó que estuvo contigo en la capital, pero no me comentó que fueses a venir.
—El tono de Jane pareció bajar un poco, mostrando cierta curiosidad, como su mirada hacia él; pero también Archibald creyó percibir su preocupación—.
¿Quieres que te traigan algo de beber o de comer?
Supongo que te quedarás por aquí. Esta noche he invitado a algunos conocidos, dado que John estaba de regreso después de venir de la capital.
Aquella sugerencia pilló desprevenido a Archibald.
—No quería ser una molestia, Jane. Me gustaría seguir el camino hacia las tierras de los McLean.