La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

A rchibald ni siquiera llegó a Inveraray en su salida de la capital. Un comentario, que escuchó en una posada en la que se había detenido, hizo que cambiase de planes. Un grupo de hombres permanecía sentado a una mesa con varias jarras. El que hablaba en ese momento captó su atención.

—Al parecer, Claverhouse ha despachado mensajes a todos los jefes de las Tierras Altas para reunirse en Lochaber el día dieciocho de este mes. Anda recabando apoyos en favor del rey depuesto.

—Eso no es nada nuevo —intervino otro de los hombres—. Es peor lo que ha sucedido con los recaudadores de impuestos cerca de Perth.

—¿De qué hablas? ¿Qué les ha pasado?

—Los han asaltado en nombre de la causa jacobita.

—¿Dónde ha escuchado semejante comentario, amigo? —le preguntó Archibald levantándose de la silla como si fuera un resorte, dejando que esta cayese al suelo.

—Está en boca de todos en la región, señor. Aseguran que los asaltadores conocían su recorrido porque los estaban esperando. Robaron los impuestos que deben pagarse a la corona, y aseguraron a voces que eran para la causa del rey Jacobo.

—¿Por qué harían algo así? Supone un ataque directo al rey y al parlamento británico.

—Lo sé, señor. Al parecer el jefe de los McDonald de Keppoch ha sido el primero en considerar este acto como el primer paso para traer a Jacobo de regreso desde Francia.

Dicen que iba camino a Inverness para solicitar cierta cantidad de dinero que le deben.

Entonces, la gente pidió ayuda a Claverhouse para que solventara la situación. Y este les prometió que lo haría.

—¿Asaltando a los recaudadores de impuestos ingleses? —preguntó uno de los tertulianos.

—¿Se sabe quiénes eran los asaltantes? —intervino Archibald nervioso por las noticias que estaba recibiendo. Aquello no hacía sino empeorar su misión en aquellas tierras.

—No se sabe. Sorprendieron a los recaudadores en mitad del camino.

—Los que los vieron huir aseguraban que pertenecían a los McLean de Duart —comentó un hombre que se había acercado para escuchar la conversación.

—¿Está seguro? —La mirada de incredulidad y temor de Archibald Campbell lo dijo todo. No podía creer que su viejo amigo estuviera metido en ello. No obstante, la gente cambiaba con el paso del tiempo. Y él llevaba mucho alejado de aquellas regiones.

—Es lo que he oído. Por el color del tartán.

—Eso no dice mucho. Cualquiera podría vestirlo para que las sospechas cayeran sobre este clan.

—Gracias, amigo. —Archibald ni si quiera se molestó en regresar a su mesa para seguir disfrutando de su comida, sino que salió de la posada dispuesto a subirse a su caballo y proseguir camino hacia la región de Perth.

Necesitaba conocer más detalles sobre lo ocurrido.

No creía que John McLean estuviese metido en ello.

¿Y Claverhouse? Le había dado su palabra de que solo se limitaría a hablar con los jefes del norte para exponerles la situación.

Robar los impuestos era un delito muy grave.

Pensar en el viejo amigo de su padre hizo que un nombre de mujer se deslizase en su mente.

Los recuerdos de ella lo obligaron a cerrar las manos en puños y sacudir la cabeza rechazando que estuviera también metida. Claro que conociéndola…

***

Eve McLean permanecía sentada junto al fuego de la chimenea. Su larga cabellera de rizos pelirrojos, recogida de manera improvisada, le caía sobre la espalda. Su mirada de ojos claros no se apartaba de su padre. No perdía detalle alguno de lo que contaba porque sin duda que le parecía interesante.

—Lo que Claverhouse ha hecho con sus últimas actuaciones ha sido prender la mecha de la rebelión.

Abandonar el consejo de gobierno en la capital…

—El viejo McLean paseaba por el salón con las manos a la espalda y la cabeza gacha—.

Y luego, se comenta que un grupo de leales seguidores a Jacobo y a la casa real Estuardo ha asaltado a los recaudadores de impuestos del gobierno cerca de Perth.

—¿Y eso en qué situación nos deja, padre? —preguntó la muchacha.

—No lo sé. Si Claverhouse sabe tocar las teclas oportunas ante los jefes de los clanes del norte, estoy convencido de que no hará falta decir nada más para empezar una revuelta.

—Pero debemos admitir que lo que ha sucedido con Jacobo ha sido una maniobra rastrera por parte de los ingleses. Les está bien empleado que les hayan robado el dinero de los impuestos.

—¡Eve! ¿Qué estás diciendo? —Su madre entraba en ese momento en el salón. La retó con la mirada a que se le ocurriera seguir hablando del tema.

—Mi hermana tiene razón, madre. Londres ha maquinado para derrocar al rey y obligarlo a huir de su propio país como un vulgar delincuente —recordó James McLean, el primogénito del clan.

El rechazo a esa acción por parte del parlamento de Londres no solo quedaba patente en sus palabras, sino en la expresión de su rostro.

—Tranquilízate, Flora. Nuestros hijos solo dicen lo que pensamos muchos de los jefes aquí en el norte.

Derrocar a Jacobo Estuardo para situar a Guillermo de Orange no ha sido lo más sensato.

Pero tampoco estoy de acuerdo con el asunto de los impuestos…

—El viejo McLean apretó los labios y sacudió la cabeza sin terminar de verlo claro.

—Estas acciones, ¿podían conducir a la nación a una nueva guerra, padre? —sugirió Eve temerosa de que eso llegase a suceder.

—¿Otra guerra? ¿Recuerdas la anterior? Peleaste por el rey Carlos contra las tropas de Cromwell.

Una guerra civil que asoló las islas y acabó ejecutando a un rey.

¿Y qué sentido tuvo si al final el propio Cromwell también fue ajusticiado y los partidarios de la monarquía pidieron a Carlos II que regresara desde Bruselas?

Es el mismo caso que ahora —le recordó su esposa mirándolo con fijación.

—Carlos II se vio obligado a huir cuando estalló la guerra. De lo contrario habría seguido la suerte de su padre. ¿Piensas que Londres llamará a Jacobo de vuelta si su yerno no los complace? —John McLean miró a su mujer con los ojos abiertos como platos.

—Todo dependerá del talante de Guillermo, madre. Por lo pronto ha prometido libertad religiosa para Escocia —intervino Eve paseando por el salón mientras se mordisqueaba la uña del dedo pulgar con gesto pensativo.

—Prometerá cualquier cosa con tal de tenernos contentos —comentó James con un toque irónico que captó la atención de su padre.

—De momento nos tocará esperar a ver qué sucede en los próximos días —le aseguró este a su hijo.

—Yo estoy segura de que, cuando Londres sepa lo que está sucediendo, no tardará en enviar a alguien para negociar —sugirió Eve cruzando los brazos y deteniendo sus pasos al lado de su madre.

—Ya lo ha hecho, según me he enterado por las noticias que vienen de la capital —les reveló John con cierta solemnidad mirando a su mujer primero y después a su hija por lo que supondría conocer el nombre de la persona designada. Y por lo que ese nombre representaba para Eve.

—¿Quién es? —preguntó esta de manera resuelta, sin esperar escuchar aquel nombre.

—El duque de Argyll. Archibald Campbell.

Eve acusó el escalofrío que le provocó conocer la identidad del enviado del parlamento.

Se mantuvo firme en todo momento bajo la atenta mirada de las otras tres personas en el salón.

No quería que ninguno de ellos se diese cuenta de lo que sentía por dentro.

Agradeció que prosiguiera la conversación.

—Su padre y tú combatisteis por el rey Carlos… —dijo en un intento por no hablar de Archibald.

—Yo era más joven cuando estalló la guerra civil, al igual que Argyll.

Ambos logramos salir con vida de milagro, lástima que el viejo Campbell muriese poco después de un ataque al corazón.

Sobrevivió a las balas y los sables de los hombres de Cromwell para acabar de aquella forma —dijo chasqueando la lengua con cierta lástima, recordando la imagen de su viejo amigo.

—Argyll es el máximo exponente de Escocia en el parlamento británico. Fue elegido para ese cometido. Es lógico que Londres lo haya designado para exponer la situación a la que nos enfrentamos —aseguró James convencido de que así sería.

Eve decidió permanecer en silencio, ajena a las palabras de los demás miembros de la familia.

Tenía la impresión de que escuchar aquel nombre la había abstraído por completo del resto de la conversación.

Había perdido cualquier interés en esta.

Pensar en Archibald Campbell hizo que la temperatura de su cuerpo subiese de manera repentina.

No se habían vuelto a ver desde que él se marchó a Londres cuando fue nombrado como alto representante de Escocia para el parlamento británico.

Tal vez, el hecho de no acordarse de él se debía a que no guardaba muy buenos recuerdos.

—Los Campbell se han arrimado mucho a Londres… —murmuró el viejo John frotándose el mentón con gesto pensativo, lo que captó la atención de su hija.

—¿Qué temes? ¿Qué se alíen con los ingleses si estalla la guerra? —preguntó Eve interviniendo en la conversación para no pensar en Archibald. Y, de paso, dejar claro que no le importaba lo más mínimo lo que le sucediese, ni si quiera su presencia, si llegaba a visitar aquellas tierras.

—Espero que no sea el caso, hija. Nunca los he considerado como allegados a los ingleses.

Por lo pronto, dejaremos el asunto hasta que llegue el día de reunirnos en Lochaber y escuchar lo que tenga a bien contarnos Claverhouse.

Si te soy sincero, no me hace ninguna maldita gracia embarcarme en otra guerra a mi edad.

Entonces era joven y alocado, pero ahora…

—No tienes porqué ir a la guerra. El resto de los hombres del clan seguirán a James —dijo Eve mirándolo antes de que este se pronunciara.

—¿Mientras yo me quedo en casa? —le preguntó contemplando atónito a su hija por sus palabras—. Yo soy el cabeza de familia. El jefe de los McLean. Y mientras sea así, yo dirigiré a mis hombres en la batalla.