La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Sí, lo es. Pero eso no quiere decir que apruebe ciertos comportamientos que podrían llevar al país a otra guerra como la vivida en tiempos de Carlos I.

—¿Por qué estás tan seguro de ello? —quiso saber un receloso Claverhouse.

—Porque si hablas en favor de la vuelta de Jacobo, son muchos los que te seguirán, y no precisamente de una manera pacífica. Te lo pido por la amistad que tenemos desde niños.

Claverhouse inspiró en varias ocasiones y asintió.

—No te prometo nada. Tal vez deberías ir a las Tierras Altas y hablar con los jefes de los principales clanes. Exponerles tu punto de vista, que no es sino el de Londres —le dejó claro con una sonrisa irónica que parecía buscar una reacción en el Campbell.

—Lo haré. Descuida.

—En ese caso, suerte. Yo no intercederé en tus planes, siempre que tú no lo hagas en los míos, Archibald. Que cada uno defienda lo que considera mejor para la nación, y que el pueblo decida. —Le tendió la mano para sellar aquella especie de pacto o reto entre ambos jefes de sus respectivos clanes.

Aquellas palabras y aquel gesto habían captado la atención de curiosos y escépticos.

Un tenso silencio se adueñó del salón en el que todos se encontraban.

Algunos parecían contener las respiraciones a la espera del resultado del lance.

Miraban de manera fija al Campbell, esperando su respuesta, y no dudaban de que sería aceptar la propuesta de Claverhouse.

Archibald le sostuvo la mirada antes de aceptar el envite. Estrechó con firmeza la mano del jefe del clan Graham.

—Está bien. Lo haremos a tu modo.

Claverhouse sonrió satisfecho por el acuerdo logrado con su amigo. Luego relajó la expresión del rostro. Y palmeó a Archibald en el hombro.

—Dejemos la política y hablemos de otros asuntos, ¿quieres?

—Será lo mejor.

—Dime, ¿has visto a Connie?

Escuchar aquel nombre dejó a Argyll algo perplejo. Pero, por otro lado, lo agradeció porque relajaba el ambiente al que se habían conducido ambos en aquella especie de reto ante todos.

—No. No he tenido tiempo. Ni he querido hacerlo.

—Vaya… —Claverhouse chasqueó la lengua expresando su decepción—. En su día pensé que al final acabarías por cortejarla. E incluso casarte con ella cuando te marchaste a las Tierras Altas.

Archibald sacudió la cabeza y se pasó la mano por el mentón.

—Muchos lo llegaron a creer.

—Menos tú. Diste la impresión de que tu repentina marcha hacia el norte era una especie de huida del compromiso.

—Nunca la consideré como una futura esposa. Ni a ella ni a cualquier otra mujer entre Glasgow y Edimburgo —le dejó claro intentando no pensar en lo sucedido en aquellos días en el norte.

—¿Y qué me dices de Eve? La hija de los McLean. Las malas lenguas te acusaron de haberla plantado para irte a Londres. De donde no has regresado hasta hace un par de días.

Archibald apretó los labios y asintió. Estaba tenso por esas palabras que le hacía recordar un momento de su vida que no se había perdonado.

—De eso hace mucho tiempo. Y si no regresé fue debido a mis compromisos como representante de Escocia en el parlamento británico.

—¿Acaso piensas convertirte en el primer Campbell soltero?

—¿Qué tal está Jane? —Le lanzó la pregunta después de coger aire. Necesitaba dejar de escuchar los nombres de las dos mujeres con las que se le había relacionado en el pasado. No tenía tiempo para sentimentalismos.

—Bien, en Dundee. Si pasas por allí cerca, visítala. Le hará ilusión verte.

—Lo haré. Descuida.

—No cambies de tema con relación a tu soltería y búscate una mujer que te aleje de la política de una condenada vez —le dijo haciendo un gesto con la mirada hacia varias de las jóvenes que había allí.

—Me temo que no tengo tiempo para galanteos.

—Tú te lo pierdes. Te dejo, voy a saludar a algunos conocidos. Y si marchas al norte, buen viaje. Y procura andar con cuidado, los ánimos están algo exaltados estos días.

—Lo tendré en cuenta.

Archibald observó alejarse Claverhouse para seguir sus conversaciones con otros distinguidos jefes de clanes de las Tierras Bajas.

Pensó que no había ido tan mal ese primer acercamiento a su amigo.

Si este se dedicaba a animar a los jefes del norte, leales a los Estuardo desde generaciones, la situación podría volverse insostenible.

No tanto como la que se iba a producir cuando reconoció a Connie del brazo de un desconocido.

Procuró no quedarse contemplándola de manera descarada, pero su belleza irradiaba un aura difícil de evitar.

Verla hizo que se planteara la cuestión de su soltería, como le había dicho Claverhouse.

¿Por qué no se había planteado cortejarla en su día como acababa de decirle su amigo?

Se lo cuestionó en ese preciso instante en el que la veía saludar a los anfitriones de la velada.

Y cuando su mirada azul se quedó fija en él, Archibald se sintió algo incómodo, porque no sabía muy bien cómo reaccionar después de tanto tiempo sin verse.

Se limitó a asentir a modo de saludo y permaneció en el sitio sin saber si sería acertado ir a saludarla.

Pero entonces vio que ella caminaba hacia él con ese propósito.

—Archibald. Es toda una sorpresa verte por la capital.

—Connie, ¿qué tal todo?

—Te presento a mi esposo. Creo que no lo conoces. Thomas McDonald.

¡Su esposo! De manera que había optado por dar ese paso. Tal vez, harta de esperar a ver si él se decidía. ¿Por qué no le había informado de ello Claverhouse cuando le preguntó si la había visto? Al menos no quedaría como un estúpido ante su marido y ante ella.

—Tanto gusto, señor. Es un honor conocer al duque de Argyll.

—No creo que sea para tanto.

—Usted es el representante de Escocia en Londres. Si eso no es importante…

—Política. Nada más. En muchas ocasiones me dan ganas de abandonarlo todo y retirarme a mi casa en Inveraray —aseguró con una tímida sonrisa, sin poder evitar contemplarla a ella.

Tal vez Claverhouse estuviese en lo cierto una vez más, y debiese seguir su consejo de buscarse una esposa y alejarse de la política.

El tiempo pasaba más deprisa de lo que él pensaba.

Y una de las mujeres más elegantes y atractivas de todo Edimburgo ya no estaba destinada para él.

Sin embargo, él la había rechazado en su día cuando abandonó la capital para marcharse a las Tierras Altas.

¿Se había tratado de una huida como le había referido su amigo Claverhouse?

¿Huyendo del compromiso? No era algo que se esperase del duque de Argyll.

Debía casarse y formar una familia e irse a vivir a su castillo de Inveraray.

—¿Estarás mucho tiempo en Edimburgo? Tal vez podrías pasarte por casa…

Aquella invitación le pareció algo cruel a la vista de cómo consideraba a Connie esa noche. No estaba dispuesto a mortificarse estando en su presencia.

—Parto mañana mismo hacia el norte. Asuntos urgentes.

—¿De Londres? —le preguntó el esposo de ella.

—Sí.

—Sin duda que los últimos acontecimientos han caído como un jarro de agua fría en la nación.

—Lo supongo. En fin, si me disculpáis… Ha sido un placer verlos —dirigió una última mirada a Connie antes de alejarse de su presencia. No esperaba que esta pudiera afectarle de aquel modo. Al día siguiente partiría para el norte y se olvidaría de ella.

Cuando la noche estaba avanzada, Archibald salió al balcón para tomar el aire.

Necesitaba despejar la mente de los acontecimientos que estaban pasando, así como de las conversaciones con los distintos jefes de los clanes.

No se desprendía nada bueno después de sostener varias charlas con estos y con su amigo Claverhouse.

¿Es que pretendían rebelarse contra la decisión del parlamento de Londres?

Habían sustituido un monarca por otro debido a la política con la que Jacobo se había conducido hasta ese momento.

Los Estuardo llevaban en el trono de las islas más de ochenta años.

Durante los cuales el país había conocido una guerra civil entre los partidarios del rey Carlos I y los del parlamento dirigidos por Oliver Cromwell.

¿Acaso pretendían embarcarse en una nueva rechazando a Guillermo de Orange?

Todos esos pensamientos traían de cabeza a Archibald, quien se limitó a sacudirla y a golpear con el puño la balaustrada del balcón.

No era consciente de que una persona lo observaba desde el umbral.

Connie McDonald sonreía de manera tímida al ver su comportamiento.

Sin duda que se debía al clima de crispación que comenzaba a notarse en la sociedad.

Él, como alto representante de Escocia en Londres y jefe del clan Campbell, se jugaba mucho.

Se le acercó con paso lento hasta que lo vio girar el rostro en su dirección cuando escuchó el sonido de pasos.

Se limitó a entreabrir los labios para decir algo, pero al final quedó en un simple intento cuando la reconoció.

—¿Cansado del mismo tema de conversación, Archibald?

Este se limitó a sonreír al tiempo que trataba de ordenar sus pensamientos y saber qué decirle.

—Sí.

—No se habla de otra cosa en la capital en estos días. El cambio de monarca por parte de Londres.

—Soy consciente de ello. Pero, por otra parte, era necesario dadas las últimas actuaciones de Jacobo.

—No esperaba verte aquí. Ya te lo dije.

—Tenía que venir a tomar el pulso a los clanes de la capital y de las Tierras Bajas. En el norte me hago una idea de lo que dirán… —Movió las cejas y apretó los labios, consciente de ello.

—Sabes que en aquellas regiones son férreos defensores de la casa real Estuardo. Supongo que no les habrá sentado nada bien que Jacobo no solo no haya tenido que dejar el trono, sino que se haya visto obligado a huir de su país.

—Confío en poder aplacar los ánimos. ¿Sigues viviendo en la capital?

Ella asintió bajando la mirada a sus manos entrelazadas. Estaba nerviosa ante la presencia de él. Conseguía dominar la respiración a duras penas. No podía creer que, pese al tiempo transcurrido, ella pudiese seguir experimentando aquel vacío en el estómago.

—A las afueras. ¿Y tú? ¿Piensas quedarte?

—Partiré mañana temprano. Pasaré por mi casa en las tierras de los Campbell de camino al norte. La situación requiere que se actúe con rapidez.

—Espero que tengas éxito en tu misión.

—Yo también.

—¿No te has casado ni comprometido en este tiempo que has pasado en la capital inglesa? —No sabía muy bien a que venía aquella pregunta por su parte, ya que él no tenía cabida en su vida. Nunca, a decir verdad.

—No soy un hombre que esté hecho para el matrimonio —se excusó tratando de hacerle ver que así era. Pero la reacción de ella, sonriendo divertida, lo trastocó.

—Eso es lo que tú crees. Al final la encontrarás. Te está esperando en alguna parte. Solo es cuestión de tiempo.

—Vaya, desconocía tus dotes de adivina.

—No lo soy. Pero estoy convencida de que así será.

—En una ocasión casi estuve a punto de hacerlo.

—¿De verdad? —La expresión de sorpresa en su rostro hizo que él asintiera ahogando la risa.

—No sé por qué te lo cuento.

—¿Qué sucedió?

La mirada entornada por parte de ella lo sobrecogió, pero lo animó a seguir.

—Me nombraron alto representante de Escocia en Londres y me marché.

—¿Y ella?

—Le prometí que regresaría para cumplir mi promesa y… —Apretó las manos convirtiéndolas en puños al mismo tiempo que sacudía la cabeza.

—No lo hiciste —le dijo ella con un tono lleno de pesar porque no lo hubiera hecho.

—Siempre ocurría algo que me retenía en la capital inglesa —le dijo con cierta rabia, como si buscase resarcirse de no haber cumplido su palabra. Como si aquella mujer tuviera la solución o la absolución a sus pecados.

—¿Has vuelto a saber de ella?

—No. No sé qué habrá sido de su vida. Supongo que se cansó de esperarme y se habrá casado con otro. Pero eso pertenece al pasado. No estoy hecho para el matrimonio, al contrario que tú.

—Tal vez tengas una segunda oportunidad con ella. —Vio que una amiga le hacía señas—. Y ahora, te dejo a solas con tus pensamientos mientras regreso al interior. Ha sido una grata sorpresa verte…

—Espero que seas feliz en tu nueva vida junto a tu marido.

Ella asintió sin añadir nada más. Apretó los labios disimulando una sonrisa y se volvió para regresar al interior de la casa en compañía de su amiga.

Mientras, Archibald soltaba el aire acumulado en su interior y permanecía allí, quieto, pensando en las últimas palabras de Connie.

Lo cierto era que no tenía tiempo para cortejar a una mujer, o tal vez fuese una excusa para no hacerlo.

Acababa de confesarle lo sucedido con cierta joven de las Tierras Altas.

Lo había dejado todo por la política. Buscando el bien para su propio país y dejando a un lado su bienestar personal.

¿Habría hecho lo correcto? Nunca había querido cuestionárselo.

Uno tomaba una decisión y no podía arrepentirse ni cuestionársela a cada momento.

Partiría hacia Inveraray a la mañana siguiente. Eso era una obligación inmediata que no necesitaba justificación alguna.