La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1) Capítulo 1
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La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1)

La pelirroja de los McLean (Rebeliones en Escocia 1)

Por Laimie Scott

© inepub.com

Capítulo 1

Archibald Campbell llegó a Edimburgo para tratar los asuntos encomendados por el parlamento británico.

Estos hacían referencia a los últimos acontecimientos ocurridos en su tierra natal a raíz de la llegada del nuevo monarca.

Guillermo de Orange pretendía apaciguarlos lo antes posible; antes, incluso, de que estos dieran lugar a una situación que no se pudiese controlar.

El parlamento en Londres había decidido que fuese Archibald Campbell, duque de Argyll, quien se hiciese cargo de dicha gestión.

Él conocía la situación de su propio país y era respetado por sus compatriotas.

Sin embargo, la misión no iba a ser nada sencilla, como ya había supuesto el propio Campbell mucho antes de poner un pie en su tierra natal.

Y así se lo manifestaba el alcalde de la capital escocesa.

—Siento que haya venido para nada, duque.

—¿Por qué está tan seguro, señor Elgin? —Argyll frunció el ceño y entrelazó sus manos apoyándolas en la mesa.

—No le deseo ningún mal, entiéndame. Sin embargo, el repentino abandono de la convención celebrada aquí por parte de John Graham de Claverhouse no vaticina nada bueno. Créame.

—Entiendo que no todos los clanes en Escocia están de acuerdo con las decisiones del parlamento británico. Que este órgano haya llamado al príncipe Guillermo de Orange para ocupar el trono en detrimento del actual monarca, Jacobo Estuardo, no tiene que conducir al país a un clima bélico.

—Deje que le informe que los comentarios que circulan por la capital no son nada halagüeños.

El comportamiento de Claverhouse ha sido considerado como un acto de traición por parte de las autoridades británicas.

Deberían haber previsto la reacción del pueblo escocés al destituir a un Estuardo para sentar en el trono a un Orange.

—El tono de advertencia del señor Elgin obligó a Campbell a removerse con cierta incomodidad en la silla.

Esa afirmación, o suposición, ya la había considerado él desde el mismo instante que aconteció.

A una gran parte de la población escocesa no le había gustado nada que un Estuardo fuese depuesto por Londres.

—Parece estar convencido de que eso sucederá.

—Declarar traidor a Jacobo y obligarlo a huir a Francia como si fuese un vulgar rebelde no es una buena carta de presentación para el nuevo monarca.

Esto, y que prometiese restaurar la iglesia de Escocia: el presbiterianismo en contra del catolicismo de los Estuardo.

Son muchos los que están en contra de esta medida.

En especial en el norte, como supongo que sospechará…

—Las Tierras Altas siempre han sido un feudo leal a la casa de los Estuardo. Comprendo que se sientan decepcionados con la nueva situación.

—Decepcionados no es la palabra que se ajusta a lo que sienten, Archibald —le aseguró llamándolo por su nombre por vez primera desde que había llegado a su residencia.

—Mi propósito es hacerles ver que nada bueno puede conseguirse con una revuelta. Un cambio de monarca no es tan malo.

—No se lo discuto, pero las formas no han gustado nada a sus seguidores, entre los que está John Graham de Claverhouse, vizconde de Dundee.

Archibald Campbell escuchaba las explicaciones de Elgin, y mucho se temía que tuviese razón.

Buscaría y hablaría con su viejo amigo, Claverhouse, para hacerle ver que era inútil oponerse a Londres.

Confiaba en que su amistad sirviese para hacerle ver la realidad.

Las perspectivas de futuro que se abrirían ante una negativa por parte de Escocia a reconocer a Guillermo como el nuevo monarca podrían ser nefastas.

—Conozco a Claverhouse desde hace mucho tiempo.

—¿Y confía en que su amistad sirva de algo?

La mirada entornada y el tono empleado por Elgin alertaron a Archibald. Pero no se rindió.

—En eso confío. Conozco a algunos de los jefes de los clanes del norte, con los que también hablaré. ¿Sabe si por casualidad Claverhouse está en la capital?

—Eso tengo entendido. Se encuentra recabando apoyos entre los clanes de las Tierras Bajas y de la capital.

Le advierto que no corren buenos tiempos por esta nación.

Ya se dará cuenta de ello. Confío en que la situación no llegue a traducirse en un enfrentamiento armado.

—Elgin elevó las cejas y abrió los ojos como platos para dejar clara su postura.

—Yo tampoco lo deseo ni lo espero. Confío en la diplomacia. Con ese fin estoy de regreso en mi tierra.

—En ese caso le deseo toda la suerte del mundo. La va a necesitar. Quería aprovechar la ocasión de que está usted aquí e invitarlo esta noche a una velada que daré para presentarlo en sociedad. Y que confío que su amigo Claverhouse acuda.

—Con mucho gusto asistiré.

—De esa manera podrá hablar con los principales clanes de las Tierras Bajas.

—Sin duda que será interesante conocer sus opiniones. Si me lo permite, he de retirarme.

—Sí, sí. No lo entretengo más. Lo veré esta noche y podrá tener una visión más nítida de la situación real del país.

Archibald asintió en silencio. Se despidió de Elgin y se marchó a su casa en la capital.

La primera toma de contacto con la situación actual por la que atravesaba el país era la que se había temido desde que salió de la capital inglesa.

No le parecía ser nada esperanzadora, pero él estaba allí como enviado de Londres para hacerla lo más llevadera posible.

Esperaba ver a su amigo Claverhouse y que este le explicase lo ocurrido en esas últimas semanas.

Tenía la esperanza de que no todo estuviera perdido.

***

Llegó con tiempo a la residencia de los Elgin y, tras saludarlo a él y a su esposa, se adentró en la casa esperando ver a viejos conocidos.

—Archibald, ¿cómo estás? No esperaba encontrarte en la capital.

—Celebro verte, John. He venido a Edimburgo a tratar ciertos asuntos.

—¿Los que tienen que ver con el nuevo monarca? Nadie aquí es ajeno a las noticias que han llegado desde Londres. Ni tampoco que tú eres el intermediario designado por Londres para suavizar el clima que ha generado el exilio de Jacobo a Francia.

—Lo doy por hecho.

—No vas a tenerlo nada fácil, te lo advierto. Tu amigo Claverhouse se está encargando de ello. —Le lanzó una mirada de advertencia e hizo un gesto con la cabeza hacia este.

Claverhouse charlaba de manera distendida con varios jefes. Archibald apostaba a que estaba explicándoles lo que había sucedido en Londres semanas atrás y lo que les depararía el futuro. Nada bueno para Escocia, les resumiría.

—Soy consciente de que él es un férreo defensor de los Estuardo y, en concreto, de Jacobo. Su decisión de abandonar el consejo así lo demostró.

—Pero admite que una cosa es derrocar al actual monarca para poner a otro, y otra muy distinta, declarar a Jacobo como un traidor.

¡Hablamos de Guillermo de Orange! ¡Su propio yerno!

—Levantó la voz para poner énfasis en su relación de parentesco—.

Podría haber hecho algo al respecto, ya que son familia.

Archibald inspiró ante semejante comentario y, apretando los labios, se limitó a asentir.

—No te lo discuto, pero…

—El parlamento de Londres no se lo permitió.

O tal vez se lo sugirió… Ya me entiendes —concluyó John a lo que Archibald iba a decir, con un tono de cierto desprecio hacia ese acto en sí—.

Si hubiera tenido ese detalle con Jacobo, las cosas podrían haber tomado un cariz diferente.

Aquí hubiera tenido otra interpretación. ¿No crees?

—Por desgracia, ya no se puede hacer nada. Guillermo se sienta en el trono y Jacobo está exiliado en Francia.

Archibald vio que Claverhouse se acercaba. Altivo y orgulloso de lucir los colores de su clan en su kilt y su plaid echado sobre el hombro. Una mirada entre la intriga y la sorpresa, tal vez, por encontrarlo allí.

—No esperaba verte por aquí. Te hacía en tu palacio de Inveraray —le dijo a modo de saludo.

—Tengo pensado pasarme por allí cuando concluya lo que he venido a hacer a la capital. Yo te hacía, más bien, en el norte del país, en tus tierras en Dundee. Jacobo te nombró vizconde…

—Sí, tengo pensado salir mañana hacia allí. Lo del título es lo de menos —dijo agitando la mano en el aire.

—Lo suponía. Me han dicho que te marchaste de la convención de clanes sin despedirte.

Claverhouse sonrió por lo bajo.

—No tenía mucho que hacer allí una vez que se tomó la decisión de seguir las directrices de Londres. Como si fuésemos sus lacayos. Pero dime, ¿a qué se debe tu presencia esta noche aquí?

—Entre otras muchas cosas, a pedirte que recapacites.

—¿Sobre qué?

—Los dos sabemos que eres leal a la casa Estuardo.

—Lo soy —le dejó claro contemplándolo de manera fija—. ¿Algún inconveniente?

—Sí, si vas recorriendo el país buscando apoyos para traerlo de vuelta a Escocia primero y a Londres después… —Archibald miró a su amigo dejándole entrever lo que sucedería.

—¿Qué puede importarte? —Lo recorrió con la mirada desde los pies a la cabeza como si estuviera evaluándolo. Una mueca sarcástica afloró en su rostro.

—El hecho de que puedas fomentar una revuelta.

—La gente estaría en su derecho después de la decisión de Londres. Los anglicanos y los disidentes unidos junto a los dos partidos, Tories y Whigs, para «invitar» a Guillermo a venir a Inglaterra y ocupar el trono que ocupa su suegro. ¿No crees que es algo descabellado y rocambolesco?

—Solo te pido que recapacites y no cometas ningún error.

—¿Lo es pedirle al legítimo monarca que regrese a su tierra?

¿Es que el tiempo que pasas en Londres te ha vuelto un inglés, Archibald?

Que yo recuerde, los Campbell son un clan escocés cuyo jefe es el mismísimo duque de Argyll.

El más influeynte y poderoso de toda la nación —le dijo mirándolo de nuevo de pies a cabeza y viendo que llevaba el traje nacional con el tartán de dicho clan.