Chapter 68
LXVII.
Cuando Clarice volvió en sí estaba en la habitación de Zachary. La noche infinita había caído sobre ese lugar y sólo se respiraba la condena de la muerte.
—El coronel nos engañó, nunca quiso hacer ningún trueque. Lo siento, Clarice. No imaginas cuánto lo siento.
De fondo sonaba el cántico abominable de unas plegarias que no lograrían nada. La madre de Zac se balanceaba sin soltar sus manos, como si pudiera salvar a su hijo de la fechoría de una muerte tan vil como aquella.
—¡Clarice! —alargó Margaret el brazo hacia ella al ver que había despertado. —Recemos por su alma, que Dios la haga inmortal y la aloje a su lado para que no arda en el infierno hasta consumirse. Debemos ayudar a su alma a encontrar la luz divina que tendrá que seguir.
La aceptación de Margaret, la paz que emanaba, era lo opuesto a la rebelión interior de Robert, Nat y sobre todo de Clarice. La madre de Zac era la única que parecía entender el lugar en el que estaban sin sentirse derrotada. Clarice se sentó junto a ella.
—Clarice, acompáñalo en paz. La esperanza es enorme, lo más grande que existe salvo el Señor, que es infinito.
Todo lo demás llega un momento en que se agota, como la vida o como la esperanza.
Debes entenderlo, cariño y aceptarlo—le inculcaba una lección que sólo aprendería cuando Zac diera su último aliento.
A las nueve de la mañana el oncólogo que había llevado todo el caso de Zachary pasó a visitarlo. Le tomó el pulso, escuchó su desfallecida respiración, auscultó su mirada vidriosa y vacía.
—No llegará a mañana—dijo poniendo una mano sobre el pecho de Zac. —Zac. Te echaré de menos—susurró en su oído. —Si lo desean llamaré al pastor para que le dé el último de los sacramentos y le unja con los santos oleos. Ya ha llegado el final.
El pastor entró media hora después. Serio, pidiendo perdón a cada segundo por lo que tenía que hacer.
Diez minutos después se fue y todo quedó en silencio.
Un silencio absoluto. Llegó el medio día y todo permaneció igual, sin un soplo de nada.
Entonces alguien tocó la puerta y seguidamente asomó la cabeza.
—¡Psshh! ¡Jefa!¡Clarice! —llamaba e incluso chasqueaba los dedos un joven que asomaba la cabeza por la puerta.
Robert se acercó sin decir nada.
—Chico. Sea lo que sea, tendrá que esperar. Su marido morirá en cualquier momento. Vuelve mañana por la mañana.
—¡PPPSSSHHH! ¡¡¡¡JEEEFAAA!!!
—¿A caso estas sordo, muchacho?
Entonces Clarice giró la cabeza hacia la puerta. Sus ojos estaban rojos, inundados en lágrimas y su nariz destilaba un hilillo trasparente. No tenía fuerzas, no se sentía ya en este mundo, pero se acercó.
—Adam Nguyen, ¿verdad?
—Sí, jefa. La ayudé con la familia Palmer. ¿Lo recuerda?
—Por supuesto. Lo hiciste bien. Pero me pillas en un momento... —miró hacia el interior.
—Lo siento muchísimo, jefa. No imagino por lo que está pasando, pero creo que estoy metido en un buen lío. Sólo necesito una firma y me iré—puso un papel ante los ojos de Clarice.
—¿Qué es esto?
—Jefa, llevo toda la mañana intentando hablar con usted, pero su móvil está apagado y no pasan llamadas a los boxes de paliativos. He tenido que venir.
—¡Por favor, Adam! Estoy agotada.
—Creo que la cagué y mucho. Siempre me meto en líos por no preguntar antes. Y este es muy gordo. Hice una solicitud falsificando su firma, jefa.
—¿Cómo?
—No lo pensé y…
—A ver ¿qué has hecho, Adam? Y no te andes con rodeos.
—¿Recuerda que me dijo que hay que mirar más allá? Ver el conjunto de todo. Preguntarse por qué algo ha ocurrido de una manera y no de otra. Y que el objetivo del asesino era Damien Palmer, el chico del trébol.
—Lo recuerdo, Adam. ¿Qué es este papel?
—¿Recuerda que me pidió que lo recogiera todo y que guardara los cadáveres en las cámaras?
—Sí… ¿puedes acabar de una santísima vez?
—El caso es que como Damien era el objetivo, consideré que había que conservarlo en una cámara negativa.
Así que su cuerpo fue desviado a una cámara de temperatura negativa.
Lo que no imaginé en ningún momento es que lo traerían a este hospital al no existir ese tipo de cámaras en el anatómico de Charlestown.
—¡¿Qué hiciste qué?!
—¡No lo pensé, jefa! Sólo marqué con un aspa la casilla de cámara negativa y todo se fue al carajo.
El procedimiento es automático. Cogieron el cuerpo de Damien y lo llevaron a la cámara de conservación bajo cero más próxima.
O sea, a este hospital. Lo lamento, jefa.
Pensé que debía preservarse su cuerpo de la descomposición.
Y ahora necesitan todas las cámaras después del tiroteo… .
—¿Puedes repetírmelo todo? —Clarice abría los ojos como una lechuza famélica que acaba de ver su cena.
—Que desvié a Damien Palmer a una cámara negativa sin consultárselo y ha habido una jodida masacre en una mansión.
Una masacre en Rhode Island con un montón de cadáveres que necesitan esas cámaras.
Hay ricachones de por medio. Si quiere despedirme, puede hacerlo, jefa.
No merezco ser su aprendiz, pero si me sigue aceptando, le juro por lo que más quiera que no volveré a mear en el trabajo sin pedirle permiso.
Clarice se lanzó en tromba hacia el botón de aviso.
—¡Nat, Robert! ¡Zac necesita un quirófano listo en media hora! Si hace falta vais a buscar vosotros mismos al cirujano jefe de oncología. Lo visteis esta misma mañana. Vive a quince minutos del hospital—tecleó rápido Clarice en su móvil. —Te acabo de mandar su dirección, Nat.
Robert y Nat salieron de su estado de letargo fúnebre y la miraron sin entender nada.
—¡Vamos! ¡Os necesito más que nunca! Decidle que ha aparecido un donante para Zac y vendrá de inmediato.
Mientras tanto yo me ocupo del director Bennet.
Tiene que activar el protocolo de trasplantes de médula ya mismo.
Adam, sígueme. Serás mi adjunto en cuanto termines el proyecto de fin de carrera.
—¿En serio?
—Super enserio, Adam. Vamos—salió sin mirar atrás.
—¿A dónde vamos?
Clarice ni respondió. Estaba concentrada en sus siguientes pasos, y cuando su nivel de concentración se desbordaba, sólo atendía a sus pensamientos.
Montaron en el ascensor y bajaron al sótano.
Esa parte del hospital estaba mucho más descuidada, ya que los clientes rara vez bajaban allí.
En cuanto se abrió la puerta salió como una exhalación, seguida por Adam, hacia el ala de autopsias.
—Tiene que estar aquí—aseguró Adam al ver a donde les dirigía aquella carrera.
Clarice aceleró y al llegar al fondo del corredor golpeó las puertas con ambas manos. Las cámaras negativas ocupaban la sala de la derecha. Sólo había tres para todo el hospital y conservaban los cuerpos a -40ºC, muy por debajo de lo habitual en este tipo de cámaras. Eran lo mejor de lo mejor.
Clarice estaba al borde del síncope. No podía estarse quieta, le temblaba el cuerpo de pies a cabeza. Adam tomó una de sus manos. Sólo una de las cámaras estaba ocupada en ese momento
—La abro yo, jefa—agarró la manilla y tiró de la pesada puerta de acero hermética.
Al instante una densa y espectral bruma blanquecina se derramó sobre el suelo de baldosas.
El aire a cuarenta grados bajo cero golpeó el rostro de Clarice y Adam, como una bofetada de agujas invisibles, congelando el vello de sus narices y transformando sus respiraciones en espeso vaho.
Al disiparse la cortina de gélido vapor, la luz fluorescente de la cámara forense iluminó la bandeja metálica: allí yacía el cadáver, cubierto por una fina y brillante costra de escarcha que destellaba como polvo de diamante sobre la piel, endurecida y azulada por una congelación tan extrema que convertía los restos humanos en una frágil y pétrea escultura de mármol.
Clarice se derrumbó sobre Damien llorando desconsoladamente.
—¡Será rápido, mi amor! Yo misma me ocuparé de todo—lo besó en la mejilla. —Y prometo que te visitaré siempre que pueda.