La patóloga Chapter 67
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Chapter 67

LXVI.

El termómetro digital de la entrada del hospital Central de Rhode Island marcaba cuatro grados bajo cero.

A las cinco de la mañana, aquel frío polar no solo congelaba la piel, sino que parecía solidificar el aire.

Clarice dio una calada profunda al cigarrillo, sosteniéndolo con dedos temblorosos.

No era suyo; se lo había pedido minutos antes a un hombre que destilaba su propia agonía en la sala de espera de la última planta, alguien que, al igual que ella, aguardaba el desenlace de lo inevitable.

Al exhalar, el humo gris se mezcló de inmediato con el vaho espeso de su respiración, creando una nube densa que la ocultaba aún más en la oscuridad.

Detrás de ella, tres plantas más arriba, en la unidad de cuidados paliativos, Zachary se apagaba inexorablemente.

La leucemia había devorado cada rincón de su cuerpo tras resistir todas y cada una de las líneas de quimioterapia que había recibido en los últimos meses.

Ni los ensayos más innovadores, que prometían lo que ningún otro fármaco había logrado jamás, sirvieron de nada.

El pronóstico de aquella mañana de los oncólogos era un contador implacable: « cuarenta y ocho horas, quizá setenta y dos.

No dará más de sí ». En su cama de hospital, Zachary ya no parecía un hombre de cuarenta años; era un cadáver que respiraba.

La piel, de un tono grisáceo y translúcido, se pegaba al hueso como un pergamino gastado, revelando el mapa verdoso de sus venas exhaustas.

Sus ojos, hundidos en cuencas oscuras y profundas, permanecían entornados, fijos en la nada, cubiertos por una película opaca.

La mandíbula afilada sobresalía de forma grotesca debido a la extrema escualidez, y cada bocanada de aire que emergía de sus labios secos y agrietados sonaba como un silbido lejano, ya incapaz de resistirse al final.

Clarice desvió la vista hacia el frente.

El aparcamiento del hospital estaba completamente desierto, un páramo de asfalto y farolas parpadeantes.

Hacía menos de tres horas, el lugar había sido un hervidero de furgonetas de prensa y agentes de seguridad.

Todo cambió cuando el director Bennet leyó un comunicado oficial ante los micrófonos: el presidente Turner había fallecido por una insuficiencia cardíaca masiva debida al rechazo del órgano trasplantado.

La noticia era falsa, una monumental cortina de humo diseñada en los despachos del gobierno para encubrir las fechorías que es capaz de hacer el poder por uno de los suyos.

Pero el engaño había funcionado; la masa de periodistas y curiosos se había evaporado en cuestión de minutos para cubrir el caos político que se dirigía hacia la capital.

De repente, unos faros rompieron la penumbra del fondo del parking. El viejo Toyota gris que Clarice le había prestado a Nataly avanzó a trompicones hasta detenerse a menos de diez metros de la entrada.

El tiempo pareció congelarse y la vida desaparecer.

A través de la luna delantera del coche, Clarice buscó los ojos de su compañera.

Cruzaron una mirada terrible, un impacto mudo que cortó el aire con la violencia de un disparo.

En los ojos de Nataly no existía el triunfo de la misión cumplida, sino un abismo insondable de fracaso.

Aquella mirada le comunicó, sin necesidad de articular una sola palabra, la peor de las certezas: la muestra de células compatibles no llegaría nunca.

El trasplante no se llevaría a cabo y Zac moriría sin remisión.

Todo se había perdido, hasta la esperanza.

Todo el esfuerzo, las vidas perdidas, los secretos de Estado violados se disolvieron en el dolor del gesto de Nat, quien bajó vencida la cabeza sobre el volante.

El rostro de Clarice se transformó. Una mueca de puro pánico, mezclada con un dolor físico y desgarrador, desfiguró sus facciones.

Fue un destello de quiebra absoluta, pero solo duró un segundo.

Su cuerpo, llevado al límite por la falta de sueño, el frío extremo y el peso insoportable de la derrota, desconectó.

El cigarrillo cayó de sus dedos sobre la escarcha del suelo.

Un instante después, las rodillas de Clarice se doblaron y su cuerpo se desplomó pesadamente sobre el cemento helado.