Chapter 66
LXV.
En cuanto salieron del coche, tanto Eloitz como Robert sintieron que algo no iba bien. Eloitz empuñó con fuerza sus hachas y el sargento desenfundó su pistola de asalto.
El grandullón vasco seguía al sargento que avanzaba con sigilo. En la escalinata de acceso a la puerta principal, varios rastros de sangre profetizaban lo peor. Robert tocó con los dedos uno de los rastros rojizos y vio que la sangre aún no había terminado de coagular.
—¡No te separes! ¡Vigila nuestras espaldas! Aún está fresca.
En cuanto traspasaron la entrada, percibieron el olor a pólvora que flotaba en el gélido aire de la noche. La imponente mansión de Mary Miller, antes un bastión de secretos y venganza guardaba ahora el silencio absoluto de un cementerio improvisado.
Eloitz y Robert avanzaron por el vestíbulo destrozado.
El leñador vasco, un gigante cuya sola presencia solía congelar el aliento, empuñaba sus hachas con los nudillos blancos.
A su lado, el sargento Robert Bonneville se movía con la fluidez letal de un soldado profesional; su pistola reglamentaria barriendo cada oscuro rincón.
El ataque a la mansión había sido brutal. Una fuerza de choque del gobierno había reventado las defensas en segundos. Era evidente que Clayton Maxwell los engañó para ganar tiempo y que, desde luego, jamás pensó en cumplir trato alguno.
En el pasillo principal yacía Gregory. El sicario ruso, el eterno y silencioso guardián enamorado de Mary, vendió cara su vida.
Su cuerpo presentaba múltiples impactos de bala, pero a su alrededor se amontonaban los cadáveres de cuatro soldados de operaciones especiales.
Hasta su último suspiro, aquel hombre luchó para acabar con quienes osaban profanar el santuario de su señora.
Robert hizo una seña táctica. Bajaron hacia las mazmorras subterráneas, el lugar donde Edmundo, el monstruo que diez años atrás había torturado, violado y asesinado a la única hija de Mary, estaba pagando su cruenta y merecida deuda.
Las escaleras de piedra conducían a la sala de torturas.
Casi espalda con espalda, avanzaron y llegaron a la puerta de hierro macizo que estaba arrancada de sus bisagras.
Al cruzar el umbral, vieron Edmundo tirado en el suelo de hormigón y que no se produciría el intercambio con el coronel.
El psicópata que tanto terror había sembrado ya no era más que un despojo humano, con un enorme cuchillo clavado profundamente en el centro del pecho.
Sobre su cadáver, desplomada como un ángel exterminador exhausto, descansaba Mary Miller. Aunque el cáncer había consumido por meses su vida, pudo aún y todo acabar con el monstruo en su último aliento: Sus dedos delgados y pálidos aún envolvían la empuñadura del arma.
Maxwell y sus hombres llegaron tarde para salvar a su activo. Mary se había asegurado de cumplir su promesa antes de que los hombres del coronel pudieran evacuarlo.
Eloitz contempló el cuerpo de la mujer con una mezcla de respeto y profunda tristeza. El coloso bajó lentamente sus hachas.
—Al menos pudo verlo muerto —pronunció el vasco, con una voz gruesa que resonó en las paredes de piedra.
Robert observó los dedos de la anciana, aferrados al metal que había terminado con la vida del sádico que le arrebató a Anne. El sargento asintió lentamente, ajustando la correa de su arma.
—Pudo desquitarse con sus propias manos.
Regresaron a la cabaña con las manos vacías. Nataly los vio descender apesadumbrados, derrotados por completo. La vida de Zac estaba perdida.
—Llegamos tarde—dijo Robert. —El coronel los encontró antes. Nadie ha sobrevivido.
Nataly lo abrazó. Sabía que cuando Robert perdía una batalla quedaba desmoronado y roto. Esta vez le iba a costar recomponerse. Habían pasado mil penalidades y ahora estaban metidos en el barro sin una cuerda a la que agarrarse.
—¿Y ahora qué? —preguntó Nat con el pánico brillando en sus ojos —¿Cómo se lo vamos a decir a Clarice? No lo soportará.
—No lo sé, Nat. Ese cabrón acaba de liquidar a nuestro sujeto de intercambio.
Entonces volvió a sonar el móvil de Robert: se trataba del coronel.
—Se te ve muy derrotado, sargento. ¿Está siendo una mala noche? —era la sucia e indecente voz del coronel.
—Sigo necesitando la médula, Maxwell. Una vida depende de ella.
—Te has vuelto muy descuidado, Robert. Sólo tuvimos oposición de un ruso cabrón que se llevó por delante la vida de cuatro buenos soldados americanos.
—Aún tengo una carta que jugar. Ya no es tan buena, pero nunca se sabe lo que la prensa sensacionalista puede lograr. Tu cabeza sigue en peligro, coronel.
—Ha sido una pena que no llegaras un par de horas antes, hubiera podido abatirte en el fuego cruzado…
aunque sigues siendo un hombre muerto. Y tú amiguita caerá tras de ti.
Dalo por hecho. Ahora he de regresar a Washington.
Hay un millón de cosas que preparar para el nuevo presidente de los Estados Unidos de América.
Ahhh, y olvídate del trasplante. Dile a Clarice que lo siento, que Hellen desapareció hace una hora.
Se fue al baño y nadie la ha visto desde entonces.
Nos vemos, Bonneville. Y por favor, dese una ducha y duerma algo, tiene un aspecto espantoso—colgó dejándolo con el móvil en las manos.
Nataly se retorcía las manos mientras sus ojos se encharcaban: « ¿Cómo voy a decírselo a Clarice? ¿Cómo?» era el único pensamiento que se repetía en su cabeza. El golpe iba a ser un mazazo del que tardaría años en recomponerse.
—Rob—sujetó las manos de su novio con la garganta contraída por el dolor. —No sé si seré capaz de decírselo.
—Yo estaré contigo en todo momento. Y ayudaremos a Clarice a seguir adelante.
Eloitz hundió la cabeza entre sus hombros. Apenas había tenido tiempo de asimilar la posibilidad de la salvación del marido de Clarice, pero estaba igualmente consternado.
—Necesito que os ocupéis de Zaki un par de horas. He de recoger el cuerpo de Mary. He de asegurarme de que descanse junto a su hija Anne, ha sido lo único que me ha pedido en la vida.