Chapter 65
LXIV.
El escenario era en extremo delicado y complejo: necesitaban a Edmundo, y Mary no lo liberaría fácilmente.
Tras hablarlo en petit comité decidieron que lo mejor era que Eloitz interviniera: conocía desde siempre a la madre de Anne.
Además, era evidente que, si alguien podía convencerla de soltar al asesino de su única hija, sólo podía ser la otra persona que la quiso más que a su propia vida.
Robert y Nataly se presentaron en la cabaña junto a la cascada pasadas las once de la noche.
Todo estaba tranquilo: Eloitz fumaba en pipa mientras bebía una cerveza y el pequeño Zac, sentado a su lado, lo imitaba con un zumo y un matigocho que agarraba como si fuera una pipa.
Permanecían en un armónico silencio. Contemplaban en paz la cúpula celeste.
—Zaki, a saber, qué se les ha perdido a esos dos. Está claro que dos hombres no pueden mirar las estrellas sin que sean molestados.
—Eso, Elo. No hay derecho. Pero si quieren mirar las estrellas tampoco importaría. Propónselo por si acaso. Hay más cervezas y matigocho .
—Ahora vuelvo, compadre. Luego me cuentas si me he perdido alguna estrella fugaz.
—Lo haré. Y si quieren mirar el cielo, les hacemos sitio. Nataly me cae muy bien. Ojalá tenga una novia igual cuando sea mayor.
—Seguro que la tendrás—chocaron sus puños. —Y no te pierdas ninguna estrella.
Mientras Zaki dirigía toda su atención a la cúpula celeste, Eloitz se acercó al vehículo temiendo lo peor.
—¿Ha fallecido su aita ? —se santiguó.
—Ha aparecido una oportunidad para el padre de Zaki—empezó Nataly.
—¿Qué oportunidad?
—Es muy largo de contar, pero lo simplificaré. El presidente Donald Turner es compatible.
—Eso es estupendo, ¿no?
—No es tan fácil. Murió hace dos horas.
—¿Y se puede trasplantar médula de un muerto?
—Los hematopoyéticos son viables durante unas horas. Y conservados en kits de frío líquido lo son durante días. Así que el tiempo corre en nuestra contra.
—Si ha muerto será más fácil quitarle esos hematopollos, o como se llamen. Ya no le hacen ninguna falta.
—A cambio de esos hematopoyéticos, el coronel Maxwell quiere a Edmundo.
Eloitz lo meditó dando un par de caladas a la pipa y apurando la cerveza.
—O sea, que ese coronel de mierda propone intercambiar la vida de un psicópata por la última posibilidad para el padre de Zaki. ¿Es así?
—Así es—confirmó Nat.
—Vaya, vaya… Esa propuesta no le va a gustar un pelo a Mary.
—¿Qué opinas, Eloitz? —intervino Robert. —¿Habrá que usar la fuerza?
—Voy a por mis hachas—respondió con toda la contundencia del mundo. —Nataly, quédate con Zaki mientras vamos a por el paquete. Un mierda no vale lo mismo que un buen hombre, Mary tendrá que entenderlo. Robert, espérame en el coche. Salgo enseguida.
Eloitz entró un momento a la cabaña y salió con dos hachas enormes.
—¿A dónde vas, Elo?
—Ha caído un árbol en la carretera de Seekonk y hay que despejarla. Vigila la cabaña por mí. Vuelvo en unas horas. Nat se queda contigo. No dejes que le pase nada—puso el puño ante su cuerpecito para que él lo golpeara con el suyo.