Chapter 69
LXVIII.
Cuatro meses después.
La primavera se había adueñado por completo de Rhode Island. El viento gélido del Atlántico, que durante meses había castigado la costa, era ya agua pasada, sustituido por una brisa templada que arrastraba el aroma a tierra húmeda y césped recién cortado.
Clarice caminaba despacio por los senderos del cementerio de Charlestown, sujetando con firmeza la pequeña mano de su hijo.
Zaki, ajeno a la solemnidad del lugar, avanzaba dando pequeños saltos y parloteando sin pausa.
Estaba entusiasmado recordando el viaje de esquí que había hecho con su escuela justo antes de Navidad.
—¡Y entonces el profesor nos llevó a las pistas altas de Yawgoo Valley !
—decía el niño con los ojos muy abiertos, gesticulando con la mano libre—.
Al principio me caí tres veces seguidas en la nieve blanda, mamá.
¡De verdad! Pero luego aprendí a hacer la "cuña" con los esquís y bajé toda la pendiente sin perder el equilibrio.
El monitor dijo que parecía un profesional de New England. ¿El próximo invierno volveremos a ir?
Clarice sonrió de medio lado, apretándole los dedos con ternura.
—Claro que sí, mi amor. Si sigues practicando, vas a ser el más rápido de la colina.
Mientras avanzaban, el paisaje del cementerio se desplegaba a su alrededor como un tapiz de contrastes. Las filas de tumbas, alineadas con una simetría pacífica, alternaban lápidas antiguas de piedra gris, desgastadas por los inviernos coloniales, con mármoles modernos que reflejaban la luz.
Entre las parcelas se alzaban majestuosos sauces llorones, cuyas ramas lánguidas y verdosas acariciaban casi el suelo, moviéndose al ritmo del viento como si custodiaran el descanso de los allí presentes.
Junto a ellos, los oscuros y estilizados cipreses recortaban el horizonte, y a lo lejos, la imponente silueta de un panteón familiar, con sus columnas de estilo neoclásico cubiertas parcialmente por hiedra nueva, añadía un aire de antigua nobleza al entorno.
Se detuvieron finalmente ante una lápida de piedra clara, pulcra y rodeada por unos brotes de flores silvestres. En ella se leía un nombre: Damien Palmer.
Clarice soltó suavemente la mano de su hijo y dio un paso al frente. El parloteo de Zaki se detuvo de golpe al notar el cambio de atmósfera. El sol de mediodía caía con justicia sobre ellos, tiñendo el cielo de un azul limpísimo y radiante, sin una sola nube que empañara el día.
—Zaki —habló Clarice con voz suave pero firme, clavando la mirada en el horizonte celeste antes de bajarla hacia la inscripción—. Quiero explicarte algo importante sobre el niño que descansa aquí.
El niño miró la tumba y luego a su madre, guardando un respetuoso silencio.
—Cuando tu papá estuvo muy, muy enfermo, este cielo no era tan brillante como hoy; todo parecía oscuro —continuó ella, entrelazando sus dedos sobre el vientre—.
Pero Damien hizo algo extraordinario. Le dio a tu papá una parte de sí mismo.
Y fue ese regalo lo que salvó la vida de tu papá y permitió que hoy siga con nosotros.
Por eso, ver este día tan soleado y este cielo azul me recuerda que, incluso en los momentos más difíciles, siempre puede volver a salir el sol.
Y aunque no os conocisteis, Damien era tu hermano, estaréis siempre unidos por papá.
Una lágrima solitaria escapó del ojo de Clarice, resbalando por su mejilla hasta brillar con el sol primaveral. Se agachó un instante, rozó la parte superior de la piedra con las yemas de los dedos y susurró con el corazón en un puño:
—Gracias por haber existido, Damien.
A cientos de kilómetros de allí, en un ala de máxima seguridad y acceso restringido de un hospital exclusivo en Washington D.C., el ambiente era radicalmente distinto. El silencio solo se veía interrumpido por el rítmico y monótono pitido de los monitores médicos.
Sentado en una silla junto a la cama de la suite más cara de la clínica, el coronel Maxwell permanecía con la espalda recta, la mandíbula tensa y los ojos fijos en el paciente. Llevaba semanas en esa misma posición, vigilando, esperando.
De repente, el ritmo del monitor cardíaco se aceleró levemente.
Los párpados pesados del hombre postrado en la cama temblaron. Un gemido ahogado escapó de su garganta reseca. Con un esfuerzo supremo el expresidente Donald Turner abrió los ojos por primera vez en meses, saliendo de las profundidades del coma.
Su mirada, inicialmente nublada y perdida, tardó unos segundos en enfocar el techo de la habitación antes de girar lentamente hacia un lado. Lo primero que vio, recortado contra la penumbra de las persianas bajadas, fue la silueta imperturbable del coronel Maxwell.
—Lograste sacarme del infierno, viejo perro bastardo. Nunca creí en ese jodido protocolo Higiea.
—Me alegra tenerle de vuelta, señor Turner.
—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?
—Como cuatro meses. Tuve que anunciar su muerte.
Donald lo miro escrutadoramente. Su gesto se afeó.
—Bueno, ya arreglaremos eso. Por lo demás, ¿todo bien coronel?
—Quedaron algunos cabos sueltos.
—Por Dios, coronel, alegre esa cara. Ahora que estoy de vuelta solucionaremos lo que haya que solucionar. ¿En qué hora vivimos?
—Son las seis de la tarde, señor
—Una hora estupenda para echar un buen whisky.