Chapter 63
LXII.
Nat, Clarice y Robert atravesaron toda la planta tercera hasta el box VIP del presidente. La media docena de hombres que estaban apostados en su puerta las veinticuatro horas del día habían desaparecido.
—¿Dónde está el presidente? —retuvo a una enfermera que pasaba por allí Clarice. En su placa identificativa ponía Brenda.
—No sé si puedo decirlo. Podría meterme en un lío.
—¿Dónde está, Brenda? Es cuestión de vida o muerte—la sujetó con mayor fuerza.
Brenda miró a Robert: con su mirada aguamarina le decía que no iba a haber ningún problema... que confiara en él. Y ella cedió.
—Supongo que ya dará igual. Murió hace una hora.
—¿Cómo?
—El coronel entró a ver cómo estaba y sin más su corazón dejó de latir.
—¿Y su cuerpo?
—Camino de Washington. Van a preparar un funeral de estado.
Robert y Nat abrazaron a Clarice que parecía a punto de derrumbarse en cualquier momento. Sus ojos eran ríos que inundaban sus mejillas.
—¿Ya os habéis enterado? —los interrumpió el capitán Meyers. —El pobre presidente no lo superó. El vicepresidente estará tomando el mando del país en estos momentos.
Robert se giró, lo agarró del pescuezo y lo estampó contra la pared.
—¿Recogiste al crío de la perrera?
—Si. Pero que quede claro que sólo cumplía órdenes.
—¿Qué hiciste con él?
—Se lo entregué al coronel.
—¿Qué fue de él?
—Era un jodido experimento, como el resto de los críos—les interrumpió el cabrón de Maxwell. —Esos mocosos no hubieran ni siquiera existido si no hubiera sido por mí. Deberían darme las gracias por los años que les di.
—¿Qué fue de él?
—Fue criogenizado por el bien de los Estados Unidos.
—¿Dónde? —brincó Clarice interponiéndose entre Robert y Maxwell. Necesito su médula.
—Lamento mucho la enfermedad de su marido. Es una lástima que los avances no permitan salvar a todo el mundo.
—¡Necesito la médula del niño criogenizado! ¡Una medula criogenizada es viable durante décadas! ¡¡¡¿Lo entiende, coronel?!!!
—Me temo que hubo otro incendio anoche. Esta vez en el centro Kriopark. La increíble doctora Murdock, la que casi logra salvar a Donald, está de camino. Pero ya le adelanto que la sala de cámaras criogénicas no se ha salvado.
Robert cogió al coronel por las solapas y lo levantó del suelo. Meyers quiso intervenir, pero el coronel le hizo un gesto para que se mantuviera la margen.
—He visto cómo ejecutaba a un crío de doce años. Un crío del que ya conocemos el nombre: Bobby Craig Smith.
—No he ejecutado a nadie, sargento. Está usted desquiciado y sufre algún tipo de trauma.
—No fui el único en presenciarlo, Maxwell.
—Ese “elemento” no debería de haber existido. Yo hice que existiera, y sólo fue una herramienta.
—Tenía nombre, cabronazo. Se llamaba Bobby y le suplicó por su vida.
—Era “DT-004”, nada más. Un bicho de laboratorio con un fin que cumplir. No entiende nada de nada, Robert.
Robert lo sujetó del cuello con tanta fuerza que la cara del coronel comenzó a enrojecerse.
—Le voy a proponer un trato, coronel. Uno que no debería rechazar.
—No tienes nada que ofrecerme, Bonneville.
—Tengo a Edmundo.
—¡Edmundo! JAAAA —soltó una carcajada que raspaba como una lija.
—Puedo joderle la vida, coronel. Se lo aseguro. Ha limpiado muchas de las pruebas, la mayoría, pero aún puedo arruinar su puta carrera.
—No tienes nada, Robert.
—Tengo a Edmundo y todas las pruebas que hemos encontrado en su coche. Ese psicópata guardaba pequeños trofeos de cada una de sus víctimas—lo soltó para que respirara. —Hay varios testigos de la ejecución y del trasplante de corazón.
—No puedes demostrar nada. Bobby ya no existe y su cuerpo jamás será encontrado.
—Pero tengo su corazón. Está en el puto pecho del presidente Turner.
—¡JAAA! —lanzó otra risotada. —Jamás podrás acceder a él, sargento. Está en el pecho del hombre más poderoso del mundo.
—Póngame a prueba y lo verá. Quizá esté en lo cierto o quizá la justicia de este país aún funcione.
Mi trato es el siguiente. Le entrego a Edmundo a cambio de una porción de médula del presidente.
Una vida de un hombre decente, la del marido de Clarice, por la de un psicópata. Una oferta irrechazable, coronel.
—No sé hasta qué punto puede interesarme ya un perturbado como el que me ofrece. Ese imbécil es agua pasada. Además, más pronto que tarde daré con él.
—Podría bajar ahora mismo y convocar una rueda de prensa para contar cómo esta gran nación se ha saltado casi todas las leyes que existen por salvar a su presidente.
Experimentos de dudosa moralidad, secuestros, extorsión, asesinatos, violaciones, tortura…
Hay suficiente para crearle un problemón, no sólo a usted, sino al jodido país entero.
Y Edmundo es el nexo conductor indispensable para demostrarlo.
El coronel dio un par de pasos pensativo.
—Lo pensaré. Tengo su móvil, soldado—agarró al capitán Meyers y lo sacó de allí pasillo adelante, sin dejar de cuchichear en su oído.
—¡Le doy dos horas, coronel! —alzó la voz Robert. —¡Luego prenderé la mecha y haré explotar la puta Casa Blanca! ¡Le juro que hundiré por completo lo que le quede de vida!
—Sólo dos horas y recibirá noticias mías—respondió Maxwell antes de desaparecer.
—No me fío. Ese cabrón está eliminado todas las pruebas del código Higiea—habló más para sí que para Nat.
—Lo tienes cogido por las pelotas—dijo Nat. —Transigirá por el bien de la nación. Sería un escandalazo capaz de derribar este país.