Chapter 62
LXI.
El capitán Meyers apareció en la cafetería veinte minutos más tarde.
Llevaba puesto su uniforme de gala. Nat se preguntó, «¿quién coño se lo habrá planchado?
». El coronel Maxwell le había prohibido explícitamente cualquier contacto con el sargento Robert y con Nataly: « Los objetivos son para acabar con ellos.
No te acerques al sargento Bonneville; y mucho menos a Nataly.
Sé que has estado meses siguiendo el rastro de su coño por toda la Casa Blanca, pero eso se acabó.
Cuando llegue el momento te encargarás de los dos.
Será tu oportunidad para comerle lo que quieras.
Hasta entonces mantén las distancias, ¿ha quedado claro? ».
Meyers, que, aunque no era un lumbreras solía saber lo que le convenía, acató la orden y mantuvo las distancias con aquel coño que no le dejaba pensar con claridad.
—Nataly, estás divina. Cuando te canses de ese perdedor ya sabes dónde encontrarme.
—Antes muerta—respondió bronca.
—Eso se verá—apretó los ojos, amenazante.
—Sargento, ¿quién es este carcamal? ¿Su abuelo? —se refería a Howard.
—Está claro que nunca se sabe hasta dónde puede llegar la imbecilidad del ser humano—habló Howard sin apartar la vista de Meyers.
—Disculpe, comandante, Meyers tiene un sentido del humor muy particular, aunque no es ningún cobarde y pondría su pecho en la trayectoria de bala si al presidente Turner le hiciera falta.
—Valiente pero tonto. Es mejor que nada—afirmó con la mirada aún puesta en el capitán.
—Nataly, si algún día te entra en la cabeza que es mejor una vida buena y duradera que una corta y espantosa, llámame—se giró para salir por dónde había llegado.
—¡Capitán! —lo detuvo Robert. —Está en el lado equivocado de la historia.
—No lo creo, sargento.
—Tú también viste a Maxwell ejecutar al crío.
—Fue por el presidente. Si no lo hubiera hecho, ahora Donald Turner estaría criando malvas.
—Matar niños para salvar presidentes no es para lo que nos pagan, capitán. Nuestro país no es eso.
—Eres un soldado. Tu misión es obedecer a tus superiores, y no lo haces. Te crees más integro y recto que nadie. Pero olvidas lo que eres y para lo que se te formó. Un consejo de guerra es lo mejor que te podría pasar, Bonneville. Reza porque así sea.
—¿Dónde está Michael Anderson Cantonnet?
—¿Quién? —abrió los ojos, inquieto.
—Desapareció cuando tenía tres años. Dos semanas después, sus padres murieron en un incendio del que no pudieron escapar.
El capitán apoyó sus manos sobre la mesa justo delante del sargento. Marcaba territorio intentando demostrar quién mandaba.
—Has revuelto demasiado la mierda sargento. Creo que morirás en ella, y lo que más me duele es que la arrastrarás a ella—giró la cabeza hacia Nat, que sintió un escalofrío.
Howard aprovechó aquella lucha de amenazas para sacar la caja de latón de la bolsa y ponerla en mitad de la mesa:
—Me metí unos cuantos de estos cuando el médico aún no me amargaba la vida por fumarlos. Cubanos. Los mejores. Esos putos comunistas es lo único que saben hacer.
Esta vez Meyers flaqueó ostensiblemente antes de sentarse.
—¿De dónde la habéis sacado?
—Me la encontré visitando la tumba de Elvis… Si hubiera existido un hombre por el que mi bendita esposa me hubiera cambiado, ese sería Elvis. Y que Dios la tenga en su gloria.
—Hay miles de cajas como esas esparcidas por todo el país.
—Pero no tendrán sus huellas, capitán—replicó Howard.
—¡Hijo de puta! —se enfrentó a Robert. —Ningún tribunal admitiría esas huellas; y menos uno militar. Ya sabes. La cadena de custodia.
—Error—lo interrumpió el viejo. —Mi sobrino pertenece al cuerpo de funcionarios del departamento de justicia de Memphis, Tennessee. Él y otros funcionarios, entre los que se encontraba la jueza Makena Moore, se encargaron de desenterrar la caja… Yo tengo la espalda fatal para coger una pala.
—No me lo creo.
—Es una apuesta muy jodida la que plantea, capitán—dijo Howard apoyándose en el respaldo de la silla. —Yo de usted revisaría bien mis cartas antes de apostar la vida.
—Capitán, está en el lado equivocado. Tiene veinticuatro horas para decirme qué fue del chico. ¿Lo recogió usted mismo de la jaula o envió a alguien?
—Que te jodan, sargento. Eres hombre muerto. Me temo que lo sois todos—los señaló uno por uno—luego desapareció silbando “El bueno, el feo y el malo”
Tomaron el café sin Meyers, que estaría dando vueltas a la situación.
Robert confiaba en que no dijera nada al coronel, pero podría ser que se lo contara todo.
Tras los cafés, Howard se fue a la pensión que había frente al hospital.
Nat y Robert regresaron a la habitación sin saber qué podría pasar.
Sólo tenían una cosa clara, que el tiempo de Zachary se acababa.
Todo parecía en paz hasta que, una hora después de la conversación con Meyers, un rumor se extendió a toda velocidad entre los integrantes de la plantilla del hospital: “ El anatómico forense de Charlestown está ardiendo como una maldita hoguera de Black Rock”
—Clarice, ¿dónde practicaste la autopsia de la familia asesinada? —preguntó Robert sin perder de vista a Nat.
—En el anatómico forense de Charlestown.
Nat cogió el mando del televisor y puso la primera emisora local que encontró.
La noticia estrella era el explosivo incendio precisamente allí.
Tras cinco días en los que sólo se hablaba de la labor encomiable que el Hospital Central de Rhode Island estaba haciendo por salvar la vida del presidente Turner, esto era toda una novedad.
Nat se acercó a Robert y abrazándolo le susurró al oído:
—¿Qué opinas, Rob?
—Que Meyers ya ha tomado su decisión. No colaborará por las buenas.
—¿Y ahora qué?
—Que tendrá que ser por las malas.
Había anochecido cuando George W. Baley llamó a la puerta de la habitación. Robert y Nat se habían acurrucado en el sillón supletorio que las enfermeras les habían conseguido.
—Clarice, ¿has visto la tele? El anatómico ha ardido por completo.
Los bomberos tienen claro que ha sido provocado.
Quieren deshacerse de cualquier prueba del crimen de esa familia.
La policía me ha confirmado que todo ha quedado destruido por completo.
Nada se ha salvado. Es un desastre. No tenemos nada, Clarice.
Nada. Todo perdido—arrojó al suelo el informe de Damien y su familia.
Los papeles se desperdigaron como cartas de poker tras una mano que finaliza. Partes de los diversos análisis, fotos de la madre, del padre, de la hermana y del propio Damien. Margaret se arrodilló y comenzó a recoger los papeles y fotografías arrastrándose.
—¡Margaret! ¡Por favor! ¡No haga eso! —se enfadó el bueno de George arrodillándose junto a ella para recoger el enorme desaguisado que había causado.
—George, está usted muy mayor para arrodillarse. Déjeme a mí, será solo un momento—y entonces una foto llamó la atención de Margaret.
—Es marca es igualita que la de mi Zachary —plantó la foto ante sus ojos.
George la cogió para observarla con detenimiento. Sus ojos se abrieron confusos.
—Clarice, recuerdo que dijiste que esta marca era tremendamente inusual—alargó la foto hacia ella.
Cuando vio que era el trébol de cuatro hojas que los chicos tenían bajo la axila derecha, no se lo podía creer.
—¡Margaret! —se arrodilló junto a ella. —¿Habías visto esta marca antes?
—Cientos de veces. Quizá más. Es la marca en la axila de Zachary. Cuando le salió el vello quedó tapada. Pero seguro que sigue ahí.
El espanto se dibujó en la cara de Clarice y salió como una bola de cañón hacia el baño.
—¡Una cuchilla, Nat! ¡Necesito una cuchilla ahora mismo!
—Tranquila, mujer. Tengo una en el neceser. Es para este oso que tanto quiero—agarró la cara de Robert y la agitó sin piedad. —Ya vas necesitando un buen afeitado, soldadito.
Clarice regresó del baño como otra bola de cañón… No, ahora era un misil hipersónico chino.
—En la axila derecha—apuntó Margaret cuando advirtió lo que pretendía.
Con un temblor que le recorría el cuerpo de arriba a abajo, Clarice logró afeitar la axila de su marido y, tal y como había dicho su madre, la marca estaba ahí. Intacta. Idéntica a la de los chicos asesinados.
Nat, Robert, George… Creo que Zac es el padre, o lo que sea, de Damien.
Y de Eric. Y seguro que del chico que asesinaron en la Casa Blanca.
Necesito médula de Damien. Quizá aún sea viable.
Han transcurrido solo cinco días. Es muy difícil, pero no imposible.
Estamos casi en invierno y el frío ha podido ralentizar la degradación.
—Clarice, el anatómico de Charlestown ha ardido hasta sus cimientos. No queda nada.
—No, George, hay que ir. Hay que asegurarse. Las cámaras de conservación son estancas y muy resistentes.
George se arrastró hasta Clarice y la abrazó con fuerza. Ella se resistió intentando zafarse con impotencia.
—Lo siento, Clarice. No ha quedado nada. Aquello ha sido un infierno.
Nat se acercó a su amiga y la abrazó por detrás. Ella rompió a llorar como una magdalena.
—Quizá exista una posibilidad—dijo Nat. —No quiero que te hagas ilusiones. Ya casi no hay tiempo. Hubo un cuarto chico que desapareció cuando tenía tres años. No se ha vuelto a saber nada de él. Howard y Robert están intentado encontrarlo.
Clarice se separó de Nat.
—Hay una posibilidad, y está en este mismo hospital, Nat.
—¿Qué dices, Clarice?
—Hablo del presidente Donald Turner. Si pusieron el corazón de uno de los chicos en su pecho y sigue latiendo, es que es compatible. Hay que hablar con el director Bennet. Con el gobierno si es necesario.
—Nadie dará permiso para operar al presidente en la situación en la que se encuentra—intervino George. —Es el presidente y está inconsciente.
—Hablemos con Hellen. Que haga lo imposible para despertarlo. Sólo necesito una pizca de su médula. Estoy segura de que el presidente no se negaría si estuviera despierto.
Robert y Nat se miraron. Ellos conocían a la sanguijuela y no lo tenían tan claro.
—Hablaré con Maxwell—salió de la habitación Robert. —Si alguien puede autorizar algo así es él.