La patóloga Chapter 61
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Chapter 61

LX.

Robert era el que iba y venía de la habitación en busca de provisiones.

Los cuatro se duchaban en la habitación cada mañana.

Desayunaban, comían y cenaban a turnos en la cafetería y, el resto del tiempo, lo pasaban junto a Zachary o en la capilla, donde se sucedían los partes médicos invariables sobre el estado del presidente.

El primer cambio en las rutinas se produjo el tercer día. El móvil de Robert sonó.

En la entrada, dos soldados cerraron el paso de Howard.

—No se permiten visitas a planta. Solo las UCI’S.

—Soy el veterano comandante Howard Sordo. Cuatro años en Vietnan y más de veinticinco en lugares que ni encontrarías en el mapa, muchacho. ¿Qué está pasando aquí?

—El presidente Donald Turner está ingresado. Dicen que ha sufrido un infarto.

—A ese cabrón siempre le ha gustado demasiado el whisky de taberna chusca.

No me sorprende que su patata haya espichado.

Os voy a decir algo, soldados, lo tuve bajo mi mando y no será una gran pérdida si la diña.

Era un soldado blandito como la mantequilla y se giñaba encima con un simple petardo.

Nunca entenderé como logró llegar a donde ha llegado—se quedó pensativo con los dos centinelas atentos a sus palabras, —supongo que ese cabrón de Turner habrá chupado un considerable número de rabos.

Los dos soldados explotaron en una carcajada contenida.

—¿A qué habitación va?

—A las 321. A despedir a un auténtico soldado americano.

Estuvo en varias misiones infernales en la compañía que yo dirigía.

Zachary tenía las pelotas como balones. Durante una expedición rutinaria, sufrimos una emboscada en la que le pegaron tres tiros.

Escupió sangre por la boca durante días, pero sobrevivió.

Y ahora se lo lleva una puta mierda de carcinoma de no sé qué cojones.

—Lo lamento, comandante—dijo uno saludando marcialmente.

—Fueron los putos gases con los que nos rociaba la escoria de moros que había en aquel jodido desierto. Ni un millón de ellos valía la mitad que el teniente Baker.

Uno de los soldados revisó la lista y mostró el nombre de Zachary a su compañero: entre paréntesis y en rojo ponía “terminal”. Los chicos se apartaron y Howard pasó entre ellos pensando “ como tengamos que poner nuestras vidas en manos de mendrugos como vosotros estamos bien jodidos ”.

Howard entró en la habitación con una mano en el pecho, gesto serio y ojos prietos; Robert le había advertido de lo que se iba a encontrar.

—Señoras, lamento por lo que están pasando y me disculpo por lo que pueda molestarles en estos difíciles momentos. Sólo creo en el infierno y rezaré para que el alma de su hijo no termine allí y pueda descansar en paz. Y ahora, si me disculpan, tengo un asunto pendiente con el sargento Robert.

Nat los siguió al exterior y junto a la puerta, allí mismo, Howard sacó la caja de una bolsa.

—La encontré justo donde dijiste. Una caja de latón de puros cubanos. Por los dibujos, yo la dataría entre los años 70 y 80.

—¿Qué me dices de las huellas, Howard?

—Había bastantes huellas, muchas de ellas inservibles por ser parciales o estar pisadas unas sobre otras. Pero conseguimos localizar dos huellas completas de dos tipos diferentes.

—¿Has logrado dar con sus nombres?

—Una de ellas no ha aparecido en ninguna base de datos, ni nacional ni de fuera.

Es un fantasma. Con la otra hubo más suerte.

Pertenece a un tipo que dejó con graves taras a otro en una pelea de bar.

Le provocó un derrame cerebral grave del que sobrevivió de milagro.

El agresor y dueño de las huellas, pasó dos años en la trena.

Si necesitas más información muevo algún hilo, aunque se me están agotando los favores que me debían.

Puedo darte el nombre—sacó una libreta a lo Colombo y comenzó a pasar páginas.

—Ese tipo se llama… un segundo, que estaba por aquí—volteó un par de páginas más. —Sí, aquí está…

—Dean Meyers—se anticipó Robert.

El viejo Howard miró a Robert.

—No está bien marear a un veterano septuagenario cuando ya se sabe lo que se busca. Es tremendamente desconsiderado.

—Tenía que estar seguro, Howard. Si un día necesito un detective, serás el primero en quien piense. Y ahora, comandante, si le parece bien, le invito a un café y de paso le presento al capitán Meyers. Desde que Nat y yo llegamos a esta habitación, siempre la está rondando.

—Le advierto, Howard, que Meyers es muy pesado y obstinado. Le he rechazado media docena de veces—dijo Nat que lo conocía bien.

—Todos los tontos lo suelen ser, querida—opinó haciendo sonreír a Nataly de oreja a oreja.

—Tuvo usted que ser tremendo, Howard—lo cogió del brazo poniendo rumbo a la cafetería.

—¿Quién le ha dicho que ya no lo soy? —volvió a hacerla reír.