Chapter 60
LIX.
La habitación en la que Zachary esperaba el último zarpazo de la muerte era más un santuario preparatorio para el último salto que un campo de batalla.
En aquella habitación para terminales, el combate se había dado por perdido hacía tiempo.
No había energía vital. Sólo quedaba la paz tensa y premonitoria de la muerte.
Al entrar, vieron que había velas y flores diseminadas a ambos lados de la cama.
Estampas de santos cubrían las paredes, el olor a incienso era intenso.
Robert y Nat quedaron conmovidos al entornar la puerta y ver a la madre de Zac ya Clarice sentadas a ambos lados de la cama.
Sus bocas eran un coro que recitaba salmos que flotaban en el aire, una suerte de cántico entre espectral y angelical.
A Robert se le pusieron los pelos de punta ante tanta devoción. Su respiración se detuvo y sus pies quedaron clavados en el marco de la puerta. Ella tomó una de sus manos y tiró de él hacia el interior.
—Aquí voy a molestar, Nat—susurró a su oído.
—Seguro que no, Rob—lo miró mientras apretaba sus manos para infundir valor a un soldado que ya había visto la muerte muy de cerca.
—No creo en Dios. Lo sabes.
—Ni yo. Pero creo en ellas—dirigió la mirada hacia las dos mujeres.
—Esto es delirante, Nat.
—A veces el dolor se convierte en otra cosa…
Las dos mujeres tardaron diez minutos en salir de su trance. Ni Robert ni Nat se sentaron. Aguardaron respetuosos en una esquina.
—¿Eloitz se quedó con Zaki?
—Sí. Para Zaki serán unas vacaciones super emocionantes. Eloitz se lo tiene metido en el bolsillo. En dos segundos preparó una lista de un millón de cosas que hacer los dos juntos. Ahora resulta que el renacuajo dice que quiere ser leñador. ¿Te lo puedes creer?
—Adora a Elo. Desde que su padre cayó enfermo, ha pasado mucho tiempo con él.
Zachary permanecía conectado a diversos aparatos: el respirador era lo más inquietante de todo. Sus constantes parecían estables, aunque su aspecto hacía mucho tiempo que se parecía demasiado al de un cadáver.
Durante los dos días siguientes nada cambió. Zac había entrado en una suerte de sopor interminable: parecía que simplemente dormía a la espera de despertar. Propusieron a Clarice y a la madre de Zac dejar de alimentarlo para acortar la agonía… Pero ambas se negaron rotundamente.
—¡Es mi hijo! ¡Largo de aquí, matasanos! —abroncó al joven que la dirección del hospital mandó para proponerlo.
El tipo se acercó a Clarice y se la llevó a un rincón.
—Cuando fallezca tendrá muchísimos gastos. Debe pensar en el futuro, tiene un hijo.
—¿A dónde quiere ir a parar, doctor?
—El hospital ha revisado las coberturas de su seguro. Es bueno, pero no lo suficiente para cubrir todo esto. ¿Entiende lo que le digo?
—Claro que lo entiendo.
—No creo que lo esté entendiendo, Clarice. Cada día son más de cinco mil dólares. Y lleva en esta habitación cinco días. Si permite que dejemos de alimentarlo…
—Manda a ese farsante fuera de aquí, Clari. Zac volará cuando el Señor lo decida.
Robert intervino agarrando al doctor muerte del brazo y acompañándolo a la salida.
—No vuelva por aquí. No es bienvenido—le cerró la puerta en las narices.
Margaret, que presenció la intervención de aquel fornido mozo, miró a Nat y sentenció.
—Tantos hombres para elegir como has tenido siempre y nunca acertabas. Pero con este sí.
—Algún día tenía que aprender, ¿no?
—Con tanto ensayo error alguno bueno se tenía que colar, hija. Ni se te ocurra soltarlo.
Clarice dio una palmada en la espalda de Margaret.
—¡Pero, mamá! ¿Cómo se te ocurre decir eso?
—Sólo le doy un consejo. Nat siempre fue un desastre con los hombres. Y para uno que no la pifia, tendrá que cuidarlo.