Chapter 58
LVII.
Media hora después, Robert aparcó frente al porche de la madre de Zachary. Nataly esperaba impaciente, hecha un flan.
—¿Por qué habéis tardado tanto?
—Estas situaciones requieren su tiempo, Nat. ¿Cuál es el plan ahora?
—Zaki se quedará unos días en la cabaña de Eloitz, ¿A que sí, Zac? —acarició la melena del pequeño —Siempre y cuando Eloitz no tenga otros planes—levantó las cejas para que el grandullón consintiera.
—Va a ser formidable. Comeremos asado de venado con zanahorias y guisantes, nos ducharemos en la cascada, tiraremos con arco y partiremos troncos, ¿Cómo lo ves compañero?
—Va a ser una pasada, Elo.
—Y dormiremos junto a la chimenea, sobre la piel de oso. No hay nada mejor ni más mullido.
—¡¡¡Yujuuu!!!—gritó el niño. —Va a ser una pasada. Pienso ser leñador, como Elo—se giró hacia Nat y la abrazó de emoción.
—Si lo consigues, nunca pasaras frío. Alguien capaz de cortar su propia leña nunca pasa frío en invierno. Pregúntaselo a Elo—propuso Nat.
—¿Es eso verdad, Elo?
—Y tanto que lo es. Venga. Vamos. Coge tu petate y andando que es gerundio.
Robert se acercó al muchachito y se puso a su altura.
—¿Llevas todo lo necesario, chico? Un hombre que sale de casa debe llevar ropa de repuesto, útiles de aseo y comida suficiente.
—He metido una camisa, un pantalón y unos calzones. Llevo champú, cepillo de dientes y jabón.
—¿Y el papeo?
—En mi despensa hay más que suficiente para seis meses—intervino el vasco. —Así que, viendo que tenemos todo lo necesario, emprendemos la marcha.
—Eloitz, no nos cuesta nada pasar por la cabaña y dejaros allí—dijo Nat.
—Zaki, ¿qué te parece si atravesamos el bosque? Quizá veamos un par de lechuzas en busca de la cena.
—¡Genial!
—¿Seguro que no se hará de noche? —insistió Nat.
Eloitz revisó el reloj y movió las melenas negativamente.
—Si nos movemos rápido la noche no nos alcanzará. Mutila . A desfilar. Vámonos ya.
—Eso es, Nat, Elo tiene razón, nos vamos. No se nos puede echar la noche encima—cogió Zaki el petate y se lo echó al hombro como un hombrecito que sabe perfectamente lo que hace.
—El mutila y yo nos vamos. Clarice, tú tienes mi móvil. Sabéis donde encontrarnos. Mañana cogeremos las hachas y…—levantó a Zaki con petate incluido.
—Partiremos troncos como jamones—respondió muerto de risa.
Robert fue a por la furgoneta que había birlado a aquel periodista y Nataly lo siguió con el coche de Clarice. Ambos pensaban lo mismo mientras se acercaban al hospital: “Vamos a meternos de lleno en una ratonera”.
El sol se ponía y el grueso de los periodistas había vuelto a sus vehículos.
Comían bocadillos con los pies colgando por las ventanillas o por las puertas abiertas.
Robert giró a la izquierda para volver a colocar la furgoneta en el mismo lugar donde la había cogido.
El tipo al que se la chorizó apareció al momento dando voces.
—¡Amigo! ¿Al menos habrás dejado el depósito lleno?
Robert le lanzó las llaves y se dio la vuelta a los bolsillos indicando que iba pelado de pasta.
—¿Sigue Donald Turner dentro?
—Ni idea. El puto ejército entró como un elefante en una cacharrería hará dos horas. Nadie sabe qué está pasando, aunque yo tengo mi teoría.
Nataly aparcó en un hueco tres coches más allá y pasó delante del tipo que iba a lanzar sus teorías, haciéndolo silbar.
—¿De qué cadena sales, guapa?
Nataly, como hacía cuando era una cría, le sacó la lengua y cogió la mano de Robert.
—¿Qué teoría es esa? —preguntó él, sujetando la cintura de Nat.
—Que el presidente ha sufrido un atentado y que ha quedado paralítico o con daños cerebrales severos.
—¿Y por qué no lo dirían si algo así hubiese ocurrido?
—Porque el gobierno no puede reconocer que es incapaz de proteger a su presidente. ¿Cómo iban luego a presumir de que estamos en el país más seguro del mundo?
Nataly escuchaba con atención al tipo aquel. Lo que decía tenía su sentido.
—En este país hay tiroteos en los que mueren niños cada mes. Creo que eso echa por tierra esa teoría.
—Se puede justificar que un loco ataque un colegio y mate a veinte niños con la idea de que es imposible proteger a la población de los psicópatas.
Para eso tiene este gran país la Segunda Enmienda de la Constitución: el derecho de los ciudadanos a poseer y portar armas para autoprotegerse.
Si el Estado no puede protegernos, que al menos lo pueda hacer cada uno a su libre albedrío.
Pero que un psicópata pegue un tiro al presidente no se puede justificar de ninguna de las maneras.
—Entonces, ¿qué crees que está pasando ahora mismo? ¿Por qué está todo tan tranquilo?
—Están organizando un plan con el que convencer al pueblo americano y al mundo de que Donald Turner ha muerto por causas naturales.
—Podría haber sufrido un infarto.
—Jamás lo hubieran traído aquí, guapa. Ha sufrido un atentado y, si no ha muerto ya, poco le queda. El tiempo lo dirá.