La patóloga Chapter 57 #3
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Chapter 57 #3

—Alguien se llevó a un niño de tres años de su casa. Un chico que seguramente esté muerto, pero si no lo está, quiero encontrarlo. Ambos sabemos que sois muy pocos los carniceros que aceptáis trabajos con niños. Y en Memphis, seguramente seas el único.

—A saber, Robert. No imaginas cuánto animal hay suelto hoy en día—torció la boca en una mueca diabólica.

Eloitz cogió un punzón del estuche de herramientas ferreteras que utilizaba Gregory y, sin mediar palabra, atravesó el empeine del psicópata de lado a lado. Robert actuó rápido tapando la boca del cabrón para ahogar su grito. Edmundo se desmayó.

—¡Eloitz! Te entiendo, pero le prometí a este desgraciado que nada de torturas en siete días.

—Yo no he prometido una mierda a esta sabandija.

—Estamos juntos en esto. Debemos remar en la misma dirección. Ahora tendremos que esperar a que despierte. Y el tiempo apremia. Prométeme que no volverás a dejarlo inconsciente.

—Es un mierdecilla sin tolerancia al dolor. No puedo prometértelo.

—No me jodas, Eloitz. Apártate y déjame a mí. ¿Ok?

Eloitz era un hombre que se había hecho a sí mismo y que no confiaba en los equipos, salvo en el que formó con Anne. Pero de eso hacía ya demasiado tiempo para acordarse.

—Está bien, lo intentaremos a tu manera. Tú hablas—volvió a la mesa de herramientas y cogió otro punzón.

Unos minutos después, Edmundo regresó del mundo de los sueños. Lo primero que vio fue el punzón atravesando su empeine y otro igual en la mano de Eloitz.

—Espabila, que tengo prisa—le dio unas bofetadas Robert. —¿Tuviste algo que ver con la desaparición de Michael Anderson? Haz memoria—agarró su cara para obligarle a mirarlo a los ojos—, tenía tres putos años.

—Podría ser. Ha pasado mucho tiempo, joder—se revolvió lleno de pánico.

Eloitz retorció el punzón que le atravesaba el empeine haciéndole lanzar un alarido tremendo.

—¡Teníamos un trato! —gruñó a punto de perder la conciencia.

—Conmigo, Ed. No con él. ¿Logras hacer memoria?

Eloitz agarró el otro pie y le acercó el segundo punzón. Edmundo reaccionó instintivamente.

—Vale, vale… Lo recuerdo. Fue el primer encargo del tipo que silba.

—¿Lo mataste?

—No.

Eloitz volvió a retorcer el punzón clavado en su empeine provocando otro alarido.

—¡Lo juro! ¡Lo juro por Dios!

Robert apartó la mano de Eloitz. Si seguía torturándole así volvería a desmayarse y lo necesitaba consciente.

—Te creo, Edmundo. Quizá me equivoque, pero te creo. ¿Qué hiciste con él?

—Lo dejé encerrado en una jaula.

—¿En una jaula?

—¡¡¡SIII!!! ¡¡¡JODER!!! En aquella época había una perrera abandonada al sur de Memphis. Juro que estaba vivo cuando me fui.

—¿No sentiste curiosidad con lo que pudo ser de él? ¡¡Tenía 3 años!!

—La verdad es que no. No era de mi incumbencia. Hice el trabajo y me pagaron. Un ingreso en Bitcoins. No me ha importado otra cosa.

—Ya, que quien pagaba era el que silbaba la banda sonora de Ennio Morricone.

—Eso es. El cabrón me metió la canción en la mollera y ahí se quedó hasta hoy—comenzó a silbarla aquel puto animal psicópata.

Al escuchar las notas en la boca de aquel cerdo, una luz se encendió en la mente de Robert. Una luz que le hizo encajar las piezas suficientes.

—Eloitz, nos vamos.

—¿No me dais nada a cambio? He colaborado, joder.

Sin mirar atrás, salieron de la sala de tortura. Gregory estaba en el salón, a una distancia prudencial de su ama y de la doctora.

—Este antibiótico es muy potente. Se suministra a soldados heridos en el campo de batalla. Es capaz de parar cualquier infección en doce horas.

—Gracias Emily. ¿Cuántos viales me deja?

—Media docena.

—¿Serán suficientes? Espero vivir aún unos meses…

—El efecto de cada vial dura una semana.

Tiene para seis semanas en el peor de los casos.

Si mantiene las heridas limpias puede alargar el efecto de los viales mucho más tiempo.

Recuerde que sólo deben ser administrados en caso de fiebre.

Si hicieran falta más, solo llámeme y estaré aquí en dos horas.

—Gregory, por favor, acompaña a la doctora a la biblioteca mientras despido a nuestros invitados. Emily, será solo un momento.

Gregory desapareció con la doctora por la puerta del fondo. Una vez hubieron salido, Mary se acercó y, poniendo los brazos en jarras para que los chicarrones la sujetaran, los acompañó a la salida.

—¿Robert, ha conseguido la información que buscaba?

—Sólo un hilo del que tirar.

—Pues tire de él con cautela, podría romperse.

—Lo haré. Gracias por su hospitalidad.

—No me dé las gracias, Robert. No ha tomado ni un mísero café. Quizá más adelante podamos tomar uno—abrió la puerta de la entrada.

—Quizá, Mary—respondió Robert sabiendo que eso no ocurriría nunca.

—Eloitz. Ahora por fin podrás quitarte de los hombros ese peso que decidiste cargar sin corresponderte. Cuídate mucho—besó su mejilla.

Mary observó a los dos chicarrones desde lo alto de la escalinata, su estampa era endeble y delicada por la enfermedad, pero con la distinción de una gran dama.

Robert arrancó y ella los despidió con una sonrisa elegante e indómita: Robert supo al instante que no concedería los siete días de tregua al psicópata atado en la camilla. No le concedería ni siete minutos.