Chapter 57 #2
—Debería aplastarte el puto cuello—gruñó.
—Deberías—logró balbucear.
Robert sujetó la mano del gigante para que lo soltara.
—Le harías un favor, Elo. Mary le devolverá lo que le hizo a Anne multiplicado por mil.
El vasco aflojó.
—Cuando Mary haya acabado contigo, vendré y desmembraré tu cuerpo en decenas de pedazos. Los cargaré en un saco de los que uso para la leña y los esparciré en la ciénaga de los Logan.
—Anne gritó durante horas. Hasta casi me apiadé de esa pobre desgraciada.
Y he de reconocer que demostró un valor que nadie más ha demostrado desde entonces.
Ella tenía pasta de sobra, los 400.000$ que me ofrecieron por cargármela.
Le di la oportunidad de que me pagara en efectivo para acabar con aquel infierno.
Pero no la doblegué. Os juro que jamás había visto nada semejante.
Murió sin confesar la ubicación del dinero.
Desde entonces sólo acepto bitcoins y pagos completos.
Eloitz abrió los ojos de par en par al recordar la bolsa con el dinero que encontraron en el primer registro, bajo el suelo de la cabaña. Los 375.000$ que ella le dejó para su tratamiento de cáncer.
Robert percibió que Eloitz iba a explotar de un momento a otro y lo placó como si se tratará de la final de Super Bowl. Utilizó toda su energía queriéndolo estrellar contra la pared para hacerse con él. Pero apenas logró que reculara dos pasos. Jamás había sentido tanta fuerza en un ser humano.
—Elo. No—lo detuvo.
—Este cabrón no sabe nada. Es un desperdicio humano al que nunca le han interesado los motivos por lo que mata. Sólo el dinero que consigue a cambio. No sacarás nada de él.
—El dinero y el placer, grandullón. Anne me hizo tocar el cielo. Menudo culito tenía—volvió a provocar a Eloitz.
Robert trató de sujetar al vasco con todas sus fuerzas. Apretando los dientes hasta casi sangrar. Era evidente que Edmundo quería que aquello acabara allí y en aquel momento; y que su mejor baza era el gigante que lo atrapó.
—Espera fuera, Eloitz. Por favor—lo calmó y lo empujó hacia la puerta.
Robert ocupó el sillón en el que Mary observaba la tortura de aquel tipo que destrozó a su única hija.
—No me has dado información, ni valiosa ni sin valor. No has ganado un solo día, Edmundo. Creo que el vasco tiene razón: no sacaré nada de alguien como tú—se levantó y se dirigió la puerta. —Chao, Edmundo. Mucha suerte con la madre de Anne.
—¡Espera! Teníamos un trato. Os he dicho todo lo que sé. Quizá si vais al cementerio podríais sacar algo en claro.
—Nadie volverá al cementerio, Edmundo. Esa caja es historia. Nada. No sabes nada de quien te contrata. Es un fantasma para ti—tomó la manilla de la puerta y salió.
—¡Robert! Espera!
El sargento asomó su cara por la puerta.
—A ese tipo le gusta Ennio Morricone. La banda sonora de “El bueno, el feo y el malo”. Tienes que buscar a alguien que tenga la costumbre de silbarla.
El sargento lanzó un bye bye y salió.
—¡Lo prometiste, soldado! ¡LO PROMETISTE!—dijo desde la camilla el prisionero. —¡Una puta semana!
—¿Conseguiste algo? —inquirió Eloitz mientras regresaban a la salida.
—Me temo que no. Ese cabrón mata por dinero. No le importa quién le pague ni por qué.
—¿Le darás la semana de tregua?
—Lo dejaré en manos de Mary.
Gregory esperaba en el pasillo que conducía a la salida, con su delantal y sus herramientas de hacer picadillo con la carne.
—Mi señora espera instrucciones—dijo frotando el cuchillo en el delantal.
—Dígale que se esforzó, pero en vano—respondió Robert.
—Entiendo—entornó los ojos antes de dirigirse a Eloitz. —La señora no quiere verte por un tiempo. Me dijo que te dijera que «la noche más oscura ha invadido esta casa y van a ocurrir cosas terribles» . Quiere que te mantengas al margen mientras lo peor que hay en ella sale al exterior.
Eloitz asintió comprensivo. A él le hubiera gustado ser el ejecutor, pero ella era su madre y tenía derecho a decidir cuándo, cómo y con quién.
—Gregory, sólo quiero que cuando llegue el momento me avises. Mary no puede irse sin que me despida. ¿Lo harás?
Gregory estrechó su mano y dio media vuelta. En ese momento sonó el móvil de Robert.
—Howard, ¿qué ha podido averiguar?
—El chico que busca no llegó a salir del país.
—Entonces, ¿está en EEUU?
—Nadie lo sabe. Desapareció tres días antes del viaje que tenía previsto a España con sus padres.
—¿Tres días antes? Hay que localizar a los padres.
—Ya lo he hecho. Los enterraron dos semanas después en el cementerio de Rock Creek, en Washington. Su casa se incendió con ellos dentro. No pudieron salir.
Hubo un silencio pesado, como la calma que precede a la tormenta.
—¿Robert?
—Dime, Howard.
—No sé si te has dado cuenta, pero me has puesto tras la pista de una plaga, de una peste.
—Me temo que así es.
—Quizá deberías replantearte si merece la pena meterse en un huracán que acaba con todo a su paso. No hay nada sensato en todo esto, soldado.
—Tienes toda la razón ¿Quieres retirarte, Howard?
—No he dicho eso; aunque mi consejo es que te olvides de todo.
—Debería seguir ese consejo Howard, pero no puedo. La mujer que más quiero tiene una diana pintada en la espalda. Y, además, está ese crío que raptaron. ¿Cuántos años tenía?
—Deja que revise los apuntes… Tres.
—¿Tienes coche, Howard?
—Un Gran Torino. Como el de la película de Eastwood. Recién cambiadas las pastillas de freno. ¿Qué estás pensando, soldado?
—Que necesito que vayas al cementerio de Forest Hill.
—No me gustan los cementerios. Pero cuenta con ello.
—Allí hay un mausoleo de granito y mármol en el que inicialmente fue enterrado Elvis Presley. Días después lo trasladaron a su rancho por motivos de seguridad. Junto al mausoleo, hay un sauce llorón. Enterrada en su base encontrarás una caja de latón. Necesito que la encuentres.
—Dalo por hecho, Robert. ¿Algo más?
—Tráela a Rhode Island, quizá tenga las huellas de la persona que buscamos. ¿Sabes cómo recoger un objeto salvaguardando sus huellas, Howard?
—Me las arreglaré. Estamos en contacto—colgó.
Eloitz escuchó atento cada palabra. Sabía que ese cuarto niño era el hilo del que tirar. Uno muy endeble, que había sobrevivido al paso del tiempo y que podía romperse en cualquier momento.
—Si no he entendido mal, el chico que buscamos desapareció cuando tenía tres años. Creo que hay que preguntar por él a la mala bestia que tenemos encerrada—propuso Eloitz.
—Gregory, tengo que hacer un par de preguntas más al demonio de abajo. ¿Algún problema en ello?
—Un segundo, lo consulto con la señora.
Un minuto después regreso con su cuchillo y su delantal.
—Sólo pone una condición.
—¿Cuál?
—Que no le regale ni un solo día más a ese… cerdo.
—Dígale a la señora que le doy mi palabra. Volvemos en unos minutos.
Edmundo se sorprendió al verlos aparecer de nuevo. Parecía algo más restablecido y forcejeaba con las cadenas que lo ataban de manos y pies.
—Ni Houdini podría librarse—habló Robert.
—Si quieren negociar más tiempo, estoy abierto a ello—respondió chistoso desde la camilla. —Siempre es un placer comprar un poco más de tiempo al destino.
—Te suena el nombre “Michael Anderson Cantonnet”.
—Podría ser.
—Desapareció en Memphis cuando tenía tres años. ¿Dijiste que eras de Memphis?
—¿Cuándo desapareció?
—Hace nueve años. ¿Lo conociste?
—Nueve años son muchos años.
—¡Edmundo!
—¿Qué?