Chapter 57
LVI.
Robert había dado el primer paso y había descubierto que existía un último chico que moriría muy pronto, si es que no lo había hecho ya.
Pero ya no había más hilo del que tirar: Marc Cronwell desconocía quién había encargado aquellas “creaciones” y el pago había sido al contado.
Agotada la vía de investigación más sencilla, tenía que seguir avanzando como fuera.
Aparcó frente a la cabaña de Eloitz, con Nat y Zaki sentados en la parte trasera del Toyota de Clarice.
Dejó la furgoneta robada escondida en el bosque no muy lejos de la casa de Clarice; ya habría tiempo para solucionar el entuerto del robo aparcándola de nuevo junto al hospital… pero eso sería en unas horas.
—Nataly, quédate con Zaki. Yo me ocupo.
Eloitz miraba desde el porche.
Zaki, que no podía estarse quieto y mucho menos después de pasar varias horas en el hospital sin hacer nada, abrió la puerta y salió disparado hacia el vasco.
—¡He visto a papá! —gritaba rompiendo el silencio del bosque—, pero ha estado todo el tiempo dormido.
—¡Qué lástima, mutila ! Seguro que le hubiera gustado saber que has aprendido a tirar con arco. Seguro que mañana se lo cuentas todo.
Nataly y Robert se acercaron, ella por delante y Robert a un metro de distancia. Zaki se cogió a la pierna de Eloitz y miró a la pareja que subía al porche.
—Elo dice que mañana papá despertará y podré contarle que he aprendido a disparar con el arco. Y que el verano que viene preparará unas dianas con madera de secoya para disparar. ¿Vendrás, Nat? No puedes faltar.
—Claro que sí, y traeré mi primer arco de competición. Gané tres premios con él.
—¿Podré usarlo, Nat?
—Le pondré una placa con tu nombre en el mango.
—¿Con mi nombre?
—Será mi regalo del día del 4 de julio.
— Así yo podré regalarle el mío a papá.! Eres genial, Nat
Robert se acercó al grandullón y estrechó su enorme mano.
—Gracias por salvar a Nataly. Si no es por ti, no sé cómo hubiera acabado todo.
—Clarice me pidió que pasara a echar un ojo y… en fin, que fue un placer apretar su cuello hasta dejar inconsciente a ese perro sarnoso. Te aseguro que no partir el cuello de ese putx malnacido ha sido lo más difícil que he hecho en la vida.
—Tengo que hablar con ese malnacido. Y ha de ser ahora. La vida de un niño está en peligro.
—No sé si eso será posible, Robert.
—¿Dónde está?
—En el peor de los infiernos.
—¿Ha muerto?
—Eso es lo que va a desear durante mucho tiempo. Fue mi regalo de despedida para la madre de Anne. No le queda mucho, pero lo suficiente para que ese cabrón se arrepienta mil veces de haber nacido.
—¿No lo habrá matado?
—La madre de Anne es muy escrupulosa en todo lo que hace. Seguro que no.
Eloitz sacó un móvil del bolsillo y se apartó a un lado.
—Señora Miller…De acuerdo, Mary. Hay alguien que tiene que hablar con el regalo que le hice. Parece muy urgente. Por lo visto la vida de un crío está en peligro y ese zakurra puede saber algo.
Se oyó un murmullo ininteligible, y Eloitz respondió que tardarían un cuarto de hora.
Gregory les esperaba en la entrada cuando llegaron a la gran mansión. Se acercaron con precaución: Gregory llevaba puesto un delantal de carnicero ensangrentado, y de su mano derecha colgaba un enorme cuchillo.
—Síganme—es lo único que dijo.
Recorrieron el corredor lateral del ala izquierda y entraron por una puerta que descendía a los sótanos: era la única parte del edificio que nunca había sido restaurada.
—No tropiecen. Las mazmorras jamás se llegaron a modernizar. La luz es escasa.
Avanzaron unos sesenta metros y giraron a la izquierda. Gregory abrió una puerta y un lejano lamento les dio la bienvenida a un corredor aún más estrecho.
—Estamos llegando. El tipo al que vienen a ver no se moverá de aquí.
Finalmente llegaron a una puerta. Antes de abrirla, Gregory miró a los visitantes y levantó las cejas como advirtiendo de lo que iban a ver al otro lado. Los lamentos atravesaban la puerta de forja con enorme claridad.
Empujó la puerta hacia el interior exhibiendo una sádica sonrisa.
—Bienvenidos a mi fiesta de despedida. Mi invitado principal está deseando charlar con vosotros. ¿No es así, Edmundo?
El tipo desnudo, cubierto de sangre y atado a una camilla de aluminio se revolvió.
—No pude entenderte, Edmundo.
—¡Si! —gruñó como pudo.
—Sé que no es la mejor camilla del mundo, pero es la misma en la que pusieron el cuerpo de mi Anne. Si para ella fue suficiente, lo ha de ser para el bastardo que la puso ahí. ¿Qué opinan?
Ni Robert ni Eloitz dijeron nada, sólo pensaron que Edmundo se iba a arrepentir miles de veces de haber acabado con la vida de Anne. Robert dio un paso adelante y se situó junto a Mary.
—¿Qué más ha averiguado además de su nombre?
Mary se encogió de hombros y el tipo ensangrentado de la camilla respondió por ella.
—¡Esa loca sólo me ha preguntado el nombre! ¡Nada más!
Robert puso uno de sus brazos sobre los hombros de Mary, comprensivo.
—He de hacer unas preguntas a Edmundo. Entendería que no quiera escuchar las respuestas.
Mary se giró y le pidió una cosa al oído:
—Sólo asegúrese de que no pronuncie el nombre de mi Anne. No soportaría escucharlo en sus labios. Aún no.
—¿Para quién trabajas?
—Nunca lo sé.
Robert se quedó desconcertado.
—¿Quién te paga?
—Quien me encarga los trabajos. Por lo que tampoco lo sé.
Robert volvió a desconcertarse.
—¿Cómo recibes los encargos?
—Por escrito.
—Explícame eso.
—Antes debes prometerme que acabarás conmigo antes de irte.
—Eso no te lo puedo prometer. No eres mi regalo, sino el de ella—miró a la madre de Anne.
—Entonces olvídate de que vuelva a hablar.
—Puedo intentar negociar un descanso. Un oasis en el infierno. Un momento de paz en la tormenta más espantosa. Mary, he de ofrecer algo a este psicópata—la miró un instante antes de centrarse de nuevo en Edmundo. —¿Qué me dices? Gregory podría sacarle lo que necesito saber por las malas…
El tipo miró a Mary y luego a Gregory, que seguía con su delantal ensangrentado y empuñando el cuchillo.
—Un mes. Quiero un oasis de un mes.
Mary se acercó al tipo, lo miró de cerca y respondió seca, rotunda.
—Una semana.
Gregory se acercó a una mesa lateral y cogió una tenaza de punta estrecha.
La revisó concienzudamente, como si buscara defectos de fabricación, y la empuñó convencido de que era la herramienta que buscaba.
Se acercó a Edmundo y sujetó uno de sus pezones con ella.
La tensión subió de golpe. Mary permaneció impasible, con los ojos fríos como el hielo, sin mover un solo músculo de la cara.
Era imposible saber qué podía estar pasando por su cabeza.
Entonces se encendió una luz roja sobre la puerta de aquella estancia.
—Es Emily, la doctora que me asistió durante el parto de Anne. Se encargará de mantener con vida a esta sabandija hasta que yo muera.
Eloitz estrechó a Mary contra su enorme pecho.
—¿Está segura de esto, madre? Tengo mi hacha en el coche.
Ella separó la cabeza de la coraza que era el pecho de Eloitz y lo miró con dulzura. Luego cabeceó asintiendo.
—¿Pido a la doctora que vuelva la semana que viene, o le preparo un café? —preguntó al asesino.
Edmundo no lo dudó, empezó a cantar inmediatamente.
—Hay un gran sauce llorón en el cementerio de Forest Hill, justo donde fue enterrado Elvis antes de que trasladaran su cuerpo a Graceland por seguridad.
Como sabrán, tras los funerales intentaron profanar su tumba y robar el cuerpo para pedir un rescate.
A los pies del sauce hay enterrada una caja de latón.
Mis encargos llegan allí. No puedo decirles más.
Gregory soltó el pezón y tomó el brazo de Mary: estaba visiblemente agotada, pero aún viviría unos pocos meses. Sin decir nada, la condujo lentamente fuera de aquella salita de torturas privada.
—¿Cómo recibe los pagos?
—Bitcoins en una cuenta en las Caimán.
—¿Dónde naciste?
—En Memphis, Tennessee. La ramera que me parió murió en un polígono abandonado. Me encontraron entre sus piernas.
Robert dio varias vueltas alrededor de la camilla.
—¿Sigues viviendo allí?
—Si.
—¿Alguien con quien te encuentres habitualmente? En el supermercado, en el bar.
—Nadie.
—¿Tienes móvil?
—Podrían localizarme a través de él.
—No me estás siendo de ayuda, Edmundo. Y ese no era el trato.
—¿Cree que no quiero que atrapen a quién organiza todo esto? Yo soy el monstruo que mata, pero no quien escoge a las víctimas.
—Pues no lo parece. Ni una cara. Ni una voz que al menos me diga si busco a un hombre o a una mujer. Creo que no está colaborando, Edmundo.
—Atropellaste a Eric Rice, ¿Qué sabes de él?
—Nada. Su foto y su dirección estaban en un sobre en la caja bajo el árbol.
—Y de Damien y su familia, supongo que tampoco puedes decirme nada.
—No.
—¿Por qué lo atropellaste?
—Las instrucciones especificaban que debía ser atropellado
—¿Por qué atropellaste a Eric y en cambio asesinaste con tus propias manos a Damien y a su familia? ¿Te pidieron que lo hicieras así?
—No, el caso de Damien fue un impulso personal.
—¿Se te permite esa clase de impulsos?
—No lo sé. Ya había tenido otros antes, pero siempre había podido controlarlos.
—¿Por qué este impulso fue diferente?
—Por la rubia.
—¿Qué rubia? —apretó el gesto Robert presintiendo su respuesta.
—La que tenía entre mis manos cuando esa mole me agarró por detrás—se quedó mirando al vasco.
Robert le sacudió un puñetazo en toda la cara.
—Teníamos un trato, soldado. Una semana de paraíso y calma. Nada de torturas por un mes.
Edmundo no era ningún estúpido. Sabía que era muy probable que nunca saliera de ese lugar, pero una semana sin ser torturado le daría tiempo para encontrar la forma de escapar.
Eloitz, que se había mantenido el margen, se puso al otro lado de la camilla, frente a Robert.
—¿Por qué Anne Miller?
Edmundo giró la cabeza hacia el gigante y sonrió. La recordaba muy bien.
—Alguien puso su nombre en la caja del sauce.
—¿Las indicaciones incluían la tortura?
—Sí… lo disfruté mucho.
Eloitz le agarró por el cuello con una de sus enormes manos y apretó cortándole la respiración.