La patóloga Chapter 56
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Chapter 56

LV.

—¿A qué embarcación se dirige?

El sargento Bonneville miró a los ojos al tipo de la garita que abría y cerraba la barrera.

—Al Concordia. Soy el cámara—señaló hacia la parte trasera de la furgoneta donde se agolpaban varias cámaras y grabadoras.

El tipo miró hacia dentro e hizo chascar los labios.

—Putos ricachones, lo tienen que grabar todo.

—Nombre y apellidos.

—Robert Bonneville.

—¿Profesión?

—Cámara.

—De acuerdo, puede pasar—apretó el botón para permitirle entrar. —La fiesta de la señora Duncan está a punto de comenzar. Son las más formidables y descocadas.

—Gracias, lo tendré en cuenta.

—Corra. Como no grabe la entrada triunfal de la anfitriona, se cogerá un cabreo de mil demonios.

—¿Dónde está el Concordia?

—Siga recto por ahí hasta el fondo. Luego a la derecha. Es el último yate del malecón.

—Gracias otra vez.

—¡Robert! Esas fiestas siempre terminan en un desmadre total. Cuando estén todos pedo, podrá grabar escenas subidas de tono con las que puedo ayudarle a sacar unos buenos dividendos.

—¿Me habla de chantaje?

—A esa gente le da igual el dinero. Lo tienen por castigo divino. Pero tienen pavor a los escándalos. Unos cuantos miles no son nada para ellos. Le dejo mi móvil—escribió el número en una cuartilla y la arrojó hecha una bola por la ventanilla.

El yate era impresionante en todos los sentidos. Dos chicos uniformados de no más de veinte años eran los encargados de recibir a los invitados, de ayudarles a acceder al yate y finalmente de aparcar sus coches en la explanada flotante junto al barco.

Robert salió, abrió la puerta trasera y sacó una de las cámaras a las que les faltaba la batería.

—Es de la cadena. Como le hagáis un rasguño estoy jodido—le lanzó la llave al chico más bajito.

—No habrá problema, señor. Se lo devolveremos intacto, y por 100 pavos se lo limpiamos por dentro y por fuera. Seguro que gana unos puntos con su jefe.

—Qué sean 60.

—80

—70.

—Hecho. Por 70 lo tendrá como salido de fábrica.

Subió por la pasarela agarrándose a los gruesos cordajes de la barandilla.

La cubierta principal era enorme y albergaba una muchedumbre de al menos 100 invitados.

El servicio iba uniformado de forma elegante y discreta: camisa de un burdeos profundo abotonada hasta el cuello y pantalón negro sin adornos.

Era un uniforme ideal pensado para moverse entre la gente forrada sin rozarla.

El servicio paseaba en silencio, llevando bandejas con cócteles de champan y canapés de caviar perfectamente alineados. Parecían danzar a la perfección mecidos por el suave oleaje. Únicamente desprendían orden, silencio y eficacia.

La anfitriona, descendiendo desde la cubierta superior, realizó su espectacular entrada.

Se escucharon primero los tacones sobre la escalera de teca de la cubierta superior, un sonido limpio que cortó por un segundo el murmullo de los invitados, y todos supieron que era ella sin necesidad de mirar.

Bajaba esbelta un escalón por detrás de su marido, no por timidez, sino porque así podía verlo todo. Una mano en la barandilla de acero pulido, la otra sujeta a la de él, no agarrada, solo apoyada, con la confianza de quien no necesita sostenerse, pero elige hacerlo.

Llevaba un vestido largo color marfil, con una caída espectacular, que se movía mecido por el viento de mar abierto. Nada de joyas ostentosas. Un único brazalete fino. El pelo recogido de forma natural, dejando el cuello despejado.

El aparentaba sesenta y pocos llevados con excelente soltura.

Pelo cano, abundante, peinado hacia atrás.

Barba gris de tres días, camisa blanca abierta justo lo necesario, chaqueta azul marino sin corbata.

El tipo de hombre que podría haber sustituido a Richard Gere en Pretty Woman.

La misma sonrisa de ejecutivo que ya ha comprado y vendido media ciudad antes del aperitivo, pero que ahora solo está ahí para ofrecer ayuda a su mujer para bajar el último escalón.

Ella no sonrió al público. Un gesto breve a un grupo. Una inclinación de cabeza a otro. Cuando llegó a la cubierta principal, soltó la mano de su marido y la fiesta, que ya era perfecta, entendió por fin quién la había pagado.

Robert hizo el paripé con la cámara sin batería subida al hombro y el ojo pegado al objetivo.

Si le hubieran preguntado cómo se encendía, no hubiera podido responder.

Cogió un coctel de una de las bandejas y un canapé de otra.

Unos minutos después, el atento marido se dirigió al fondo, atravesando una puerta que daba a una pequeña sala para fumar.

Robert se coló tras él y cerró la puerta.

—No sabía que habría cámaras. Mi mujer tiene que grabarlo todo.

—El yate es un auténtico palacio flotante.

—Tiene caprichos que ni los dioses—entornó los ojos en señal de disculpa.

—Y la fiesta es magnífica.

—Ya lo puede ser con el dineral que cuesta—sacó un cigarrillo y se lo llevó a la boca. —¿Quiere uno?

—Gracias, pero no fumo.

—Yo lo he dejado mil veces y he regresado otras mil. Mi mujer odia el tabaco. Espero que no me grabe fumando. Me metería en un buen follón—señaló la cámara que sujetaba.

—Está sin batería.

—Pues espero que haya inmortalizado la gran entrada. Tiene una colección de pendrives con decenas de ellas. Son su pasión.

—¿Conoce a Eric Rice y a Damien Palmer?

—Por supuesto. Forman parte de una de mis más grandes creaciones.

Pero el trabajo en mi clínica es altamente confidencial y usted lleva una cámara.

Mis contratos prohíben cualquier tipo de reportaje explícito sobre mis logros.

Son seres humanos con todo el derecho a la protección de sus datos. ¿De dónde ha sacado esos nombres?

—Están muertos.

—¿Cómo?

—Asesinados.

—¿Cuándo?

—En las últimas 72h. El resto de la familia de Damien también ha muerto.

Cronwell se dirigió a la puerta a su espalda y salió. Una vez fuera, con un gesto le indicó que lo acompañara. Siguiendo sus pasos, Robert saltó a una pasarela de acero que colgaba medio metro por encima del mar.

—Fue idea mía—señaló la plataforma colgante. —Margaret, mi esposa para todo el mundo, aunque no estemos casados, no creo ni que sepa que existe. Aquí consigo olvidarme del espejismo que puede llegar a ser la vida. Ella vive en uno del que ya es incapaz de salir.

—¿Por qué sigue con ella?

—Porque es la mejor persona del mundo, incluso por encima de toda esa superficialidad que la reviste desde el día en que nació. Se puede ser ambas cosas, se lo aseguro.

—No lo tengo tan claro, señor Cronwell.

—Incluso la banalidad, cuando tiene un buen fin, puede resultar provechosa. Ella me lo demuestra cada día.

Robert miró al firmamento mientras las gaviotas surcaban la superficie del mar en busca de alguna captura.

—Hay un tercer niño que ha muerto.

—¿Bobby o Michael?

—¿Hay dos más?

—Todo lo que le estoy contando es altamente secreto. Este caso fue muy especial y complicado.

—Puede confiar en mí. Sólo pretendo salvar vidas y averiguar qué está pasando. ¿Quién hizo el encargo?

—Eso es confidencial y no puedo revelarlo. Lo que sí puedo decir es que yo nunca había hecho algo así.

—¿Por qué?

—Por ética. Por valores morales. Porque estaba al límite de la Ley.

—¿Al límite?

—Muy muy al límite. Podría tener serios problemas si alguien lo destapara. Pero entonces yo era joven, y clonar embriones humanos era todo un reto.

—¿Por qué motivo le encargaron la clonación?

—Para crear especímenes idénticos entre sí.

—Como la oveja Dolly.

—No. En el caso de la Oveja Dolly se clonó al animal partiendo de componentes genéticos extraídos de una célula de su piel.

Se extrajo el material genético y se inyectó en un óvulo que había sido previamente vaciado.

De este modo se logra clonar al primer espécimen, es decir, al donante original del material genético.

De lo que hablamos ahora es de individuos distintos a los padres, pero idénticos entre ellos. Serían hijos, no clones. No sé si me entiende.

—Supongo que de ninguna manera me facilitaría el nombre de quien aportó los espermatozoides y los óvulos.

—Nunca lo llegué a saber. Yo sólo tuve que dividir en cinco el embrión que me llegó e implantarlo en las mujeres que debían gestarlos.

—¿Entonces hubo cinco embriones?

—Sí, aunque uno de ellos no salió adelante. El porcentaje de éxito fue altísimo. Nadie confiaba en que fueran viables más de uno o dos. El procedimiento fue todo un logro.

—¿Puede al menos darme el nombre completo de los otros chicos?

—Los nombres completos. Nada más. Luego desaparecerás de mi vista.

—Hecho.

Cronwell sacó su móvil e hizo una llamada.

—Mándame los datos completos de Bobby Craig y Michael Anderson. Son dos de las fecundaciones que se hicieron hace ahora doce años.

—Lo sé. Ha pasado mucho tiempo, pero me hacen falta. Mándamelos por WhatsApp. Por favor, es urgente.

Sonó un pitido en el móvil de Cronwell medio minuto después. Este lanzó la colilla al mar. Sacó el iPhone 17 Pro gris metálico y miró la pantalla:

—“Bobby Craig Smith” y “Michael Anderson Cantonnet”. Un segundo—siguió leyendo el mensaje. —Parece que los padres de Michael se mudaron al extranjero cuando el niño tenía tres años. Supongo que el chico que recibió la bala en la cabeza fue Bobby. Espero que pille a ese cabrón.

—Lo pillaré, señor Cronwell. Y ándese con cuidado.

—Puede llamarme Marc—estrecharon las manos.

—Y usted Robert.

—Perdone que no le acompañe a la salida. Quiero echar un último pitillo antes de regresar al desmadre.

—No veo ningún desmadre, Marc.

—Se va usted pronto, Robert. Siempre lo hay.

Había un crío que corría un peligro gravísimo. Aunque el sicópata había sido detenido, Michael Anderson estaba fuera del país y habría otro sicario atando cabos allí donde estuviera.

Robert sabía que Cronwell corría peligro. Al estrecharse las manos se habían mirado a los ojos: un destello en ellos le dijo que aquel tipo también lo sabía. Pero eran gente influyente, con mucho dinero por detrás, y sabía que esa clase de personas siempre consigue salvar el cuello.

Volvió a sacar el teléfono.

—Howard, tiene que hacerme otro favor. Y quizá no sea el último.

—Mi esposa murió y no tuvimos hijos… No tengo nada mejor que hacer, soldado.

—Hay que localizar a un chico llamado Michael Anderson Cantonnet. Tiene doce años y se mudó al extranjero. Cantonnet me suena francés, Howard. Quizá deba usted desempolvar su français , estoy seguro de que se las apañará.

—Si vive en Francia no será tan complicado. De todos modos, empezaré buscando por Estados Unidos. Si finalmente no se mudó o regresó en algún momento, daré con él en minutos. Pero encontrarlo en Francia supone mover embajadas, y eso requiere días.

—Gracias, Howard. Por favor, dese prisa; ese chico está en peligro.

—Te llamo, soldado.