Chapter 55
LIV.
Nada más salir del hospital, Robert vio varias furgonetas alineadas, con las puertas abiertas y reporteros en su interior. Se acercó caminando tranquilamente a la más cercana a la salida. Luego sacó el móvil y marcó. Tras dos tonos, Howard Sordo descolgó al otro lado.
—No quiero cambiar de compañía telefónica, ni de luz, ni de gas…
—Howard, soy el sargento Robert Bonneville, nos conocimos hace dos días en su casa. Usted me apuntó a la cabeza y yo a sus tripas. ¿Me recuerda?
—¡Cómo iba a olvidarlo, soldado! Hacía más de cuarenta años que nadie me apuntaba con un arma.
—Usted me habló de contactos y favores que cobrarse en el Capitolio. A mí me han “suspendido”.
—Ya—gruñó Howard.
—Necesito localizar a alguien con urgencia. Puede haber americanos en peligro.
Howard carraspeó y dio un lengüetazo al Bourbon que se estaba tomando.
—¿De quién se trata?
—El director de una clínica de fertilidad situada en Crompton llamada Prodigy.
—Un segundo, voy a apuntarlo.
Robert escuchó el golpe del teléfono en la mesilla, junto al sillón orejero en el que Howard pasaba la mayor parte del día. Luego un gemido por el esfuerzo de levantarse y al rato otro de volverse a sentar.
—Clínica Prodigy. En Crompton.
—Eso es. El director se apellida Cronwell. Desconozco su nombre.
—Será suficiente. Le llamo en diez minutos con lo que averigüe.
En ese momento, un tipo salió de la furgoneta con un juego de baterías en las manos. ¡Sabe dónde podría enchufarlas? El cargador del coche ha hecho caput .
—Dentro, en urgencias. Pregunte por Donna—señaló la entrada de urgencias y lo envió directo a la mujer que lo mandaría a freír espárragos en menos de un segundo.
Cuando el tipo corrió, dejando el coche totalmente abierto y con las llaves puestas, Robert lo saludó con la mano.
—Gracias, soldado. Le debo una.
—Hay que apoyarse en momentos así. Suerte con Donna.
Robert cerró las puertas, se sentó al volante y arrancó. Nadie se fijó en una furgoneta con el logotipo de una televisión de segunda fila cuando salió del parking. Unos minutos después, a tres bocacalles del hospital, en una calleja apartada y oscura, el móvil de Robert sonó.
—Dime Howard. ¿Qué has averiguado?
—Ese tipo nació con una flor en el culo.
Hijo de un congresista y una viróloga del Instituto de Investigación Médica de Enfermedades Infecciosas del Ejército de los Estados Unidos, se crió entre algodones.
Sus padres se conocieron durante una cena militar en la que coincidieron y se casaron cuatro meses después.
Él tenía 21 y ella 19. Un año después quedó embarazada, pero durante el parto, unas complicaciones les hicieron perder al bebé.
Y lo que fue aún más duro para la pareja, ella fue diagnosticada con esterilidad irreversible.
—Entonces ¿Cronwell es adoptado?
—Eso es. Como te dije, ella quedó estéril y muy tocada tras el aborto espontáneo; tengo entendido que ya nunca volvió a ser la misma.
Cayó en una enorme depresión y el congresista utilizó toda su influencia para encontrar un bebé que pudiera sustituir al fallecido.
Y lo consiguió. Pero era un hijo adoptado y no de su misma sangre; y eso, de alguna forma, se lo hicieron pagar.
—¿En qué se basa para afirmar algo así?
—En que cuando ese niño creció, se formó como especialista en fertilidad.
Quienes le conocen, aseguran que está obcecado en contradecir los designios de divinos y facilitar que parejas estériles dejen de serlo.
Para el tipo que buscas, la fertilización de una mujer estéril es un desafío a Dios.
Imagino que estarás viendo que es un narcisista de libro.
—Como para no verlo, Howard. ¿Dónde puedo encontrarlo teniendo en cuenta que es domingo?
—Nunca se casó, aunque se le ha relacionado con diversas mujeres que podríamos definir de alta alcurnia.
La última vive en Rhode Island. Tiene un yate de más de 60 metros de eslora amarrado en el exclusivísimo puerto deportivo Newport Shipyard.
Está valorado en más de 80 millones de dólares.
Dispone de cuatro cubiertas superpuestas y puede alojar hasta treinta invitados, además de la tripulación.
He ojeado los camarotes y decir que son VIP es quedarse corto.
El barquito dispone también de gimnasio privado, sauna y salas de masajes.
Tiene hasta un minicasino en el que su dueña organiza veladas con fines benéficos.
—Veo que ha estado indagando a fondo.
—Caí en la tentación de ojear las redes sociales de la señora Duncan.
—¿Pudo averiguar el nombre del barco?
—Sí. El Concordia.
—Gracias, Howard.
—¡Soldado!
—Sí, Howard.
—En ese puerto sólo se entra con invitación.
—Me las arreglaré. Me ha sido de enorme ayuda. ¿Alguna vivienda en la que probar suerte si no lo encuentro en el yate?
—El tipo que buscas está ahora mismo en el barco. Había un dron dando un paseo por allí y me lo confirmaron hace dos minutos.
—Le debo una muy gorda, Howard.
—Cuídese soldado. Suerte.