La patóloga Chapter 53
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Chapter 53

LII.

La capilla del hospital no había tenido, ni volvería a tener, tal aglomeración nunca más.

El pastor Finn Wilson se había sentado junto al director Bennet con una biblia en sus manos.

La sonrisa reflejada en su cara era sorprendente, dadas las circunstancias.

Al otro lado de Bennet, dos tipos enfundados en batas de un blanco inmaculado y con sendos fonendoscopios recién sacados de sus cajas colgando de sus cuellos, dejaban claro que eran médicos al servicio de hospital

El sargento Robert Bonneville tiró de Nat hasta llegar donde esperaba Dorothy. Ambas se miraron dispuestas a luchar hasta que sólo quedara una.

—Nat, Do, tengo que irme. Hay algo muy urgente que no puede esperar.

—Ni se te ocurra dejarme con la loca esta—advirtió Nataly.

—No me entra en la cabeza que me hayas cambiado por esto—respondió la otra.

El sargento se interpuso sujetándolas por el brazo a ambas.

—Estamos en un buen lío y tengo que irme. Tendréis que cuidar la una de la otra hasta que vuelva. Me voy — dio un beso a Dorothy en la mejilla y otro en la boca a Nataly, con lengua incluida. —Sois profesionales reputadas, comportaos como tal.

Las dos mujeres se pusieron una junto a otra mirando en direcciones opuestas. Robert no dijo más y voló como un halcón sin llegar a escuchar las primeras palabras del pastor Finn.

—Oremos por nuestro más que venerado Donald Turner. Sé que todos tenéis el alma en vilo ante la incertidumbre de si el presidente Turner saldrá o no de esta.

Aquella frase fue como la cerilla que hace explotar la dinamita. El auditorio estaba lleno de periodistas de todo el mundo en busca de una primera plana: la muerte del presidente de los Estados Unidos de América era la mejor posible.

—Director Bennet, ¿puede confirmarnos si el presidente Turner está en un estadio irreversible? Y si es así, ¿cuánto tiempo podría quedarle? —casi gritó una mujer con un micrófono extendido hacia el comité médico de la tribuna.

El silencio fue total. El pastor pasó a un segundo, tercero o décimo plano, y el foco se centró en Marcos, que con toda la calma del mundo dijo algo al oído del pastor.

—El presidente está en coma desde hace unas 24 horas.

La tempestad de flashes hubiera deslumbrado a alguien acostumbrado a mirar directamente al sol sin gafas.

—Nadie sabe cuándo ni cómo despertará—fue la segunda frase que remató la explosión.

—Todo el mundo fuera. Esta rueda de prensa no sólo es ilícita e ilegal, sino que pone en un estado de debilidad enorme a nuestra nación—apareció por la puerta el coronel Maxwell con un arma en la mano.

Bennet apretó el botón de su micrófono y volvió a abrir la boca.

—El estado del presidente es de una gravedad absoluta. Está en el box con los mejores avances médicos del estado y quizá del país.

—¿De qué se trata, director Bennet? —continuaron el bombardeo otros periodistas haciendo caso omiso del coronel.

—¡Todos fuera! No quiero volver a repetirlo.

Nataly, viendo que los cámaras dirigían sus objetivos hacia Maxwell, intervino. « Ese cabrón no se saldrá tan fácilmente con la suya », se dijo entre dientes.

—¡Hellen! ¡Hellen! Veo que ha venido con el coronel Maxwell.

Bien hecho, coronel—se abrió paso entre los presentes, directa al equipo de asalto de la Casa Blanca.

¡Por favor, Hellen acérquese al estrado!

—la sujetó de las manos y tiró de ella lejos de los soldados, mientras guiñaba un ojo al coronel.

—¡Señoras! ¡Señores! Hellen es la doctora que ha logrado mantener al presidente con vida tras el infarto.

Es una eminencia que se merece un aplauso—la arrastró a la tribuna ante los ojos furibundos del coronel—.

Director Bennet, permita que ella nos explique todo lo que el país está haciendo por la vida de su presidente.

¡Hellen, por favor! Es usted la más apropiada para dar el parte del estado de Donald.

¡Señores y señoras! —llamó la atención del auditorio—, soy la subsecretaria de Salud de la Casa Blanca y presencié el infarto fulminante que sufrió el señor Donald Turner.

Es un milagro que aún respire. Les aseguro que estoy ansiosa por saber cómo Hellen ha logrado el milagro de que siga entre nosotros.

Estoy segura de que la nación entera está deseando saberlo.

El coronel levantó la mano empuñando la pistola. Su lugarteniente se la hizo bajar. Nadie se dio cuenta estando todos tan impresionados con lo que estaban oyendo.

—Hellen, por favor, no se enrede en disquisiciones técnicas y examine el estado del presidente—avanzó el coronel hacía ella. —Es lo más importante ahora. La vida del presidente Turner está en sus manos y en las de nadie más—le lanzó una sonrisa diabólica que la hizo estremecer.

—Con su permiso, director Bennet. Al presidente le sobrevino un infarto fulminante.

Como es normal, el protocolo de máxima gravedad se puso en marcha.

Fue una suerte que Nataly estuviera con él y realizara durante esos pocos, pero vitales minutos, las maniobras de reanimación cardiopulmonar.

Ella también tiene mucho que ver con que nuestro presidente aún tenga posibilidades de salir de esta.

Inmediatamente se controló su temperatura corporal y se conectó a un equipo capaz de sustituir las funciones del corazón del presidente durante unas horas.

Sólo quedaba el milagro. Y si se preguntan a qué milagro me refiero, les aclararé que no es otro que el de encontrar un corazón viable.

Les aseguro que localizar un corazón compatible en unas pocas horas es un verdadero milagro; incluso siendo el presidente de los Estados Unidos el receptor.

Y sí, ese MILAGRO en mayúsculas fue cosa del coronel Clayton Maxwell.

Un aplauso para él, porque ni toda la técnica del mundo hubiera servido para nada sin ese corazón.

Algún día me tendrá que contar de donde lo sacó—rio dicharachera Hellen.

Y ahora, si me disculpan, tengo que chequear al presidente.