Chapter 52
LI.
Mary Miller salió por la enorme puerta de entrada del palacio en el que vivía a las afueras de Rhode Island.
A su lado, Gregory, su guardaespaldas personal y hombre para todo, la vigilaba un paso por detrás.
Serio, impenetrable tras sus barbas y sus gafas de sol.
Una roca viviente que sólo atendía a las peticiones de su señora.
—¿Desde cuándo tienes coche, Eloitz?
—Desde que pillé hace un par de horas al asesino de su hija. Ya es nuestro.
La señora Miller se tambaleó. Pero al instante siguiente, su voz era la de un oráculo diabólico.
—¿Cómo sabes que es el que estamos buscando?
El vasco sacó del bolsillo un botecito de plástico y se acercó con paso firme.
Gregory el grandullón se interpuso con un movimiento entre el vasco y su señora.
Eloitz, un palmo más alto que él, se mostró preparado para apartarlo de un mamporro si hacía falta.
Gregory era uno de esos perros de pelea dispuesto a intercambiar sangre con quien fuera, aunque no le apetecía lo más mínimo hacerlo con Eloitz.
—Gregory, tengo que hablar con el señor Basagoiti. Déjanos un poco de espacio.
Eloitz abrió el botecito y sacó un mechón de pelo rubio. Luego mostró el nombre escrito en el bote con un rotulador permanente. Aunque estaba algo desvaído, podía leerse con claridad A. Miller.
—Estaba en la guantera junto con otros similares. Fue él.
—¿Dónde lo tienes? —tosió apoyándose en Eloitz.
—¿Se encuentra bien, Mary? —la sujetó.
—Este cáncer avanza más rápido de lo que me dijeron.
—Lo tengo en el maletero.
—No quería que se marchara de este mundo sin haberlo encontrado—miró hacia el coche. —Sólo dígame que quiere que haga con él y lo haré.
Ella miró a Eloitz a los ojos. Su gesto se dulcificó cuando pasó sus manos alrededor del rostro del enorme hombre que no había dejado de querer un solo segundo a su hija.
—Eres un buen hombre. Un gigante que tiene el corazón aún más grande que el cuerpo, Eloitz.
Aunque no estuvisteis mucho juntos, sé que mi hija tuvo todo el amor que pudo necesitar junto a ti.
Ya has hecho más que suficiente desde entonces.
No será necesario que hagas nada. Sólo entrégamelo.
Hay cosas que alguien que tiene toda la vida por delante no debería hacer.
Mi vida está llegando al final y no podría haber soñado uno mejor que el que me ofreces—se puso de puntillas y lo besó con ternura.
—Greg, por favor, ayúdale a sacar el equipaje.
Eloitz caminó hacia el Oldsmobile seguido por Greg.
Abrió el maletero y allí estaba Edmundo, el psicópata que había torturado hasta la muerte a Anne Miller sin aparente razón.
Estaba maniatado de pies y manos y con varias vueltas de cinta americana tapando su boca.
Lo sacó y se lo echó al hombro a Greg, que lo cogió como un saco de patatas. Luego volvieron junto a la matriarca.
—¿Está segura, señora Miller?
—¿Cuándo me llamarás Mary, hijo?
—¿Estará bien, “ama”?
—¿Qué es “ama”?
—Madre en mi idioma natal. ¿Lo estará?
—Estaré muriendo por fin como siempre he deseado hacerlo. Sí, estaré bien.
—Por favor, no diga eso.
—Ayy… hijo mío. La vida me ha dado golpes tremendos… tan fuertes como los que tú propinas con tus hachas. Durante años te vi como un pobre romántico incapaz de ver que todo tiene un final. Pero ahora sé que siempre fui yo la equivocada. Que existen pasiones que ni la muerte es capaz de apagar.
—Pero ¿quién cuidará ahora de usted?
—Mi hija tuvo un ángel junto a ella. Yo tengo un demonio—sonrió a Gregory, cuya mirada protectora no se desviaba de su ama ni un segundo.
—Pasaré a visitarte, “ ama” .
—Cariño, hijo mío, todo acaba aquí. Lo que vaya a ocurrir ahora es mejor que ni lo imagines. Greg es mi demonio—besó por última vez a Eloitz y se internó por la enorme puerta de entrada con Greg siguiendo sus pasos con el fardo en el hombro.