Chapter 51
L.
Dos manzanas antes de llegar al aparcamiento, ya se veían furgonetas televisivas y de radio aparcadas encima de las aceras.
—Los de tráfico van a hacer el agosto a cuenta del sufrimiento de Donald.
—Ese cerdo ha hecho sufrir a muchísima gente. Que alguien pague la cena y los regalos de Navidad a su costa es lo menos que podría hacer antes de diñarla—habló con suma mordacidad Nataly.
—¿Quién es el cerdo, abuela?
—Un señor muy malvado al que han ingresado en el hospital. Si se muriera ahora mismo, habría fiestas por todo el mundo. No creo que hubiera suficiente champan para descorchar.
—¡Ostras! Pues sí que es un señor malvado.
—Mucho, hijo. Eres muy pequeño para imaginar cuánto.
—Pero ¿es peor que el diablo?
—Es el mismo diablo, cariño—se santiguó la abuela. —Las pastillas para mi arteriosclerosis me las quitó él con un decreto con el que me limpie el trasero.
—Ja, ja, ja —, rio Zaki. —Entonces ¿no irá al cielo como papá?
—Dios admite a todos en su casa siempre y cuando se arrepientan. Incluso admitiría al diablo.
—Entonces ¿si ese señor malvado se arrepiente, Dios lo perdonaría?
—El señor malvado del que hablamos iría al infierno antes que arrepentirse de nada, corazón mío.
—¿En serio?
—Te lo dice tu abuela, Zaki. Seguro.
Aparcaron el coche junto a un camión de hamburguesas y perritos calientes y, con Robert abriendo paso con Zac en sus brazos, franquearon el muro de curiosos y reporteros que rodeaba la entrada principal.
—Marcos Bennet decidió hacerme caso—sonrió Robert una vez dentro.
—¿En qué, cariño?
—En llamar al único ejercito que podrá ralentizar al coronel.
—¿Toda esta prensa ha sido idea tuya?
—Soy un soldado entrenado en las mejores estrategias de combate. La prensa tiene grabadoras en lugar de pistolas, cámaras en vez de lanzagranadas… y dispone de tantos helicópteros como el coronel. Helicópteros que no podría derribar; aunque se muriera de ganas de hacerlo.
—Hay que ver lo listo que es mi chico—plantó un beso en su mejilla Nat.
Una vez dentro, la enfermera jefa, con cuatro guardas de seguridad a su alrededor les atendió.
—Vengo por Zac, mi esposo.
—Lo sé—sujetó una de sus manos con fuerza.
—Ella es Nataly, y él Robert, vienen por el presidente.
—Está muy grave. Nadie puede verle. Órdenes del director Bennet.
—Hable con él. Robert pertenece a la escolta personal del presidente y Nataly es la subsecretaria de Salud de la Casa Blanca.
—Ahora es imposible. En cinco minutos comienza la rueda de prensa.
Robert miró su reloj. Habían pasado más de cinco horas desde su conversación con el coronel y sabía que su ejército no tardaría en aparecer por la puerta, con él al mando.
—¿Podemos asistir a la rueda? —preguntó Nataly, sujetando por la cintura a Robert.
—Todo el mundo va a asistir a ella, nadie notará que hay dos personas más. Bajen a la capilla, por aquella escalera. No había otro lugar para tantísima gente como se ha amontonado. El presidente atrae a más gente que la mismísima Taylor Swift. Quién lo iba a decir.
Todos avanzaron hasta la escalera que descendía hacia la capilla, de cuyo hueco ascendía un bullicio como de matanza caníbal.
—Parece que la gente se ha vuelto loca—opinó la abuela asomando la cabeza.
—Hay una expectación terrible esperando que el presidente más desgraciado de la historia la palme de una vez—dijo Nat. —Espero estar presente en el momento en que su boca de babosa deje de boquear.
—¡Nat! Recuerda que eres la subsecretaria de Salud del presidente—la amonestó Robert.
—No lo olvidaré mientras viva. Te dije que tuve que hacerle el boca a boca más de cinco minutos. Y ya llevaba esa tarde más de media botella de Johnnie Walker Red; y sabes que lo aborrezco.
—Vale, Nat. Pero intenta disimular un poco, por favor. Estamos en problemas y sólo nos falta que alguien piense que no hiciste todo lo posible por salvarlo.
—Nataly, nosotros subimos al último piso. Al ala de paliativos.
—Claro, claro. En cuanto me ponga al día con el presidente subo a veros.