La patóloga Chapter 50
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Chapter 50

XLIX.

El café estaba fuerte y muy amargo, como lo necesitaban todos. Tras un largo sorbo, a Robert se le ensombrecieron los ojos mirando a ninguna parte, y revisó su reloj.

—¿Qué hará el vasco con ese tipo? —preguntó Nataly a Clarice.

—No lo sé. Cualquier cosa se la tendría bien merecida. Es el asesino de Anne.

Robert se levantó del taburete y caminó de un lado a otro mirando el reloj en varias ocasiones.

—Nat, recoge y nos vamos. Aquí no estás segura.

—Eloitz atrapó al asesino, tranquilízate un rato.

—No tardarán en mandar a otro. Hay que salir de aquí cuanto antes.

La madre de Zac, sentada en su silla de ruedas con el café entre los sarmentosos dedos, intervino.

—Podemos ir a mi casa.

—¿A su casa? ¿Dónde vive usted? —se interesó el sargento.

—En esta misma calle, un poco más abajo. Tuvisteis que pasar por delante al llegar. Me mudé para vigilar a Zac Junior hace un mes; aunque eso es casi imposible para una persona impedida como yo. Creo que si rebuscamos en los armarios encontraremos todavía unas cuantas latas de conservas.

Robert dio un brinco hasta ella y poniéndose de rodilla la besó en mitad de la cara. Un beso sonoro y duradero,

—Es usted una maga estupenda, señora.

—Puede llamarme Margaret, joven. Esa casa la compró mi difunto esposo cuando había osos en la zona. Fue un chollo que ni se imagina, joven.

—En marcha, no podemos quedarnos aquí ni un minuto más. Nadie nos buscará tan cerca.

Robert cogió al chico en brazos, dos maletas preparadas a toda prisa y lo metió todo en el coche.

Las mujeres decidieron caminar hasta la casa: no llovía y necesitaban un paseo, un respiro después del susto; Nat era sin duda la que más lo necesitaba.

Robert vio cómo se alejaba, charlando con las mujeres con el arco atado a su espalda.

Arco que no soltaría en meses y con el que aprendería a tirar a blancos móviles.

La casa de Margaret estaba llena de polvo y con el frigorífico vacío. Pero había latas y frascos de conservas de todo tipo y tamaño, y seis litros de leche aún sin caducar.

—Nat—llamó el sargento la atención de su chica —Tengo que irme. El coronel llegará en menos de dos horas. Tuve que dejar al presidente bajo la única protección de Dorothy. Me ayudó a salir de la Gran Casa. He de volver.

—¿Dorothy, Dorothy? ¿Tu Dorothy?

—No es mi Dorothy, Nat. Lo sabes.

Pero Nat no atendía a razonamientos, si no a sus impulsos más sentimentales.

—¿Estás hablando de la loca que me pinchó las cuatro ruedas del coche y me lo rayó de arriba abajo?

—No sabemos si fue ella.

—Fue ella. Hay una grabación.

—Es una grabación de lejos y en noche cerrada, Nat. No se distingue con claridad quién es. Pudo ser cualquiera.

—Qué pánfilo eres, sargento—lo miró con una profunda decepción. —Esa mujer es de las que nunca se da por vencida.

—Te equivocas, creo que ha empezado a superar lo nuestro.

—¿Dorothy?

—Sí, Dorothy.

—No puedes hablar en serio. ¿Pero no has visto cómo se te come con los ojos cada vez que pasas por delante?

—Vale, lo que tú digas. Pero estas últimas 36 horas se ha portado. No hubiera podido salir de la ratonera sin su ayuda. Se está jugando mucho más que su trabajo. Podría terminar en la cárcel de por vida.

—¿Ves? Me estás dando la razón. Sigue coladita por ti. ¿Por qué si no se jugaría un consejo de guerra?

—Me voy. No voy a seguir discutiendo de una ex con mi futura prometida.

—Ni loca me prometo yo con un “pichaloca” como tú. Antes muerta que hacer el ridículo.

—Cuando acabe esto, te pediré la mano y me dirás que sí. ¿Y sabes por qué?

—Ni idea.

—Porque es a ti a quien se le cae la baba cuando paso por delante.

—Hasta del mejor caviar se harta una. Nada es para siempre; y mucho menos el amor, soldadito de plomo.

—Eso no te lo crees ni tú, Nataly. Y como te pongas tonta, me pienso lo de la pedida.

—Será capullo—se lanzó a sus brazos justo cuando sonó el móvil de Clarice.

Colgada del cuello del soldadito de plomo, Nat sonrió y guiñó un ojo a Clarice mientras movía los labios preguntándole: “¿Querrás ser mi dama de honor? ”. Pero el gesto de Clarice se descompuso.

—Llego en media hora.

Cortó la llamada y miró a la madre de Zac, rota por dentro, con el corazón descompuesto.

—Ha entrado en fase terminal. Le dan 48 horas máximo. Ya no despertará. Tengo que ir.

Nat reaccionó inmediatamente soltando a Robert y abrazándola a ella. La madre de Zac se sumió en la impotencia, la rabia y la desesperanza.

—Voy a por Zac—dijo el sargento ascendiendo el tramo de escalera.

—No sé si podré con esto, Nat. No lo sé.

—Podrás. Claro que podrás. Y yo estaré a tu lado, a vuestro lado—puso una mano sobre el hombro de Margaret. —Y ahora no os quiero ver llorar. Tomad aire, recordad lo fuerte que es Zac y no lo hagamos pasar peor de lo que ya es a Zachary Junior. ¿De acuerdo?

—Gracias, Nataly. Has regresado en el peor momento—dijo con la voz quebrada su amiga.

—Te equivocas, he regresado cuando más falta hacía, amor.

Abandonaron la casa sin decir ni nada. Zac junior hacía miles de preguntas, pero el soldado tuvo la ocurrencia de jugar “a ver quién la caga primero”

—Zachary—llamó la atención del niño al ver que no dejaba de preguntar por qué iban tan pronto a visitar a papá—, sabes cómo se juega a “ a ver quién la caga primero ”

—¿Existe un juego que se llama así?

—Por supuesto.

—Hala… Mamá. ¿Podemos jugar?

—Claro, pero no sé si sabrás.

—Es verdad, soldado de plomo—repitió las palabras con las que Nat lo había definido ante él.

—Llámame Robert o sargento.

Zachary miró a su madre y rio por lo bajo. Nunca había llamado sargento a nadie.

—Sargento. ¿Es difícil ese juego?

—Mi hermano Andrew, que nunca ha sabido ni freír un huevo, siempre ganaba.

—¿Lo ves, mami? Es muy fácil. ¿Puedo jugar?

—Sí, si prometes no enfadarte si pierdes.

—Lo prometo—se santiguó y levantó dos dedos tras besárselos. —¿Cómo se juega, sargento?

—Es un juego en el que lo más importante es la tenacidad y la obstinación. ¿Sabes lo que es eso?

—Sí. Como el vasco del bosque. Que es más terco que una mula.

—Eso es. ¿Tú eres muy terco?

—No lo sé. ¿Lo soy, abuela?

—Cuando quieres un helado, más que la mula más tozuda del planeta.

—Estupendo, Zaki. Presiento que este juego se te va a dar de maravilla—sacó la mano hacia atrás para que el niño la chocara.

Zaki lo hizo. Después se le quedó mirando con los ojos abiertos como lunas llenas y una sonrisa de anuncio.

—El primero que hable es quien la caga. Desde ahora y hasta que aparquemos en el hospital, nadie puede abrir la boca. El primero que lo haga la habrá…

—Cagado—completó Zaki lleno de emoción.

—Zaki, la has cagado. Has hablado—dijo Robert dejándolo de piedra.

—Pero eso es trampa, sargento. Mami, aún no había empezado el juego. Díselo.

—Dijiste que no te enfadarías, Zaki.

—Pero es que ha hecho trampas. Juguemos de nuevo. Empiezo yo. Desde ahora, y hasta que lleguemos al hospital, el primero que hable la caga—y cerró la boca mirando a todos indistintamente.

Zac aguantó más de quince minutos haciendo gestos de cerrarse la boca con una cremallera o de poner un candado en sus labios y tirar la llave. Luego se durmió de aburrimiento, aunque ni se dio cuenta.

Todos descansaron al verlo dormir y Nat apoyó una mano en hombro de su soldadito.

—Nunca falla con los críos—sonrió feliz.

—¿De dónde te has sacado ese juego?

—Mi padre era muy cabrón y más vago que la mandíbula de arriba, pero como todo espabilado que logra vivir toda la vida sin dar palo al agua, era listo como los coyotes más solitarios. Durante años nos hizo jugar a “a ver quién la caga primero”, aunque nadie quisiera.