Chapter 49
XLVIII.
Clarice detuvo el vehículo a la entrada. La luz del salón estaba encendida. Los recuerdos de una vida entera se desprendieron, cayendo sobre su alma.
—Ni respires, Clarice. No salgas del coche y baja la cabeza hasta que yo me ocupe de ver qué pasa.
Clarice se resistió forcejeando con la puerta. Robert no se daba cuenta de que no podía escuchar una sola de sus palabras.
—Baja la cabeza—la empujó hacia abajo. —No me jodas y estate quiera de una puta vez. No puedo entrar ahí con alguien que dejaría que la mataran inútilmente por salvar a su hijo. Esto no funciona así. Las locuras de una madre no lo salvarán. Sólo lo condenarían. Yo lo sacaré. Espera aquí.
Las palabras “sólo lo condenarían” hicieron mella en Clarice, que dejó de forcejear. Aquel tío no sabía de filosofía griega, pero estaba claro que sabía cómo afrontar situaciones de peligro.
—Si no sales en tres minutos, entraré—advirtió con tal convencimiento que Robert pensó que no aguantaría ni dos.
—Vuelvo enseguida—salió disparado del coche sacando el arma de debajo del brazo.
Segundos después se coló por la terraza apuntando en todas direcciones.
Clarice se incorporó desobedeciendo las órdenes de permanecer agazapada y a resguardo.
El sargento la miró desde la entrada e hizo el gesto con la mano para que se volviera a agachar.
Clarice no hizo caso, solo le señaló la muñeca indicándole que el tiempo corría.
Robert insistió con el gesto de la mano y Clarice volvió a mostrar su muñeca con rabia, a lo que Robert se dio por vencido y desapareció en el interior.
Pasaron los dos minutos y el sargento volvió a aparecer, esta vez con Nataly y Zac, uno bajo cada uno de sus brazos. Clarice sonrió, aún muerta de miedo, y corrió hacia el pequeño llorando desconsoladamente.
—¿Papá ya se ha ido? —dijo el chico soñoliento.
—Qué va. Papá está bien.
—¿Por qué lloras?
—Porque tuvimos un susto en la carretera y creí que no volvería a verte.
—¿Un susto? ¿Se cruzó un jabalí?
—Casi. Un gamo enorme. Pero pude esquivarlo en el último momento. Ha sido toda una suerte llegar sanos y salvos a casa.
La suegra de Clarice se asomó en la silla de ruedas a la terraza.
—Veo que hoy no puede pegar ojo nadie. ¿Preparo café para todos?
—Usted acueste a Zac, yo preparo el café.
— Venga , vamos a la cama. Es domingo y hay que dormir hasta las diez. Y aún faltan dos horas para eso.
Zac corrió hacia su abuela y comenzó a empujar la silla sin parar de hablar del enorme gamo que su madre había esquivado.
—¿Y el intruso, Nataly?
—Conseguí herirlo en el brazo, solo un rasguño. Se me echó encima y me agarró por detrás. No podía respirar y pensé que me desmayaría. Era un tipo no muy alto, delgado pero muy fibroso.
—¿Cómo te soltaste?
— Cuando lo daba todo por perdido apareció el vasco enorme. Le hizo la misma llave con la que me estaba ahogando a mí, se desmayó en menos de un minuto y se lo llevó a rastras.