La patóloga Chapter 48
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Chapter 48

XLVII.

Salió del coche con sigilo y el cuchillo de combate en la mano.

No había más movimiento ni luces encendidas.

Bordeó la piscina, invadida por la maleza y hojarasca a medio pudrir, y empujó la puerta de la terraza hacia un lado: «La zorrita ha puesto el pestillo».

Pero aquello no incomodó a Edmundo lo más mínimo; para un experto asesino abrir el pestillo de una corredera de jardín era un juego de críos.

Se agachó e introdujo el enorme filo del cuchillo bajo una de las hojas, justo debajo del cierre.

Afinó el oído y no escuchó nada. Haciendo palanca, levantó la hoja sacándola del pestillo y de la guía por la que se deslizaba.

Ya estaba dentro. Entró como un gato, con los ojos brillantes y la espalda encorvada por la excitación.

En unos segundos tocaría por fin aquella piel suave como el terciopelo.

—¡Salga de esta casa, ya! —surgió de la oscuridad su deseado ángel.

Edmundo, viéndola con su arco y aquel camisón ajustado sintió que una valkiria salida del paraíso venía a su encuentro.

—¡Cinco, cuatro, tres, dos…! Largo o disparo. ¡Unooo!

Pero Edmundo vio enseguida que a la zorrita rubia le temblaban las manos y que la cuenta atrás era una enorme equivocación.

El psicópata se echó a un lado justo cuando Nat pronunció el “uno” y la flecha sólo le rozó el brazo.

Sus ojos brillaron en la oscuridad, como los de un lobo ante un indefenso corderito.

Al soltar la flecha, Nataly se dio cuenta de su error.

Un arco sin flecha no servía para nada, y aquel tipo la alcanzaría mucho antes de que ella pudiera armarlo de nuevo.

En tres veloces pasos, el tipo la agarró situándose a su espalda y la inmovilizó por el cuello. Era muy fuerte, mucho más de lo que su estatura y delgadez insinuaban.

—Jamás hagas una cuenta atrás, estás indicándole a tu enemigo el momento del ataque.

—Gracias por el aviso—se revolvía Nat sin poder escapar. —Pero te pondrán unos cuantos puntos en ese brazo.

—Te devolveré el corte multiplicado por mil—se chupó el hilo de sangre que corría por su brazo. —Te aseguro que no merecerá la pena coserte cuando te encuentren. ¿Cuál es la habitación del crío?

—Que te jodan.

—Andando, me ayudarás a buscarlo—la arrastró hacia la escalera. —Con que vayas diciendo “caliente” o “frío” será suficiente—arrastró una risa corrosiva que se cortó de golpe.

Nat se dio la vuelta sin entender nada. En la oscuridad, una enorme mole sujetaba del pescuezo al psicópata.

—Nataly, sal de aquí. Este mamarracho queda bajo mi custodia.

—¿Eloitz?

—Ve arriba. Comprueba que el mutila este bien y acuéstate. Yo me ocupo de aquí en adelante. Y un consejo, aprende a disparar a blancos en movimiento.

Se giró con Edmundo bien sujeto del cuello y ambos desaparecieron por la puerta que daba a la piscina.