Chapter 47
XLVI.
—¿Qué es lo que tengo que ver? ¿No nos conocemos y ya me llevas de viaje?
—Calla, tengo que pensar.
—¿Al menos me dirás dónde es la fiesta?
—Vamos a Woonsocket. Y no habrá ninguna fiesta.
—Mejor, odio las fiestas. Soy bastante asocial y hermético.
—Te aseguro que preferirías la peor fiesta del mundo a lo que nos encontraremos allí.
—Sólo preferiría ir a una fiesta si la otra opción fuera el infierno.
—Pues vamos al infierno, Robert. Y ahora calla. Hay que ver lo parlanchín que eres para ser tan asocial y hermético.
—Será que me has caído bien, Clarice.
Media hora después, tras seguir las indicaciones del navegador, Clarice aparcó en la esquina de la calle Front con Pine, junto al río Blackstone. Se trataba de una casa unifamiliar con un terrenito bien cuidado que la circundaba.
—¿Quién vive aquí?
—Hace 36 horas murió un chico de doce años llamado Eric Rice. Vivía aquí.
Robert no dijo nada, sólo escuchaba mirando fijamente a Clarice.
—Hice su autopsia. Un atropello tras el que quedó irreconocible.
—Es domingo y estarán preparando el entierro. ¿No podías haber dejado esto para otro momento?
—Por desgracia no podía esperar. Tengo que averiguar algo.
—Clarice, yo no soy quién, pero es un momento terrible. Además, no sé qué pinto yo aquí.
—Tienes que ver algo.
—¿Aquí? ¿En esta casa? Jamás había estado en Woonsocket. Ni sabía que existía.
—Lo sé. Pero tienes que ver algo. Vamos.
Eran las ocho de la mañana de un domingo luminoso cuando Clarice llamó a la puerta. Tanto ella como su acompañante sabían que en aquella casa nadie había pegado ojo desde hacía muchísimas horas.
—¿Quiénes son ustedes? Estamos de duelo—abrió una mujer que podría ser la abuela de Eric.
—Soy Clarice Morgan y el él el sargento Robert. Yo me encargué de la autopsia del chico. Tengo que hablar con la madre o el padre de Eric.
—Eso será imposible. Están destrozados. Tendrán que volver en otro momento.
—Ni imagino lo mal que deben de estar, y si pudiera esperar, esperaría. Pero hay otras vidas en peligro. Creemos que fue un atropello intencionado.
Al escuchar aquello, la abuela de Eric se tambaleó. Robert la sujetó ayudándola a entrar en la casa.
—Señora, vayamos dentro. Tiene que recostarse unos minutos. ¿Dónde está el salón? Yo la ayudo.
—A la derecha—musitó con los ojos idos.
Medio a rastras, el sargento la condujo hasta la sala. Al asomarse, una mujer que miraba por la ventana se asustó.
—¡Mamá! ¿Qué le ha pasado?
—Sólo es un mareo. En cuanto apoye la cabeza y levante los pies unos minutos se restablecerá.
Clarice se asomó a la puerta y cruzó la mirada con la de la madre de Eric, que la reconoció del encuentro en la sala de espera del anatómico forense. Se derrumbó en un mar de lágrimas.
Clarice se acercó y la abrazó. Las lágrimas se derramaron sobre el cuello y el hombro de la patóloga.
—Cuánto lamento que nadie pudiera hacer nada por él. Le doy mi más sincero pésame. Pero tiene que ser fuerte. Ahora más que nunca.
Ella se separó y dejó de llorar mientras cabeceaba afirmativamente.
—Necesito que me atienda unos minutos. No estaría aquí si no fuera imprescindible. ¿Podrá ser fuerte por Eric?
—Lo intentaré—respondió con la voz quebrada.
—Vamos a sentarnos—la condujo con ternura hasta el sofá.
Ella se dejó hacer y ambas se acomodaron una junta a la otra, con las manos entrelazadas.
—Tengo entendido que Eric era hijo único.
Ambas mujeres se echaron las manos a la cara.
—Sea fuerte… Es importante atrapar a quien lo hizo. ¿Era su único hijo?
—Lo era.
—Eso lo hace todo más duro.
—Lo tuvieron ya muy tarde—miró a la madre a los ojos.
—Fue muy deseado. No imagina cuánto nos costó tenerlo. Yo había perdido casi la esperanza. Mi marido ya estaba tramitando los papeles para la adopción, pero dimos con la clínica de fertilidad que obró el milagro.
—¿En Rhode Island?
—Sí. Su nombre es “Prodigy”. Aseguran que no hay embarazo imposible, y con nosotros lo lograron. La fecundación in vitro ya la habíamos intentado antes, pero siempre había fracasado. Ellos nos propusieron un ICSI, una técnica muchísimo más avanzada.
—¿Cómo dieron con la clínica? ¿Se la recomendó alguien?
—Fue “Prodigy” quien se puso en contacto con nosotros para ofrecernos una solución que jamás había fallado.
—Así, ¿sin más?
—Nos explicaron que tenían un departamento que estaba en contacto con más 600 clínicas de fertilidad repartidas por todo el estado. Que buscaban los casos “imposibles” para dar la última oportunidad a los más desesperados. Esa era nuestra situación, desesperada; y no pudimos decir que no.
—Supongo que fueron días muy intensos…
—No imagina cuánto. A primera hora de la mañana tenía una ambulancia, cortesía de Prodigy, aparcada en la puerta de casa. Y a partir de ahí, todo fue rapidísimo. En menos de una semana estaba embarazada de Eric.
—Si la llevaron en ambulancia desde su casa, Prodigy tiene que estar cerca. ¿Aquí mismo? ¿En Woonsocket?
—No, qué va. El viaje fue de más de dos horas, casi tres.
Me llevaron y trajeron hasta Crompton en West Warwick en cuatro ocasiones.
¿Se imagina lo que pueden costar esas carreras en una ambulancia de primera clase?
No menos de 15000 dólares, seguro. Le aseguro que Prodigy se portó increíble, y nunca nos pasó una sola factura.
Su director, el señor Cronwell, un ángel caído del mismo paraíso siempre decía que «una madre se lo merece todo» Y que para él era suficiente con que le aseguráramos que amaríamos a sus “creaciones” siempre.
—¿Llamaba “creaciones” a los bebés?
—Lo hacía cariñosamente, claro. El director Cronwell siempre afirmaba que poder ayudar a crear vida era la mayor evidencia que podía existir de que Dios nos había hecho a su imagen y semejanza. Y en eso hay que darle la razón.
Clarice miró a Robert, que pensaba lo mismo que ella. Que aquel tipo tenía que ser un ególatra, megalómano, narcisista de libro. Alguien que se creía tocado por la varita de Dios.
—¿Podría ver una foto de su hijo?
La abuela, atenta a la conversación, se levantó y cogió una foto familiar del aparador sobre la tele.
—Es del año pasado. Recién cumplidos los once años—aclaró la abuela depositando la foto en las manos de Clarice.
Eric era extremadamente parecido a Damien Palmer.
En la foto Eric, aparecía con el pelo muy rapado, tostado por el sol y con once años.
El cadáver de Damien tenía el pelo bastante largo y el crío ya había cumplido los doce.
Era difícil saber si eran gemelos, pero desde luego podrían pasar por hermanos.
—Robert, sujeta un momento la foto, quiero hacerle una fotografía.
—Disculpe señora, vuelvo en seguida—se desprendió el sargento de la mujer y tomó la foto.
Clarice se quedó observando al sargento de reojo.
Había metido la mano en el bolso para buscar su móvil, pero toda su atención se centraba en el sargento Robert.
No fue al primer vistazo, ni al segundo…
pero al tercero, observó cómo el sargento miraba la foto atentamente…
Clarice se dio cuenta de que reconocía al chico.
—Gracias sargento, es usted muy amable—le arrebató la foto de la mano, haciéndole un gesto contundente para que no abriera la boca.
La conversación continúo, tratando de dar apoyo en aquellos momentos en los que el infierno había caído sobre la familia. Media hora después se fueron, abrazándose para despedirse.
Robert intentó abrir la boca en varias ocasiones. Ella lo hizo callar cada una de ellas: dos codazos y una patada en el lateral del gemelo. Luego entraron en el coche saludando a madre y abuela con gesto de circunstancias.
—Lo has reconocido. Es el chico al que dispararon en la cabeza. Al que quitaron el corazón para ponérselo al presidente Turner.
—Si no es él, podría ser su gemelo. ¿Cómo lo supiste?
—No lo supe, pero lo intuí—arrancó Clarice el vehículo y puso rumbo de vuelta. —Ahora háblame de la diana en la espalda de Nataly. ¿Cuándo y quién se la pintó?
—Se la puso el coronel Maxwell. Es quien está al mando de la seguridad de la Casa Blanca. Nadie manda más que él allí. En ocasiones creo que ni el mismo presidente.
—¿Fue antes o después del infarto?
—Después. ¿Intuyes que el infarto del presidente y todo lo demás está interconectado?
—Eso no es una intuición, Robert. De eso estoy segura. Pero hay que demostrarlo.
El sargento trató de asimilar las palabras y se recostó mirando al techo.
—¿Por qué pondría una diana en la espalda de Nataly? No tiene ningún sentido. Es la subsecretaria de Salud presidencial.
—Ni idea, Clarice. Me choca tanto como a ti.
—Robert.
—¿Qué?
—No estoy preguntándote nada, sólo ordeno ideas. Cállate, por favor.
—Vale. Pero hay una cosa rara…
—¿Rara…?
—Rara para un soldado como yo… Pero me callo y te dejo preguntarte cosas a ti misma.
—Robert…
—Ya me callo.
—ROBERTTT…
—Está bien. Minutos antes de que me ordenaran partir el cuello de Nataly, llegó un mensaje a su móvil oficial.
—¿Recuerdas lo que decía?
—Por supuesto. Pero tendrás que disculparte si quieres que te lo diga.
—¿Disculparme? ¿Por qué?
—Por tanta bordería . Se supone que somos un equipo. Estamos en el mismo bando. Desde que me obligaste a venir, sin ninguna explicación, has correspondido a mi amabilidad siendo una desagradable. Nat me advirtió de que eras una mari sabionda, pero no de que tuvieras esa mala sombra.
—¿Y?
— Que no me dejas hacer nada.
—Vale. Perdona. Y ahora dímelo.
—Promete que a partir de ahora serás más considerada.
—¡¿Lo dices o no!?
—Joder… hay que ver qué mala leche.
—Suéltalo ya, por el amor de Dios.
—Está bien. El mensaje era “código Higiea”.
Clarice comenzó a rumiarlo en la boca, a masticarlo, a sacar todo su contenido.
—En el ejército, todos los códigos son para algo específico.
—¡Robert!
—Ya… Que me calle.
—Pues eso.
Recorrieron más de diez kilómetros antes de que Clarice volviera a abrir la boca. En 10 minutos estarían ya en casa, y aunque esa noche no había dormido ni un segundo, tenía un millón de cosas por hacer.
—Si no me equivoco, en el ejército los códigos se seleccionan en base a su función. ¿Es así?
—¿Puedo hablar otra vez?
—Puedes.
—Sí, es la manera en la que los implicados saben inmediatamente su cometido. ¿Qué piensas?
—En que de Higiea viene el término higiene. En la mitología griega Higiea o Higía, fue una diosa menor de la salud. Se le atribuían poderes de sanación, remedios curativos y diversos procedimientos médicos.
—El código Higiea es evidente que puso en marcha un protocolo para salvar al presidente—culminó Robert los pensamientos de Clarice. —Lo que no logro entender es por qué el coronel puso la diana en la espalda de Nat. Es la subsecretaria de salud del presidente.
—Nat no estaba al tanto del protocolo, de eso estamos seguros. Desconocía que existiera.
—Así es.
—Robert, estoy atando cabos. No es necesario que confirmes continuamente lo que digo.
Y continúo. Ese protocolo ha puesto en marcha un engranaje planificado hace mucho tiempo que se ha llevado por delante al menos a seis personas.
Nat jamás hubiera estado de acuerdo en algo así, por lo que nunca la pusieron al tanto del código.
—¿Puedo?
—Di.
—Cuando le llegó el mensaje se sorprendió. No sabía de qué iba. Acabábamos de echar un polvo.
—Gracias por la confirmación y el contexto. Estoy convencida de que alguien envió ese código tan turbio a Nataly equivocadamente. Ahora estáis los dos en peligro. Nataly por recibir una información reservada que nunca debió recibir, y tú por desobedecer órdenes directas.
—¿Puedo decir algo? —habló Robert.
—Di.
—La Casa Blanca no deja cabos sueltos jamás. Todo tiene sentido.
Una llamada llegó al móvil del sargento.
—Es Nat. Seguro que el satisfyer no da la talla como yo.
—Dile que llegamos en diez minutos, hombretón.
Robert contestó con una enorme sonrisa pintada en la cara. Nat se había metido hasta el fondo de su corazón. Les pasa hasta a los tíos con la apariencia más dura.
—Llegamos en diez minutos. Prepárate para lo mejor de tu vida.
—¡Robert! —sonó la voz de su chica más que asustada. —Alguien ha entrado en casa.
Robert se puso en alerta.
—Acelera Clarice. Pisa hasta el fondo—ordenó tajante. Clarice lo miró y obedeció.
—¿Cómo lo sabes?
—He escuchado un suave golpe y cómo la puerta de la terraza se deslizaba—hablaba en susurros contenidos.
—Coge al niño y a la abuela y escondeos en la habitación más alejada. Estamos de camino—llegamos en cuestión de minutos.
—Tengo mi arco, Robert. Y varias puntas de acero estriadas.
—¡No hagas una mierda con el arco, Nat! ¡Ese tipo tendrá un arma de fuego! ¡Escondeos ya! ¡Es una puta orden!
—Lo oigo, está en el salón… Lo pillaré por sorpresa.
—No, Nat. Ni se te ocurra. No sabemos si tiene compañía.
Luego la voz de Nataly desapareció. Robert, con la oreja muy pegada al auricular, sólo podía escuchar su respiración entrecortada. Un instante después, la llamada se cortó.
—Pisa, Clarice. Cuando lleguemos sal del coche y encóndete en el bosque.
—Ni de coña. Mi hijo está en casa.
—Te meterás en el bosque y no harás ningún ruido. Yo me ocupo de ese hijo putx. ¿Lo has entendido, tía lista?