Chapter 46
XLV.
—Pon en marcha la brigada de lobos, hay unas ovejas descarriadas que devorar. Salimos en diez minutos—ordenó el coronel al capitán Meyers, su esbirro más fiel y despiadado.
—¿Con qué destino, señor?
—Rhode Island Hospital. Recuperaremos al presidente y restableceremos el orden en Washington. Tendrá la oportunidad de resarcirse con su “amigo” Bonneville.
Al capitán se le perfiló una sonrisa diabólica en los labios. Lo había odiado desde el mismo instante que lo vio, cuando Nataly, su presa más preciada en el interior de la Casa Blanca fijó su atención en él.
—Estoy hambriento, coronel—salió del despacho de Hellen colocándose la gorra reglamentaria.
Hellen escuchó la conversación de espaldas, sin abrir la boca, mirando distraídamente por la ventana. Era aún de noche, aunque amanecería pronto, y sólo deseaba perder de vista a aquel monstruo con el que firmó un contrato que no debería haber firmado.
—Hellen, coja lo indispensable. Nos vamos.
—Creo que ya he hecho todo lo que estaba en mis manos por el presidente.
—Aún no. Tiene que poner en pie a Donald.
—No creo que eso esté en mi mano. Ni en la de nadie… Eso que pide está en manos de Dios.
—Pues tendrá que pedírselo a Dios con insistencia. La contraté para salvar al presidente en una situación como esta. Y aún no ha cumplido su cometido.
—No me contrató para formar parte del asesinato de un crío, coronel.
—Hice lo que tenía que hacer, Hellen—la agarró del cuello y la estampó contra la pared. —Nadie pone en entredicho mis decisiones. Creo que aún no lo ha entendido. ¿Me empieza a captar, Hellen?
Hellen pateaba contra la pared intentando respirar. Sacó las uñas para clavárselas en la cara, pero la envergadura del coronel era dos palmos superior a la de ella y su cuello estaba a punto de romperse.
—Si usted olvida lo que vio, quizá yo pueda olvidar lo que acaba de decir que vio. ¿Me sigue?
Hellen movió dos milímetros la cabeza afirmativamente.
—¿Cree que podrá olvidarlo? —aproximó su cara a la de Hellen, que ya empezaba perder la conciencia por la falta de aire. —O mejor. ¿Acaso ha ocurrido algo que nuestro país no requiriera, doctora? —acercó sus ojos a los de Hellen como una fiera a punto de morder.
Hellen hizo lo único que pudo, pestañear arriba y abajo afirmativamente.
—Presiento que por fin me entiende. ¿Cree que estoy en lo cierto?
Hellen, aún más desmayada, volvió a pestañear con sus últimas fuerzas.
—Entonces recoja lo imprescindible. El presidente de los Estados Unidos la necesita. No... El país entero necesita que su presidente retome su quehacer diario cuanto antes. Y eso depende de usted y no del buen Dios—la depositó en el suelo mientras tosía espasmódicamente retomando el aliento.