Chapter 45
XLIV.
Nada más montar en el coche, Clarice llamó a Nataly, que se tomaba un café en la cocina con el pelo revuelto.
—¿No puede hacerlo la poli?
—Está en ello, pero no confío demasiado. Tu soldadito del presidente quizá pueda mover algún que otro satélite, o poner unos drones de espionaje antiterroristas en el aire. Hoy va a hacer un tiempo estupendo para volar.
—Clarice, aquí hay gato encerrado. ¿Qué pasa con ese coche?
—Es el que atropelló a Eric Rice y creo que quien lo conduce asesinó a la familia a la que acabo de hacer la autopsia.
—Hay algo más, Clarice. No me pedirías que intente mover fuerzas del gobierno por eso. ¿Quién es ese tipo?
—Creo que el asesino de Anne. Anne Miller.
Se hizo un silencio eterno que rompió la propia Clarice.
—Presiento que está muy cerca, Nataly. Hay que encontrarlo antes de que mate a alguien más.
—Un segundo Clarice, que tocan el timbre.
—¡Nat!¡Nat! No abras a nadie—pero Nataly ya no la escuchaba.
Clarice miró la hora en la pantalla del coche, casi las ocho.
Arrancó el motor y el manos libres se conectó.
«¡Joder Nataly! Nadie toca el timbre de una casa en mitad del bosque a las ocho de la mañana.
Trabajas en la Casa Blanca, ¡JODER! Deberías saberlo».
Un pequeño bullicio se escuchaba, a través un torbellino de interferencias, desde el otro lado de la línea.
Clarice se estaba volviendo loca y golpeó el volante con fuerza.
—¡¿Qué está pasando!?, —gritó atacada, era imposible saber si el ruido provenía de una pelea.
Clarice aceleró a fondo. El rugido atravesó la noche como un trueno: su casa, en coche, se encontraba a menos de diez minutos, pero haría el recorrido en la mitad de ese tiempo.
—¡Nat, Nat! ¡¡¡Dime algo!!! ¡¡¡¿ESTA TODO BIEN?!!!
El corazón de Clarice era el de una yegua de carreras a toda velocidad. Comenzó a hiperventilar y el sudor se le metió en los ojos.
—Clarice, Clarice. ¿Me oyes?
—Claro que te oigo. Me has dado un susto de muerte. ¿Quién es?
—¡Mi soldadito de plomo! —gritó de pura ilusión al móvil. —Y está más guapo que un Arcángel caído del cielo. ¡Te lo tengo que presentar! —había puesto el móvil en manos libres.
—Hola, soy Robert, el soldadito de plomo de esta descerebrada.
—A ver a quién llamas descerebrada, atontado.
—Tu amiga tiene razón. Has abierto la puerta a la buena de Dios. Sin tan siquiera preguntar.
—No pretenderéis que empiece como los serenos en pleno siglo XXI. Me tomarían por loca. Imaginaos: ¿Quién va? ¿Quién vaaa? —empezó a reírse mientras se tiraba encima del soldado.
—Llego en cinco minutos, Nat. Prepara café, que tenemos que hablar y tengo prisa.
Aparcó y salió del coche dejando el motor en marcha.
El sol comenzaba a salir, aunque el frío no cedía, ni lo haría hasta la primavera.
Para entonces ya sólo estarían ella y Zac junior.
Tuvo que apoyarse un segundo en el capó ante aquella visión.
El cerebro, o el corazón, comprenden la verdad de algo cuando menos se lo esperan.
Clarice llevaba viviendo meses con la muerte, con las caras largas, con los ojos esquivos de médicos y enfermeras…
pero a pesar de vivir rodeada por la muerte no había tomado conciencia de ella hasta ese instante.
Ella era dura, era sensata, y era una de las personas más experimentadas en presenciar el sufrimiento.
Sin embargo, no había sabido cómo afrontar el suyo propio.
Era demoledor como, tras meses siendo testigo del deterioro de Zac, terminara dándose cuenta ahora de que moría.
De que su lucha por la esperanza había sido inútil.
—¿Estás bien? —abrió la puerta de entrada Nat y salió a su encuentro, al percatarse de que algo le ocurría.
—Sí. Es solo un mareo. Necesito ese café bien cargado. ¿Está tu soldadito dentro?
—Prepara un café horrendo. Pero lo compensa con creces con otras cosas.
Nat la abrazó y la acompañó adentro. El coche permanecía arrancado, calentando el interior para cuando regresara y volara a hacer una visita que no quería, una de esas que odiaba con toda su alma: tras ellas no volvía a ser ella misma en días, pero no tenía otra opción.
—Gracias por acoger a Nataly en estos momentos tan complicados para ella—agradeció el soldado ofreciéndole un café. —Este café levanta a los enfermos de las camas. Es una receta que un curandero de Harlem me enseñó. Si no echas las tripas, te mantendrá despierta dos días.
—No sé si agradecértelo, Robert—lo cogió y bebió un sorbo. —Y ahora explícame a qué te refieres con momentos tan complicados para Nat.
—Robert, vaya boquita de buzón que tienes. Te dije que no había que preocuparla. Ya tiene bastante con todo lo que tiene—le dio un cogotazo con la mano bien abierta.
—¿Has cabreado a algún tío que esperaba casarse contigo?
—Mucho peor. He cabreado a la Casa Blanca. Me han puesto una diana en la espalda. Estoy casi muerta.
—No habrás abofeteado al presidente…
—No, aunque debí hacerlo en varias ocasiones. Ese hombre era un cerdo.
—¿Cómo que era?
—La espichó.
—Pero ¿cuándo?
—Tiempo muerto, chicas—las cortó el soldado. —Nataly, el presidente sigue vivo.
—Si hablas del presidente Donald Turner, no me lo creo.
—Pues créetelo. Ahora mismo está a menos de cuarenta minutos de donde estamos.
—Se te va la pinza Robert. Donald palmó en el puñetero despacho oval.
—Yo mismo lo he ingresado hace una hora en el Rhode Island Hospital. Lo dejé con los huevos metidos en un scanner que parecía una nave espacial.
—Pero ¿cómo es posible? Fue un infarto fulminante.
—El coronel se cargó a un crío delante mío para sacarle el corazón y ponérselo al presidente.
—¿Eso cuando ocurrió? —intervino Clarice.
—Hace dos días. En la clínica privada que hay bajo la sala oval. Apareció un crío de improviso. Ni idea de dónde pudo salir. El cabrón de Maxwell lo ejecutó sin pestañear delante del mismo equipo médico que debía hacer la operación. Fue una puta ejecución. Un disparo en la cabeza.
Clarice miraba a todas partes, como si temiera que tantas muertes pudieran alcanzarla a ella y a su familia.
—Todos estamos en peligro
—Nat, me tengo que llevar a Robert. Serán un par de horas.
—Ni de coña. Me lo voy a tirar veinte veces. No sé si llegaré a mañana con los soldados de la Casa Blanca tras mis pasos. ¡Entiéndelo!
—Antes tiene que ver algo, y no puede esperar. Es importantísimo.
—¿Más que disfrutar de mis últimas horas?
—Más, Nataly. Tengo el Satisfyer Pro-2 en la mesilla. Puedes ir calentando motores. Me lo llevo—se puso a su espalda y comenzó a empujarlo hacia la puerta.
Nataly miró la escena desconsolada. Vio cómo se encaminaban al coche y como su soldadito de torso perfecto le lanzaba un beso, que cogió en el aire y rechupeteó.
Luego entraron y el vehículo echó marcha atrás.
Pero cuando se iba a dar la vuelta pensando en la oferta de Clarice, Robert asomó medio cuerpo por la ventanilla:
—¡Nat!
—¿Qué?
—No te Satisfayas demasiado. ¿Ok?
—Pues no tardes o te la tendrás que menear tú solito.