La patóloga Chapter 44
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Chapter 44

XLIII.

La oscuridad en el interior del bosque de Seekonk era tenebrosa.

Un búho ululaba entre la arboleda y el riachuelo que discurría junto a la cabaña: era lo único tranquilizador que Clarice sintió al descender del coche.

Encendió la luz de su linterna y caminó hacia el cobertizo.

La puerta estaba cerrada. De una rendija del suelo emanaba una luz mortecina: Eloitz estaba trabajando en su búnker privado.

Se acercó y pisó una palanca semi oculta entre los tablones, junto a una trampilla de madera…

Inmediatamente comenzó a deslizarse hacia un lado; no era la primera vez que entraba en el búnker secreto del vasco.

Era su santuario, y en su construcción había invertido meses de sudor y hasta el último dólar de la bolsa con el dinero que Anne le había dejado.

Apagó la linterna y descendió por la escalera de hormigón perfectamente iluminada.

Una vez abajo, la trampilla volvió a cerrarse a su espalda, pero Clarice no sintió miedo, sino seguridad.

—Sabía que no me harías caso—dijo Eloitz ante un tablero de cuatro metros de largo por dos de alto cubierto de fotos, documentos oficiales y recortes de prensa.

—Estamos cerca, Eloitz. Mis tripas me lo dicen. Está aquí. Muy cerca. Es nuestra oportunidad de atraparlo.

—Confío en los retortijones de tus tripas, ya lo sabes. Si no te equivocas, esta vez lo atraparemos. Mary Elizabeth, el vasco siempre llamaba así a la madre de Anne, morirá pronto. No dejaré que lo haga sin hacer justicia. Es lo mínimo que puedo hacer por ella.

Aquel sótano no era un sótano propiamente dicho, era un “nodo táctico autónomo muy difícil de descubrir y destruir”.

El espacio lo había cavado el grandullón con sus propias manos, lo que le llevó meses de duro esfuerzo: « Tantos meses entre rejas me tienen anquilosado.

Me vendrá bien poner los músculos en forma », se dijo tomando un pico antes de comenzar el enorme hoyo.

Luego lo contorneó con una estructura de hormigón armado de un metro, lo que lo volvía casi indestructible en caso de ser atacado con munición convencional.

En el centro, el único puesto de control ergonómico lo formaban tres monitores de 49” curvos, una estación de trabajo con tecnología RISC militar y un sillón en el que su ocupante podía pasar horas sin notar el cansancio.

El sistema KVM sobre IP que Zac, su esposo, había configurado para él, permitía la conexión satelital.

Las líneas subterráneas redundantes de alta velocidad las pinchó, a través de varios cortafuegos, el propio Eloitz.

Conectarse a la red del Estado de cámaras de videovigilancia urbana era un delito muy grave penado con muchos años de cárcel y Zac decidió no hacerlo personalmente, sino enseñar al vasco lo necesario para hacerlo.

Luego Eloitz, que aprendía rápido, profundizó en las conexiones con scrapers de fuentes abiertas, monitoreo con Genetec Omnicast…

Todo el Estado estaba a su alcance; aunque no se puede encontrar algo si no sabes lo que estás buscando.

Clarice se situó a su derecha. Una tira de led que recorría toda la pared iluminaba el enorme tablón de punta a punta.

—¿Has encontrado algo?

—No. He impreso la documentación del atropello y de los asesinatos de la familia. Fotos, declaraciones de testigos… La información existente es poca, la inicial en casos como estos. En unos días habrá más.

—No tenemos unos días. Quizá no tengamos ni horas. Tiene que haber algo.

Eloitz se apartó del tablón y volvió al puesto de control.

—Voy a comprobar las bases de datos de la policía. Quizá hayan actualizado algo.

Clarice se acercó y se puso a su espalda. Tras romper un cortafuego, accedió al archivo del banco de datos del Estado. Atravesó varias carpetas y llegó al expediente del chico atropellado. La última actualización era de hacía casi cuatro horas.

—No hay nada nuevo.

Luego buscó el de la familia y encontró lo mismo: la última actualización era de dos horas antes.

—Tampoco. Habrá que esperar—cogió una foto de Anne que tenía sobre la mesa. Se trataba de la última instantánea antes de su asesinato. Era el selfie que se había hecho sólo una hora antes de desaparecer, en la esquina de una tienda de mascotas que adoraba.

Al verla, un chispazo iluminó la mente de Clarice. Le arrebató la foto de las manos y volvió junto al panel de pruebas. La puso junto a otra fotografía que se había realizado en el lugar del atropello.

—¿Podría ser el mismo coche? —llamó la atención de Eloitz. —Esos coches son negros, grandes. Bastante raros.

Eloitz se acercó y paseó su mirada de una foto a otra.

—Son fotos borrosas. Pero ¿qué opinas?

El gigante vasco cogió la foto y la puso junto a la que algún transeúnte había tomado tras el atropello de Eric Rice. Habían transcurrido más de diez años entre ellas. En la de Anne se veía el vehículo por delante y en la del atropello por detrás, durante la huida.

—Podría ser.

—Recorta las imágenes. Qué solo salga el coche y mándamelas por WhatsApp. Vamos a asegurarnos.

Dos minutos después, el móvil de Baley sonaba sobre la mesilla de noche.

—¿Sabes la hora que es, Clarice? Tendrías que estar durmiendo.

—Le estoy mandado dos fotos. Necesito que un experto confirme si son dos fotos del mismo vehículo.

—¿No puede esperar a mañana?

—Me temo que no—pitó el sonido del mensaje en la oreja de Baley.

—De acuerdo. Será difícil encontrar a alguien, son las siete de la mañana y es domingo.

—Quedo a la espera—colgó Clarice.

El vasco la miraba esperando información.

—Se va a poner con ello, pero es domingo y son las siete de la mañana. Tengo que irme, Eloitz. Hay algo que tengo que comprobar.

—¿Puedo echarte una mano?

—No. Tengo que ver a alguien—abrazó a Eloitz y lo besó en la mejilla.

—Dime algo de ese coche.

—Serás el primero en saberlo.

Pero justo cuando se disponía a salir, sonó su móvil.

—Dime, George. ¿No has recibido las imágenes?

—Están borrosas, pero es suficiente.

—¿Es el mismo coche?

—Antes tendrás que decirme de donde han salido las fotos. La segunda la reconozco. Es el lugar en el que atropellaron a Eric Rice, ¿y la otra? ¿De dónde la has sacado?

—Es el mismo coche. ¿Está seguro?

—Antes tendrás que responderme, Clarice.

—George, por favor. ¿Lo es?

George runfló al otro lado de la línea resistiéndose en dar el brazo a torcer.

—De acuerdo, pero luego me tendrás que explicar todo.

—Hecho, George.

—Las fotos son borrosas, como te decía, pero con la definición suficiente. Ese coche es una preciosidad. Se trata de un Oldsmobile del 62. Más concretamente del Cutlass coupé F85. Quedan muy pocos en todo Estados Unidos.

—¿Muy pocos?

—Sí. Es el más alto de la gama, con todos los caprichos de la época. Se estima que existen unas trescientas unidades. Aunque no hay registros. Y ahora dime, ¿de dónde has sacado la otra foto?

—Un segundo. Le mando la foto entera. No se lo va a creer.

A George le temblaban las manos, sabía que algo importante estaba a punto de desvelarse. Sonó el doble “pi” del mensaje. Abrió la foto y vio a Anne Miller. Sonriente. Como si nunca hubiera sido enterrada.

—¿Es Anne Miller?

—Se lo dije, George. Tenía un presentimiento. Ahora sabemos que el asesino de Anne conduce un Oldsmobile del 62. Uno negro como el carbón. Ella mismo fotografió a su asesino sin saberlo.

—Es el mismo modelo y del mismo año. Pero pueden ser coches diferentes, Clarice.

—Vamos, George. Anne lo fotografió unas horas antes de morir. Un chico muere atropellado y casualmente ocurre otro crimen de una familia entera 24 horas después. Sabe que es el mismo coche tan bien como yo. Ese tipo de casualidades nunca lo son para un policía, por muy malo que sea.

—Clarice, no hagas nada. Encontraremos ese coche y a quien lo conduce. No tardaremos más de una semana. Todo el país se pondrá a ello en menos de dos horas. Te lo aseguro. Daremos con él. Ahora hazte a un lado.

—Sé que lo intentarán, George, pero desaparecerá antes. Presiento que está aquí. Muy cerca. Espiando a su siguiente víctima. Mi sexto sentido jamás se equivoca—y colgó.

Eloitz lo había escuchado todo con gesto de alarma. Conocía a Clarice, sabía que era testaruda como una mula de carga. Tanto que ponía por delante un caso a su propia vida.

—Haz caso a George. Si es cierto, darán con él. Deja actuar a la poli.

—Ahora sí que me voy. Nos vemos pronto.

—¡Clarice!

—Lo tengo que hacer. Lo sabes. Tu vigila mi casa. A Zac, a mi suegra, a Nataly… Sólo hasta que regrese. Luego me estaré quietecita, lo prometo. ¿Lo harás por mí?

El vasco sacó del cajón a sus pies un hacha y la asentó contra el suelo, apoyando su manaza sobre el mango de madera.

—Gracias. No tardaré. Sólo he de averiguar una cosa más.

—De acuerdo. Pondré mi sistema de vigilancia a rastrear el Oldsmobile del 62 por todo el condado. Si da con él o con uno igual, mandará las coordenadas de su ubicación vía satélite. Sólo espero que estés equivocada.

—Está aquí, Eloitz.