Chapter 43
XLII.
Habían sido ya demasiadas cicatrices en un mismo día.
Y cada una de ellas más profunda y oscura que la anterior.
Cuando eso ocurría, a Clarice le era imposible conciliar el sueño.
Su mente ardía en un fuego que lo devoraba todo y entonces sólo podía pensar en los cadáveres, en cómo murieron y en lo que tuvieron que padecer.
Entró por la puerta segura de que no podría dormir.
De que su cerebro le mostraría imágenes sucesivas intentando imaginar cómo ocurrió todo en aquella carretera, o en aquella casa en la que una familia entera había muerto.
Imaginar cada detalle, el posible orden de los asesinatos, el lugar exacto donde se produjeron…
la hacía comprender lo más importante, el perfil del asesino.
Nat, al escuchar ruidos, salió a su encuentro. Llevaba el pelo revuelto y uno de sus camisones torcido sobre los hombros.
—Es muy tarde. Son casi las cinco de la mañana y no has pegado ojo. ¿Es por Zac?
—Es todo, Nataly. Ha sido asesinada una familia entera. La madre, el padre y dos niños. La menor de cinco años.
—Tienes que descansar. Deja el trabajo a un lado… Tienes que ocuparte de Zachary. Estar con él. Apenas despierta en todo el día, no puedes perderte sus últimos instantes de lucidez. Él los necesita y tú también. Serán los últimos recuerdos que te queden de él.
—El trabajo es lo único que me mantiene en pie y cuerda, Nat. Hay un cabrón muy peligroso suelto y tengo que atraparlo. Tengo un mal presentimiento.
—Déjaselo a la policía.
—Joder, yo soy policía. Y todas estas muertes huelen a cuerno quemado.
—Clarice, a todos los polis de verdad os huele casi todo a cuerno quemado.
—Esta vez el olor es insoportable. Tengo un mal presagio. Siento en el pecho una opresión muy fuerte.
—Es por todo lo que tienes encima, amor.
—No — se apartó de Nataly. — Es él.
—Él, ¿quién?
—Es igual. Me tengo que ir, sólo vine a por el cargador del móvil.
—Por el amor de Dios. Caerás enferma si no duermes un poco. Y tienes que comer algo, seguro que llevas horas sin probar bocado.
—Me comí un sándwich de pollo hace un par de horas—mintió.
Sacó un cargador de la cómoda de la entrada y se dio media vuelta.
—¡Clarice! —la sujetó de una mano.
—De verdad. Tengo que irme, Nat.
—No se puede huir de la muerte.
—Lo sé. Pero hay un cabrón muy listo que no atrapé en su momento. Si no lo hago ahora, seguirá matando…
—Pero ¿qué estás diciendo?
—Me voy y, por favor, ocúpate de Zac y de mi suegra mientras lo arreglo todo.
—Pero, Clarice. Hay cosas que no tienen arreglo...
—Sólo dame 24 horas. Tengo que asegurarme de una cosa. Adiós.