Chapter 42
XLI.
Como si estuvieran temblando los cimientos del hospital, el silencio en la sala tras las amenazas del coronel fue absoluto.
Todos miraban a Robert, algunas enfermeras pensando en que estaba que crujía, pero Dorothy estaba asustada, muy asustada: ella entendía muy bien lo que había ocurrido.
Conocía al coronel, conocía su temperamento, su rectitud, y que jamás hablaba sin saber lo que decía.
—Dorothy, ocúpate del presidente. No te apartes de él y empieza con los estímulos fuertes… deja los cuchillos para el final.
—¿A dónde vas? —dudó un instante.
—A por Nataly.
— ¿Es que no puedes pasar sin ella?
—No, no puedo. Pero eso no importa ahora; ella fue quien atendió al presidente. Quien estuvo allí cuando todo este lio comenzó. Ha muerto un crío, hay una diana en la espalda de Nataly, y tal vez también en las nuestras. No pienso parar hasta averiguar por qué.
En ese mismo instante apareció el joven celador por la puerta.
—Su Porsche es alucinante. Una máquina de la pera, director Bennet.
—¿Lo dejaste en la entrada?
—Ahí mismo. Está para exposición.
El sargento Bonneville se apresuró hacia la puerta.
Su mente estaba centrada únicamente en dar con Nataly, sabedor de que el coronel estaría organizando un operativo con lo más granado de las fuerzas de impacto.
No había tiempo que perder: en menos de cinco horas se presentaría personalmente, con lo mejor de lo mejor en pegar tiros y asaltar instalaciones militares.
Pero eso no era lo más preocupante: patrullas de la policía del condado llegarían en minutos para cerrar el hospital a cal y canto.
—Dorothy, cuida del presidente. Me voy—dijo arrebatando las llaves al celador al pasar junto a él. —Me hace falta, Bennet. Haré lo posible por devolvérselo intacto.
—¡Sargento! ¡El Porsche no! Pago letras 5.000$ al mes.
— Es un asunto de Estado. Lo cuidaré.
—Como le ocurra algo le juro que…
—Si le hiciera un arañazo o lo destrozara entero, yo mismo le ayudaré a rellenar los formularios estatales de resarcimiento de daños. Los trámites son lentos pero seguros.
—¡Donna!
—¿Sí, sargento buenorro?
—Necesito la dirección de Clarice.
—¿Se la puedo apuntar en el pecho con un pintalabios? —sacó uno rojo como la sangre del bolsillo.
—A ver, pelandusca—sacó Dorothy el móvil y abrió el WhatsApp. —Canta por esa boquita de buscona que tienes.
Donna miró a Dorothy valorando si arañarla de arriba abajo, pero el corte de pelo rapado a un lado, las chapas de identificación militar colgadas del cuello, y los sombríos tatuajes la hicieron desistir.
—Apunta, cortapedos: “Código postal 02771, Massasoit Dr.”.
Su casa está a la entrada del bosque del Seekonk: atravesarás una urbanización estupenda rodeada de árboles.
Cuando llegues al fondo, gira a la izquierda.
A 200 metros encontrarás una casa. Desde el aire no creo ni que sea visible. El bosque la rodea casi totalmente.
Un pitido sonó en el móvil que Robert tenía en el bolsillo, indicando que ya tenía la dirección.
—Do, no te enfrentes con los polis. Sólo hacen su trabajo.
—Lo intentaré.
—No lo intentes y hazlo, te quiero libre y no entre rejas. Quizá pueda necesitarte. ¿Está claro?
—Me mantendré quietecita como una monja.
—Bennet, no deje que el presidente salga del hospital. Hellen Murdock aparecerá con el coronel. Ella sabrá qué hacer si no despierta. En una hora la prensa tendrá totalmente rodeado este hospital.
—No lo creo. Este centro es el más reservado del estado y está entre los tres más discretos del país. Aquí no hay filtraciones, se lo aseguro.
—En este caso ha de ser al revés. Avise a los medios, dé una rueda de prensa, que todo el país sepa que Donnald Turner está aquí bajo su protección y cuidados. Que lo más avanzado del centro vigila cada latido de su presidente.
—¿Está usted mal de la azotea? Es lo último que haría.
—Pues le garantizo que es lo único que impedirá que su hospital deje de ser suyo en menos de una hora. Necesitará un escudo. Uno que pueda resistir los embates de un hombre que carece de escrúpulos y que dispone de medios ilimitados para lo que considere oportuno.
—No entiendo una palabra, sargento.
—Cállese y escuche, señor Bennet. El coronel puede movilizar miles de efectivos en una sola llamada. Y le aseguro que todos y cada uno de ellos irá perfectamente armado.
El director lo miró asustado. Pero el sargento continuó.
—Necesita una fuerza de choque preparada para enfrentarse a eso.
—No existe tal fuerza.
—Sí que existe. La prensa es su única oportunidad.
Cámaras en las puertas de entrada acechando por los cristales, periodistas disfrazados colándose por todas partes, helicópteros sobrevolando…
ese es el único ejército que puede hacer frente al de los EEUU.
Si sigue mi consejo, usted continuará siendo quien esté al mando aquí dentro.
Bennet dudó dando un paso hacia atrás.
—Si es usted el director de un hospital como este, es que no tiene un pelo de tonto. Ahora debe demostrarlo.
Los ojos de Bennet se abrieron al comprenderlo todo.
—No sé si quiero ser quien esté al mando, sargento.
Todos a su alrededor se quedaron petrificados al escuchar que el rey del rock and roll del hospital dudaba de si podría tocar la melodía que se les venía encima.
—Si todo sale mal, será la cabeza de turco… puede estar seguro de eso, Bennet.
El sargento se giró y desapareció. Bennet se quedó mirándolo sin mover un músculo. Sus trabajadores lo miraban en silencio, con la respiración contenida. Esperando órdenes o lo que fuera.
—Donna, creo que tenemos al señor Nelson en la 423. Una almorrana tras tantos años de Macallan de 18 años.
—Así es. Una almorrana que le llega al intestino grueso. No se la desearía ni al subnormal de mi ex.
—Sigue siendo el director de la revista de caza y pesca de los patriotas del estado, ¿no?
—Se jubiló el año pasado… aunque le dieron una especie de cargo honorífico.
—Vaya…
—Pero sigue siendo el máximo accionista, señor Bennet.
Dice que los periodistas que escriben hoy sobre caza y pesca son unos inútiles que no han pegado un tiro en la vida.
Que ni tienen permiso para una escopeta de aire comprimido.
Siempre termina igual: « Unos pobres desgraciados sin pelotas que se morirían de hambre en una granja de pollos por no matar uno ».
—Hagámosle una visita, Donna. Seguro que le gustará saber que el republicano más recalcitrante de los últimos 50 años es su compañero de “hotel”.