Chapter 41
XL.
—¿Estás loca? ¿Cómo vamos a sacar al señor Stevenson para meter al presidente? —se alarmó el médico residente Eusebio Martínez.
—Es lo que toca—agarró la manilla de la puerta Donna. —El señor Stevenson es republicano hasta el tuétano. Le regalaría su corazón si hiciera falta.
—¿Estás segura de eso?
—Y tanto. Espera y verás—abrió la puerta como un huracán. —Señor Stevenson, ¿conoce usted al presidente Turner?
El viejo magnate, que dormía menos que nada, giró la cabeza hacia Donna con sus ojos azules apretados.
—Por supuesto, hemos coincidido en más de una cena. Un cabrón que me gana.
—¿A cabrón?
—Sólo a cabrón.
—Eso no puede ser.
—Yo soy un cabrón, pero también un gentleman y Donald es un cabrón a secas. Me gana, Donna.
—Pues le ha salido competencia, señor Stevenson… sabe que adoro a los cabrones.
—Si pudiera levantar el periscopio no te salvaba ni la caballería, jovencita. Y, ¿a qué diablos viene ese interés?
—Tengo al presidente Turner en la sala de triaje. Seguro que usted le cedería este box, es el más completo y me temo que le va a hacer falta.
—¿Donald Turner aquí? ¡Se está equivocando, Donna! Eso no es posible.
—Se lo juro por mi hermano, que dio la vida en Afganistán hace cuatro años—se santiguó a toda velocidad, ella era hija única.
El magnate la miró fijamente escrutándola.
—Los caídos en combate son la representación del alma más pura de este país. Lamento su pérdida, querida.
—Mi madre (que había muerto cinco años atrás), aún no lo ha superado, Oliver. Creo que nunca lo hará—dejó caer por su mejilla una enorme lágrima de cocodrilo.
—Si Donald necesita este box, es suyo. Mi próstata ha dormido en camarotes cochambrosos de yates de provincianos en más de una ocasión.
Donna dio un brinco fingido de alegría antes de besarlo en la frente.
—Sabía que era usted un hombre de Dios, por muy cabrón que sea.
El director Marcos Bennet tardó diez minutos en atravesar la ciudad con el traje del día anterior y la camisa sin planchar.
El Porche 911 descapotable de 400.000$ hizo caso omiso de los discos rojos de los semáforos que iban quedando atrás, mientras su cabeza barajaba si el destino le presentaba una oportunidad o una trampa trayendo a Donald Turner a su hospital.
Aparcó delante de la puerta de urgencias, interrumpiendo cualquier entrada o salida de ambulancias. Bajó del coche y volvió a revisar la foto que había recibido diez minutos antes para convencerlo de lo que no creía posible.
—Director Bennet, no puede dejar el coche ahí—dijo el celador que había levantado la mascarilla del presidente un rato antes.
Sin decir una sola palabra, el director le lanzó las llaves que éste atrapó con una sonrisa de oreja a oreja.
—Yo me ocupo. Si quiere lo llevo a limpiar. Conozco una estación de lavado 24/7 al otro lado de la ciudad. Limpian la piel en seco como nadie.
—Ni de coña… esteee…—hizo chasquear los dedos intentado recordar el nombre del chico.
—Harry Cooper, para servirle.
—Como le hagas un solo arañazo, despídete del trabajo. Las letras que estoy pagando por esa máquina perfecta son altísimas.
—No lo dudo. Lo cuidaré como a mi novia, no tema.
—Harry, mírate, no creo que tengas novia. Mejor como a tu pene, que seguro que es lo único que adoras—desapareció sin mirar atrás, corriendo como un galgo tras la liebre.
A mitad de camino del ascensor, se topó con Adam, el cardiólogo jefe. Sus ojos eran los de un nadador ahogado, y caminaba con el pijama mirando al suelo.
—¡Adam! ¿Dónde está el presidente Turner?
—Ni idea, Marcos. Acabo de llegar.
—¿Se lo puede creer? Donald Turner perdido en mi hospital. Esto es una pesadilla.
—Esto será una partida a “todo o nada”, Marcos. No hay término medio con personalidades tan reputadas.
—Lo sé, lo sé… Esto podría suponer la ruina del centro. ¡Joder! ¿Dónde está todo el mundo? Es como si hubiera había un holocausto zombi —gruñó el director Bennet.
—Si quedó anoche alguien por aquí con dos dedos de frente, lo tendrán en Radiología. Hay que mapearlo de arriba abajo para comprobar posibles lesiones y su gravedad. Es de primero de carrera. Y se puede saber ¿cómo coño ha llegado hasta aquí?
—Es lo primero que pienso averiguar. Andando—aceleró el paso hacia Radiología.
En la sala de visionado había una congregación que ni en la inauguración del equipo de dos millones de dólares.
La máquina, que ocupaba toda la sala, era capaz de generar, a través de una inteligencia artificial, imágenes muy precisas de órganos, huesos, articulaciones, tejidos blandos e incluso vasos sanguíneos.
Mientras el técnico manejaba la descomunal máquina, el resto de médicos, enfermeras…
parloteaban sobre lo capullo que era aquel presidente.
—Me muero por encontrar un cáncer de hígado, o mejor de páncreas—dijo la doctora que se ocupaba del triaje.
—Mejor de testículos—replicó Donna haciendo saltar las risas.
—¡Silencio, joder! ¡Es el presidente! Un poco de respeto y profesionalidad es lo mínimo que les pido. Y ustedes, ¿quiénes son?
—El sargento Robert Bonneville y la oficial de cámaras de la Casa Blanca, Dorothy Sanders.
El director los miró de arriba abajo y dedujo que eran el epicentro del terremoto que estaba haciendo temblar los cimientos de su hospital.
—¿Son ustedes los que me han traído el lío de cojones este?
—Los mismos. Tuvimos que sacar al presidente Turner de la Gran Casa con urgencia. Su vida corría peligro.
El director Bennet miró al fondo de la sala, al presidente que iba entrando en la máquina de escáner.
—¿Y entre Washington y Rhode Island no han encontrado otro hospital donde descargar el paquete?
—No se me ocurrió otro lugar.
—¿Y por qué este?
— Aquí trabajó mi novia.
—¿Y quién es su novia?
—La subdirectora de seguridad presidencial. Ella presenció su infarto y me aseguró que no sobreviviría. Va a quedarse pasmada cuando sepa que sigue vivo.
—Ya. Nataly Claiborne… la conozco. Fue una suerte que decidiera despedirse de este centro. No creaba buen ambiente.
Donna corrigió inmediatamente al director.
—Todo lo contrario. Ella daba su toque de entusiasmo a esta mierda de hospital.
El director la corrigió a su vez:
—Le faltaba seriedad, y eso no es bueno para un negocio como este.
¿Con quién puedo hablar para saber qué demonios le ha pasado al presidente?
Y hablo de un médico, no de un soldado de las fuerzas especiales.
Y por favor, no se tome a mal mi sinceridad.
¿Está Nataly por aquí? Ella es una de las médicos del señor Turner.
—Apareció ayer por la noche. Estuvo con la patóloga del condado. Se fueron pasadas las diez. No han vuelto por aquí —habló Donna, que parecía saberlo todo allí dentro.
Robert sonrió: había dado en la diana. Estaba allí, en Rhode Island, y para mayor acierto, con su vieja amiga Clarice. Dorothy miró de reojo a Robert y no sonrió, sino que torció el morro.
—Será mejor que hable con Hellen Murdock. Ella se ocupó de salvar la vida del presidente tras el infarto. Dirige el Kriopark Center de Washington. Es quien ha logrado el milagro de mantenerlo con vida.
El sargento sacó el móvil del bolsillo y lo desbloqueó, recordando la muerte de aquel chico al que arrebataron el corazón y la vida. Tras unos segundos, localizó el número en la agenda y marcó. Sólo hubo un tono antes de que la llamada se descolgara al otro lado:
—Coronel, tengo que hablar con Hellen. Pásemela.
—¿Dónde lo tiene, sargento?
—Me rodean varios médicos muy preocupados por el estado del presidente ahora mismo. Pase el teléfono a Hellen.
—¿Dónde, sargento?
—Doctores, tendrán que arreglárselas solos, Hellen no puede ponerse—dijo en voz alta antes de colgar.
El director Bennet se echó las manos a la cabeza, espantado…
Si alguien le hubiera dicho al acostarse que a la mañana siguiente iba a presenciar cómo el presidente de los EE.
UU. fallecía en su hospital no se hubiera levantado.
Su castillo de naipes, ese que es cada hospital privado del país, parecía más endeble que nunca.
Si aquel hombre moría allí, ante sus narices, sería su ruina absoluta; aunque si lograba salvarlo, sería un héroe.
—Pero ¿qué ha hecho, sargento? ¿Se ha vuelto loco?
—Llamará. El único juramento que tiene el coronel es el de proteger al presidente a cualquier costa. Llamará—levantó el móvil en su mano ante todos. Un segundo después, la pantalla se iluminó y el nombre “CUÑAO” apareció en mayúsculas.
—Discúlpenme, es una llamada urgente. ¿Hellen?
—Sí, Robert. ¿Cómo está?
—Vivo. Creo que estable.
—Supongo que no ha despertado.
—Sigue igual. Aunque hay un montón de gente con batas de hospital rodeándome. Están muy preocupados. Si puedes hacerles un resumen, sé que te lo agradecerán.
Hellen no esperó ni un segundo.
—El paciente tuvo un infarto. Uno muy grave.
Mortal. Afortunadamente existía un protocolo de asistencia de conservación con el fin de ganar tiempo mientras se buscaba una solución que pudiera revertir el daño.
Dirijo un centro de crioconservación, el más avanzado del país, que es capaz de aportar horas a un cuerpo que ha fallecido.
Es justo lo que ha ocurrido con el señor Donald Turner.
Preservar las funciones cerebrales de la degradación de la muerte es mi especialidad.
El presidente Turner es sin duda mi paciente más importante hasta el momento.
Y ahora necesito información: ¿Cuál es su estado?
—En cuanto abrimos la bata, vimos la enorme cicatriz de su pecho—habló un médico residente pelirrojo con cara de estar muerto de miedo.
—Inmediatamente instalamos un ECG de doce derivaciones para observar la actividad eléctrica.
Las doce sondas nos han dado una imagen muy buena de ese corazón.
Funciona bien, hasta mejor que bien para la edad del presidente.
Hellen intervino.
—Logramos bajar la temperatura del cuerpo a 17 grados de forma muy rápida.
Antes incluso de la meta marcada—un murmullo de preocupación se extendió entre los presentes.
—A 17 grados, el cerebro puede mantenerse sin apenas degradación durante horas, que como saben es vital en estos casos.
Todos ustedes han oído hablar de casos de niños que caen a un lago helado y son resucitados horas después…
Yo hago lo mismo de manera controlada. Pero prosigo.
Tenía el cuerpo del presidente bajo control, pero me faltaba el corazón.
Entonces el coronel Maxwell hizo su parte encontrando un órgano compatible sano en menos de una hora: fue un milagro (no se atrevió a mencionar el tiro en la cabeza del donante).
Ese órgano fue implantado por mi mejor equipo inmediatamente; y la operación fue perfecta. Sin contratiempos.
—El presidente tiene una PA98/60. Y cuando fue ingresado su bradicárdico estaba a 45, algo bajo.
Decidí administrarle una dosis muy suave de atropina preparada para animar ese corazón un poco.
Por lo demás, a la mayoría de las personas de la edad del presidente les gustaría tener constantes así.
Yo diría que está hecho un toro—volvió a hablar el residente.
Hellen respiró profundo al comprobar que todo parecía estar bien; al menos con el corazón del presidente.
—En dos horas le toca el antibiótico y los inmunodepresores de la rapamicina. Le he administrado una combinación de Sirolimus y Everolimus, que están demostrando ser la mejor opción según los últimos estudios. Deben mantenerlo tal y como está. Una infección sería mortal y un rechazo también.
— Soy el director de este centro médico. ¿Hace cuánto que el presidente recibió el órgano nuevo?
—No hace ni 48 horas.
—Entonces lo peor ha pasado. Debería haber despertado ya, Hellen.
—Nuestros conocimientos sobre la red de conexiones en el cerebro está aún en los albores.
Ahora empezamos a conocer las interconexiones entre el tronco del encéfalo, el tálamo, el hipotálamo, el cerebro basal y la corteza cerebral, y su relación con las ondas beta de los diferentes estados de conciencia.
El presidente se encuentra en estado comatoso, el más alejado de la conciencia o vigilia.
Eso es lo que nos debe preocupar a todos.
—¿Podríamos, a través de fármacos estimulantes, sacarlo del estado en el que se encuentra? —habló el director de nuevo.
—Debemos ser pacientes… Su cerebro ha estado muchas horas sumido en un sueño “invernal”, por llamarlo de alguna manera. Podríamos probar durante las próximas seis horas a aplicarle estímulos fuertes.
—¿Cómo cuáles?
—Gritos, golpes, pellizcos, pinchazos… Aunque antes quiero hacerle un electroencefalograma. Hay que ver la actividad eléctrica de su cerebro… Su corazón sabemos que está bien, pero; ¿y su cerebro?
—¿Cómo dijo que se llamaba? —preguntó el coronel Maxwell de improviso.
Robert y Dorothy, que habían sido formados en academias militares, se abalanzaron sobre Marcos Bennet para impedir que respondiera. Pero no llegaron a tiempo.
—Marcos Bennet, el director general del Hospital Central de Rhode Island—quien está al mando.
—Gracias, señor Bennet. Nos vemos en cinco horas. Proteja a mi presidente con su vida. Y no es usted quien está al mando.
Aquellas palabras y el “collejón” que le dio Dorothy, le dijeron que había metido la pata hasta el cuezo.
Los presentes se miraron entre ellos, asombrados y agradecidos por haber presenciado el “collejón” que sería la comidilla durante las próximas semanas. Incluso, más aún, que si el presidente salía con los pies por delante de su centro de trabajo.
—Sargento Bonneville, en cinco horas estoy allí. Vaya confesando sus pecados y encomendándose al Altísimo, porque me voy a asegurar de meterlo en la peor prisión militar del país.
—¿Qué es el código Higiea, coronel?
—No se mueva soldado. Voy para allí.
—Aquí me encontrará.
—Yo mismo meteré la llave de tu celda en la caja fuerte de mi residencia privada de las Caimán para asegurarme de que no sales de ella mientras yo viva—arrebató el teléfono a Hellen y cortó la comunicación.