La patóloga Chapter 40
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Chapter 40

XXXIX.

Aquellas muertes tan terribles que había tenido que analizar, en tan sólo veinticuatro horas, devolvieron a Clarice a la terrorífica autopsia de Anne Miller.

Como el lienzo de un gran artista que es capaz de resistir el paso del tiempo, la inmovilidad de Anne, su piel blanca y fría, las heridas terribles que le arrebataron la vida con lentitud, habían mantenido su claridad en los recuerdos de Clarice.

Se montó en el coche, repasando en su mente aquel crimen de hacía una década, buscando similitudes con los cuerpos que había diseccionado en las últimas horas.

Intentaba encajar las piezas de lo que acababa de ver con lo que vio en el cuerpo de Anne y no había logrado olvidar.

El superintendente Baley siempre decía lo mismo: « Todos los asesinos se parecen tanto entre ellos como se diferencian.

Es una contradicción tan cierta como que el misericordioso Dios existe ».

Eran las cuatro de la mañana. El cielo seguía encapotado, gotas de fina lluvia caían como agujas.

Accionó el limpiaparabrisas sabiendo que algo se le escapaba; no sabía el qué, pero cuando algo relacionado con Anne se metía en su mollera acababa siempre en el mismo lugar… y esa noche no fue diferente.

Media hora después, detuvo el vehículo frente a la cabaña del gigante vasco. Era la única persona que aún buscaba al asesino de Anne con la que mantenía algún contacto: era un tipo tozudo e incapaz de olvidar y de perdonarse a sí mismo.

Levantó la cabeza y miró hacia el porche cuando la luz se encendió.

El gigante de hombros de hormigón apareció con su hacha apoyada en el hombro.

Clarice le sonrió desde la distancia, pensando que no había cambiado un ápice en todos estos años.

Eloitz se sentó en el porche, sacó dos cervezas de la pequeña nevera que había a su lado y las alzó para que pudiera verlas.

Clarice abrió la puerta y salió del coche pensando en lo mucho que odiaba la cerveza…

Aunque con Eloitz no se lo parecía tanto.

Ella se acercó y se sentó en la mecedora de mimbre; en los últimos meses se había quedado dormida allí en varias ocasiones.

—¿Cómo está Zac? —preguntó con un hilo de voz el grandullón.

—Aún está. Que ya es mucho.

—Lo celebro—se bebió medio botellín del tirón.

Luego ambos se miraron, como diciéndose que el mundo era una mierda que nadie podía controlar, pero que una mano amiga lo hacía siempre más soportable.

—Hoy estuvo por aquí Zac Junior—continuó Eloitz.

Clarice se había quedado mirando la oscuridad profunda del bosque. Esa en la que acechaban sus miedos más insondables.

—Ahhh… Tengo en casa a una vieja amiga que no veía hace años. Le dije que dieran un paseo hasta aquí. Espero que no te hayan molestado.

—Ese renacuajo, nunca molesta. Nataly le prometió ir a tirar con arco y tuve que improvisar unas dianas; pero lo pasamos genial.

Pero ¿qué te trae hasta aquí a estas horas?

Estás hecha un desastre. Tienes unas ojeras que te las pisas.

Tienes que dormir, Clarice. Perder a alguien que quieres tan lentamente es muy duro. Carcome la vida misma. Lo sabes.

—Lo sé. Pero se escurre entre mis dedos sin poder evitarlo. Intento atrapar sus manos, retenerlo… pero.

—Todos somos presas de la muerte. Tarde o temprano nos alcanzará a todos. Es nuestra maldición al nacer. Si no te cuidas, Zac podría arrastrarte con él y no lo querría. Lo sabes. Sólo vivía por ti y por Zac. Debes descansar. Comer. Estás en los huesos.

Clarice apartó la mirada del oscuro bosque y la centró en Eloitz.

—Creo que ha vuelto.

—¿Quién?

—Quién mató a Anne, Heatcliff.

—Odio que me llames Heatcliff, Clarice. Lo sabes.

—Pero es que lo eres. Aquí encerrado día y noche.

Soñando con ella. Buscándola en cada soplo de viento, en cada gota de rocío.

Atrapado en su recuerdo y en una esperanza que es solo un espejismo muerto.

No es bueno. No hay noche más oscura que la que se pasa solo y tú llevas ya demasiadas.

Tienes que pasar página. Dejar atrás esta angustia…

Debes extirpar ese odio de tu corazón. Hace años creí que era tu fuerza, pero ahora sé que será tu perdición.

—Sabes que no podré ser yo mismo hasta atraparlo. Que la única manera de recuperar mi alma es arrebatándosela al malnacido que se la llevó.

—¡Por Dios, no hables así!

—¿Por Dios? El mismo Dios sabe que no podré descansar hasta que acabe con quien le hizo esto. Y tú también deberías saberlo ya.

Clarice lo miró con tristeza. Conocía bien la desesperación que se convierte en la esperanza más oscura.

Ambos caminaban por esa oscura esperanza, aunque su camino estaba llegando a su fin.

La muerte de Zachary era cuestión de días.

Ningún médico se lo decía. Todos la rehuían, pero ella era patóloga y tampoco lo necesitaba.

—Ha habido cuatro asesinatos… quizá cinco, en menos de veinticuatro horas. Presiento que ha vuelto, Eloitz.

—¿Por qué lo presientes? —se inclinó hacia Clarice.

—Quien lo hizo es el asesino perfecto, Eloitz.

No hay una sola prueba en el escenario ni en los cuerpos.

Fueron crímenes totalmente limpios, sólo posibles en las manos de alguien con una extremada habilidad técnica para matar.

No hay nada en ninguno de los cuerpos… y hay cinco.

Y la policía tampoco hallará pruebas en el escenario del crimen.

Quién lo hizo es brillante, un genio de la muerte.

Sólo una vez he visto algo así: tantísima muerte, tantísimo dolor sin indicio alguno que rastrear. Y fue con Anne.

—Eso no quiere decir nada. Lo sabes.

—Hay tres niños; a dos les partió el cuello con sus propias manos. Lo hemos hablado cientos de veces, quien mató a Anne es un monstruo sin alma. Un animal capaz de hacer cualquier cosa.

—Eso no quiere decir que sea él—no pudo evitar que un leve temblor en la voz delatara sus dudas.

—Hay muy pocos asesinos que acepten matar a niños. Muy muy pocos, y en este caso hay dos, quizá tres.

Eloitz levantó la cerveza y la terminó. Luego se puso en pie y caminó hasta la barandilla. Tomó aire y miró el pedazo de luna que había asomado tras una nube. Con una fuerza descomunal apretó la baranda de roble haciéndola crujir.

—Vete a casa, Clarice. Descansa. Zachary no tardará en irse y necesitarás todas las fuerzas que puedas encontrar.

—¡Maldita sea, vasco tozudo! ¿Acaso no me has oído?

—¿Acaso no me has oído tú? Vete a casa, descansa un poco, ocúpate de los Zac’s y de tu visita y pásame todo lo que tengas sobre el caso: tienes mi email. Deja que ordene lo que se ha encontrado hasta el momento… quizá pueda dar con alguna pista que una todas las muertes.

—No me quedaré al margen, Heatcliff. Lo sabes.

—Claro que lo sé. Eres demasiado testaruda para abandonar ningún caso—se giró para observarla—.

Ahora necesitas dormir. Te necesito despejada.

Mañana por la noche regresa y veremos qué he averiguado.

Mándamelo todo. No te dejes nada. Pide el informe policial.

A ver si puedes obtenerlo antes de acostarte.

Clarice sacó el móvil del bolso y tras rebuscar unos segundos, envió un enlace al email del grandullón.

—En el enlace podrás descargar todo lo que hay y las actualizaciones que se vayan produciendo sobre este caso.

Tendrás que usar mi usuario. La clave de desencriptado es “ Heatcliff&Nat ”.

Es mi acceso externo a la base policial.

No tendremos más de veinticuatro horas para encontrarlo. Luego desaparecerá.

—Lo sé. Y ahora obedece. Vete a casa. Duerme unas horas. Come algo y luego me llamas.