Chapter 39
XXXVIII.
El motor diésel de la ambulancia rugió por última vez antes de apagarse ante las puertas de urgencias del Hospital de Rhode Island.
Eran las doce y veinte de la madrugada. Sus ocupantes no habían parado un solo segundo…
ni para repostar, por lo que el depósito estaba prácticamente seco.
Atrás quedaban los neumáticos quemados y las radios de los coches patrulla, interfiriéndose entre ellas mientras intentaban darles caza.
Afortunadamente, la maniobra de la directora Murdock había surtido efecto cubriendo su huida hasta allí.
El presidente, amarrado a la camilla en la parte trasera, parecía dormir plácidamente.
—¿Cómo va el feo durmiente?
Dorothy abrió la trampilla y se asomó.
—Tan feo y dormido como cuando salimos.
Dorothy también era una soldado y sabía tan bien como Robert que el coronel Maxwell estaría presionando a la directora y que no tardaría en averiguar dónde estaban... Si es que no lo sabía ya. Cinco horas con un tipo como Maxwell no las soporta cualquiera.
Dentro de la cabina, tras el milagro de haber llegado hasta allí, el silencio era casi ensordecedor.
—Lo hemos conseguido, Robert.
—¿Acaso lo dudabas?
—¿Sabes que me apetecería ahora, guaperas de discoteca?
—Echarme un polvo.
—Uno de los buenos. Uno que haga explotar hasta las estrellas.
—Y yo aceptaría si no estuviera enamorado de Nataly, Dothy. En la cama éramos inmejorables… Así que quítate la idea de la cabeza y vamos al lío, alguien tiene que ocuparse del presidente.
A pesar de la cruda situación que tenían por delante, sabían que, una vez ingresado el presidente en el hospital, el tiempo ya no correría en su contra.
O al menos no a tantísima velocidad. Robert y Dorothy se miraron con una enorme sonrisa triunfal antes de saltar al exterior y correr a la parte trasera.
Con los nervios a flor de piel, Robert abrió el portalón trasero y subió de un salto.
En la puerta de urgencias, dos celadores charlaban con sendos cigarros en los labios.
—Muchachos, traemos al presidente. Necesita que alguien se ocupe de él—llamó su atención desde lo alto de la ambulancia.
Los dos chicos miraron hacia la pareja y siguieron charlando.
—Se ve que les pagan por rascarse las pelotas el uno al otro—soltó Dorothy sin contemplaciones.
—Estamos en nuestro descanso, gilipollas—abrió la bocaza el cuarentón.
—Como el señor Tunner muera en la puerta de urgencias, daré una rueda de prensa explicando que, mientras os la meneabais, el presidente palmó sin que lo atendieran.
—Mark, echa una mano a la amargada de los huevos—ordenó el cuarentón al chaval imberbe que lo acompañaba.
Obedeciendo de mala gana, el chico arrojó el cigarrillo a dos metros y se acercó.
—¿De dónde venís?
—De Washington.
—¡Joder! Eso está a más de cinco horas.
—Casi seis.
—Pedazo de hospital que tenéis aquí dentro—miró al interior de la ambulancia —Este hijoputx debe ser el CEO de algún fondo de inversión. Seguro que tiene una póliza de varios millones anuales—se acercó al enfermo. —Por cierto, voy a necesitar su número de póliza para dejarlo entrar.
—No te preocupes por su póliza. No habrá problema con ella.
—No se imagina los problemas que hay cada día precisamente con eso. El hospital es muy estricto con las pólizas; y aunque lamente tener que decirlo, nadie traspasa estas puertas sin un número de póliza vigente y al corriente de pago.
El chico, que se sabía la lección de pe a pa, miró al tipo tumbado acoplado al respirador.
—Se me hace conocido. ¿Quién es? ¿Un actor de series de la NBC? ¿Una de esas de abogados con jet?
—Fíjate bien, hijo—le enfocó con su linterna militar Robert mientras guiñaba un ojo a Dorothy.
El muchacho dio un par de pasos hacia el interior y acercó su cara a la de Donald Tunner.
—Se me hace la hostia de conocido—se atrevió a tirar de la careta respiratoria hacia arriba para verlo mejor. —Joder, como se parece al puto presidente. —¡James! ¡Mira a este capullo forrado! ¡Es clavado al presidente!
Robert, que comenzaba a descojonarse, ayudó a James a subir a la ambulancia.
—¡Joder! Esta ambulancia es la Stradivarius de las ambulancias. ¿De dónde habéis dicho que venís?
—De Washington.
Robert volvió a alumbrar al presidente y el chico volvió a levantar la mascarilla que le tapaba la cara.
—No me digas que no es como el presidente Turner.
James se acercó y, tras revisar al enfermo, volvió la vista hacia Robert.
—¡No me jodas que es el puto Donald Turner!
—El mismo que viste y calza—levantó las manos el sargento como disculpándose.
—Y, ahora mismo, no tenemos su póliza del seguro a mano—intervino Dorothy. —¿Lo metéis para dentro o nos lo llevamos a un hospital público donde seguro que la diña por falta de medios?
Aquellos dos batieron el récord mundial del tiempo necesario para sacar a alguien de una ambulancia. Si hubieran tenido que cambiar los cuatro neumáticos de un fórmula uno, no hubieran tardado ni dos segundos.
—¡James! La póliza—habló desde detrás del mostrador de recepción una chica de unos treinta.
—Es el presidente, Donna. Y parece grave.
—Sin número de póliza, no pasa de la línea roja—la señaló con un dedo extendido y tenso. —Lo sabes. Me juego el puesto y sabes que lo necesito: adoro la ropa de marca.
—¡No me jodas! ¡Es el puto Donald Tunner, Donna! ¡¡Avisa a TODOS, joder!!
El celador más jovencito levantó la mascarilla y lo señaló con el mentón, reafirmando las palabras de su compañero.
—Si no es él, es su puñetero gemelo, Donna.
Los ojos de Donna se abrieron como dos lunas llenas y cogiendo el interfono habló como una metralleta que dispara a matar. Su voz recorrió hasta el último de los pasillos.
—Todos los médicos y enfermeras disponibles a la puerta de entrada. Los que estéis echando un polvo lo dejáis para otro momento. Acaba de entrar en urgencias el presidente “de los putos Estados Unidos de América”. Y… ¡Quiero que me lo quitéis de delante, ahora mismo!
El revuelo que se formó en todo el hospital fue como si el mismísimo Dios hubiera entrado por las puertas del Infierno.