Chapter 38 #2
—Me decanto por el marido. Creo que deberíamos enfocarnos en él y descartar a los niños.
—No podemos descartarlos aún.
—¿Por qué no?
— Porque no tenemos datos para hacerlo.
—Yo sigo apostando por el padre—dijo con contundencia el becario.
—A priori sí. Pero debemos estar seguros. No porque algo sea lo más lógico tiene que ser la hipótesis correcta. Debes metértelo en la mollera. ¿Quieres continuar con el chico o me encargo yo? Los niños son siempre más complicados.
—Yo me ocupo—aseveró Adam como si se tratara de una prueba que debía superar.
—¿Estás seguro? Yo acabo con la pequeña en diez minutos.
—Seguro. Yo lo haré—respiró hondo y retiró la sábana que cubría a Damien. Tras cambiarse de guantes, juntó las manos en señal de rezo y repitió la plegaria que había pronunciado con el padre del chico: «« Si te sirvo bien, Dios me mostrará el camino ».
Clarice se había quitado la bata, los guantes y la mascarilla y se limpiaba las manos en el fregadero, cuando Adam apretó el botón de la grabadora para alertar de lo que iba descubriendo: « Al chico le partieron el cuello como a su hermana.
No hay signos de resistencia por ningún lado.
El muchacho presenta una marca de nacimiento en la axila derecha.
Parece el tatuaje de un trébol de cuatro hojas ».
Al escuchar aquello, Clarice salió disparada hacia el chico.
—¿Un trébol de cuatro hojas?
—Sí. Muy nítido. Casi perfecto; como si fuera un tatuaje, pero parece una marca de nacimiento—levantó el brazo de Damien para que quedara a la vista.
Clarice bajó la cabeza y lo observó con detenimiento.
—¿Le dice algo esta marca? —torció el gesto Adam al no entender qué estaba ocurriendo.
Clarice sacó su móvil del bolsillo y, tras maniobrar en la pantalla a toda velocidad, fijó una imagen y la amplió. La cara de Clarice era la de alguien al que se le acaba de aparecer un fantasma.
—El objetivo era el chico.
—¿Por qué?
Ella volvió a mirar la axila del difunto Damien y seguidamente mostró la imagen de la pantalla a Adam, que se quedó patidifuso.
—Es la misma marca. ¿De dónde ha salido esa foto?
—La tenía otro chico de la misma edad, doce años, al que hice la autopsia ayer mismo.
—¿Asesinado?
—Atropello con fuga.
—Podría ser una casualidad.
—¿No lo dirás en serio?
—Para nada, jefa—hizo sonreír a Clarice. Nunca la habían llamado “jefa”. —Una marca de nacimiento como esa es una casualidad entre un trillón.
—Opino lo mismo, Adam. Esas casualidades solo se dan entre…
—Gemelos—terminó la frase Adam. —¿Lo eran? —preguntó a su jefa.
—No lo sé. El chico atropellado quedó totalmente desfigurado. Solicitaré una prueba genética. Una casualidad así es casi imposible. Estoy segura de que no fue un accidente.
—Hay cuatro muertos en esta sala a los que hay que añadir uno más: Eric, el chico que murió ayer. Está ocurriendo algo muy chungo, jefa.
—Algo extremadamente chungo—echó a correr hacia la puerta. —¡Ah! —detuvo la carrera antes de salir—hazme el favor de guardarlos en las cámaras y quiero que recojas una muestra de sangre de cada uno de ellos. Has hecho un buen trabajo, Adam—le guiñó un ojo.
—Cuente con ello.
—Podría llamarte cuando haya otros casos similares… ¿Te interesaría ser mi pupilo?
Adam sonrió de oreja a oreja: Clarice, a pesar de su corta edad, era ya una eminencia conocida por su ojo crítico, la forense más deseada por la policía en las investigaciones más difíciles. Colaborar con la patóloga más exhaustiva del condado era una oportunidad que no se presentaba cada día.
—Será un honor ser su aprendiz, jefa.
—No sabes lo que acabas de aceptar… Y no sonrías tanto, que pienso hacerte la vida imposible.
—¿Imposible?
—Mucho… y aún y todo, me darás las gracias.
—¿Encima le daré las gracias?
—Por supuesto que me las darás. Te enseñaré a escudarte de la oscuridad que encontrarás entre estas paredes. Es vital para realizar el mejor trabajo. Y esta es la primera lección que debes meterte en la mollera: somos médicos, pero antes que eso somo polis. Y no me mires así.
—¿Polis? ¿En serio?
—Salvamos vidas que locos y pervertidos arrebatarían. Somos su escudo, su ángel de la guarda, los polis que atrapan a los malos desde aquí—se dio la vuelta y desapareció.
Adam comenzó a silbar y a recoger el instrumental.
Luego, cuando creía que Clarice (que se había quedado tras la puerta) ya no le escuchaba, gritó con toda su alma: « Soy un puto médico enviado por Dios para salvar de locos y pervertidos a gente inocente ».
La patóloga sonrió y corrió hacía el parking trasero del hospital, sabiendo que el crío tenía lo que había que tener.
El viejo George W. Baley aguardaba sentado en el capó del coche de Clarice. El Lincoln azul metálico de George estaba aparcado junto al suyo.
—¿Qué tal el chico? Dicen que tiene los arrestos que hacen falta para este jodido oficio.
—Los tiene. Yo me encargaré de sacar su potencial, que es mucho.
—¿Qué has descubierto?
—Que el cabrón que los mató iba a por el chico.
George se sorprendió profundamente. Cuando Clarice afirmaba algo con tanta contundencia era irrebatible.
—¿El chico? ¿Estás segura?
—Tiene la misma marca que Eric Rice en la axila derecha.
—¿El chico que atropellaron ayer?
—El mismo. Es una marca de nacimiento extremadamente particular.
Es más que posible que fueran incluso gemelos…
Misma edad, mismo tamaño, ambos morenos de piel muy blanca y el trébol de cuatro hojas bajo la axila.
Hay que comparar sus ADN. Algo une a los chicos.
Si averiguamos el qué, tendremos a los culpables.
El bueno de George cabeceaba arriba y abajo preocupado.
—Adam está extrayendo muestras de sangre de la familia entera. Hay que cruzar los resultados entre ellos y con los de Eric…
—Este caso se complica, Clarice.
—Lo sé, George. Pero hay que hacer justicia con todos. Hay un cabrón muy peligroso suelto.
—Vuelve a casa y ocúpate de tu familia. Es tardísimo y tenías invitados. Yo me encargo de las pruebas genéticas; aunque ya sabes que puede llevar semanas obtener los resultados.