La patóloga Chapter 38
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Chapter 38

XXXVII.

Clarice identificó con rapidez a los adultos y a los niños.

Estaban en camillas idénticas, unas junto a otras en mitad de la sala, cubiertos con sábanas blancas.

Se aproximó a uno de los adultos y levantó la sábana de sus pies: « Están sin registrar », se dijo.

En la mesita auxiliar situada a la entrada, en el primer cajón, encontró las fichas y las etiquetas que se utilizaban para la primera identificación.

Se puso el uniforme verde, los guantes y la mascarilla.

Se santiguó, mirando a lo alto, y soltó el aliento contenido.

Esperaba que el tal Adam no tardara más de la cuenta, había muchísimo trabajo por delante.

Sin perder más tiempo, se aproximó al primer cadáver, el de la mujer.

Sobre la camilla, colgando de una cuerda sujeta a un soporte de techo, un simple portafolio contenía una única página.

Tras encender la lámpara de quirófano, lo aproximó a la artificial luz blanca y leyó los nombres y las edades de cada uno.

—Así que tú eres Nora—pronunció su nombre.

Luego apartó la sábana de su cara, dejando al descubierto la herida del punzón que había atravesado su ojo y llegado al hipotálamo.

El corazón le dio un vuelco. « Ha muerto muy rápido; y quien lo hizo planeó la forma de acabar con ella.

Un punzón es poco habitual: es la única forma de alcanzar el cerebro desde el ojo». Tomó aire y continuó.

Cuando ya finalizaba con Nora, se abrieron las puertas batientes de par en par. Un joven moreno las sujetaba con ambas manos en silencio, inmóvil por completo ante una escena que nunca había visto antes:

—Buscamos a una bestia del infierno, doctora Morgan.

Clarice giró la cabeza hacia la puerta:

—¿Te vas a quedar ahí como un pasmarote, Adam?

—No, doctora. Pero esto es la obra de un monstruo.

—Sí, uno con todas las letras. Es un asesino muy peligroso que hay que atrapar. Y, por cierto, llegas tarde.

—Lo siento, me dejaron un mensaje de voz y lo escuché hace diez minutos.

—No te disculpes, hay aún mucho trabajo por delante. Tú empieza con el padre. Estoy acabando con Nora y de los niños me ocuparé yo. Eres demasiado joven para comenzar a odiar esta profesión con toda tu alma.

—A estos los quiero—hablaba de los muertos. —A quien los trae a estas mesas es a quien odio. No se preocupe.

Clarice lo observó de forma protectora y comprensiva. A ella le ocurría igual, el odio hacia el monstruo era su coraza ante la oscuridad, la desazón y el frío que se podía sentir entre aquellas paredes.

Adam se plantó ante la camilla contigua a la de Clarice, abrió el bolso que colgaba de su hombro y sacó unos guantes de latex que se insertó. Luego levantó la sábana sobre el rostro de Harold y preguntó:

—¿Cómo se llama?

—Harold.

Entonces, aquel chico que no aparentaba más de veinte años, colocó una mano sobre la frente del difunto y pronunció su salmo en un susurro que Clarice pudo distinguir: « Si te sirvo bien, Dios me mostrará el camino, Harold ».

Clarice sonrió, pensando que sería un gran profesional muy pronto. Sabía que la muerte hablaba a quienes la escuchaban.

—Y ahora, Clarice, persigamos a la bestia.

Mientras la patóloga redactaba el informe sobre la muerte de Nora, el que, sin ella saberlo, sería su discípulo durante la siguiente década, comenzó con el marido.

Clarice observó de reojo al becario mientras exploraba todas y cada una de las prendas, separando hilos, pelos…

tomando muestras de cualquier mancha.  Fue capaz de dar la vuelta al cadáver de Harold, un hombre de al menos noventa kilos, sin pedirle ayuda.

Una vez acabada la revisión por la espalda, volvió a ponerlo boca arriba.

Trabajaba rápido, concentrado al cien por cien.

Comenzó a recortar las prendas, separándolas y depositándolas en bolsas herméticas.

Una vez desnudo, revisó con la lupa forense la piel de sus manos y antebrazos, y finalmente cada una de sus uñas buscando signos de autodefensa.

—No ha intentado defenderse, y era un tipo muy robusto capaz de hacer frente a varios hombres. No hay señales de lucha ni traumatismo alguno de ningún tipo—hablaba en voz baja a su grabadora.

Tras finalizar la revisión frontal, lo volvió a girar y comenzó la inspección trasera. Rápidamente localizó la herida en la nuca.

—Harold murió por un descabello: como hacen con los toros en las corridas. Una herida en la base de la nuca que le causó la muerte en el acto—volvió a hablar a la grabadora.

Clarice había puesto manos a la obra con la niña. En cuanto movió su cabecita supo que le habían partido el cuello. « Tampoco ha sufrido »— se dijo. Luego besó su frente, rezó porque su alma encontrara el camino al trono de Dios y comenzó el procedimiento.

—¿Qué te dice tu intuición, Adam? —sondeó al becario. Era momento de comenzar su instrucción fuera de lo que enseñan los libros.

—Que esto lo hizo un capullo que lleva muchos años arrebatando vidas. Todas las muertes fueron con arma blanca o con las propias manos. Sin disparos que puedan alertar a los vecinos. Un “máquina” en lo suyo.

—No es ningún capullo, aunque sí que lleva muchos años haciéndolo y se podría decir que es un experto matando. ¿Qué crees que debemos buscar?

Adam miró a Clarice sin entender muy bien a qué se refería.

—Hay que seguir el protocolo, buscar rastros del asesino que puedan servir para localizarlo. Pero no encontraremos nada si es tan bueno como parece.

—Hay que mirar más allá, Adam. Tenemos cuatro cadáveres de una misma familia. ¿Qué te dice eso?

Adam revisó la herida, el cuerpo entero del hombre que tenía delante. Luego miró la sábana que cubría a la madre y al resto de cadáveres.

—No lo sé. Hay que buscar restos de piel bajo las uñas, hilos de prendas… quizá esté fichado y su ADN se pueda cruzar.

—Como has dicho, es muy probable que no encontremos nada. Y si es así, qué…

—Pues que todo quedará en manos de la policía. Cámaras en el exterior de la casa. En la calle, en el barrio. Alguien que pudiera haber visto gente sospechosa en las inmediaciones a la hora de las muertes…

—Por supuesto. Pero ¿qué ves aquí?

—Una familia entera muerta.

Clarice miró a Adam a los ojos y continuó:

—Buscamos a un asesino muy particular. Uno que es capaz de arrebatar vidas de niñas, como Kimberly.

No hay muchos sicarios que acepten este tipo de encargos.

La mataron por estar allí, nada más. Por ser una testigo de lo que ocurrió.

No hay abusos, lo que es bueno para ella, pero no para la búsqueda: los pedófilos son relativamente fáciles de encontrar, dejan muchísimas huellas a su paso y una vez capturados el ADN los delata.

Pero nuestro asesino es diferente. Uno casi   imposible de encontrar.

Adam asentía con los ojos muy abiertos, bebiendo cada palabra.

—Creo que lo entiendo. Aún no sabemos a por quién de ellos iba el asesino.

—Exacto, Adam. Debemos averiguar cuál era el objetivo.

Sólo uno de ellos—extendió los brazos hacia la familia—lo era.

El resto son bajas colaterales; y odio esa palabra con toda mi alma.

Pero lo cierto es que, si no hubieran estado en la casa, ahora no estarían aquí.

Si descubrimos el objetivo, habremos dado el primer paso para encontrar a quien dio la orden y una vez localizado, encontraremos al asesino.

—Te sigo, Clarice.

—Bien, debes analizarlo todo. Por qué en un sitio y no en otro, por qué a una hora y no a otra. Todo nos habla del asesino. De su forma de ser, de su carácter.

—Entró en la casa de una familia al anochecer para acabar con su objetivo. Hablamos de un asesino con experiencia: no usó armas de fuego, solo un punzón y sus propias manos. ¿Qué puedes inferir de ello?

—Ni idea.

—Concéntrate, Adam. En cada una de las piezas que tenemos.

—Lo hago, jefa. Lo hago. Pero no infiero nada.

—Ok, ok… aprenderás a ver más allá de lo que está a simple vista. Requiere tiempo y método. En este caso y ahora, puedo asegurarte que el asesino está cabreado, o cuando menos impaciente.

—Eso me lo vas a tener que explicar.

—Un asesino frío y con experiencia jamás actuaría así salvo que…

—Salvo que qué.

—Salvo que tenga prisa por acabar. Creo que tiene otra misión que le apremia mucho. Y estoy segura de que la considera más importante que ellos—se refirió a la difunta familia.

—¿Más que dos niños?

—Sí. Para él no son nada. Sólo un medio para ganarse la vida y calmar el demonio que lleva dentro.

Si es un asesino experto y entró en una casa a la hora de la cena, sabía que todos sus moradores estarían allí.

Es lo normal en cualquier familia: tras el trabajo, tras las clases, todos regresan a cenar y a dormir. ¿Me sigues?

—No lo había pensado, pero tiene sentido.

—Entonces, si damos eso por sentado, ¿A quién descartamos?

—¿A quién descartamos? Ni idea, Clarice.

—Lee el informe—se lo ofreció.

Adam tomó los papeles y los leyó de cabo a rabo.

—¿Qué has visto?

—Nada de particular. La dirección de la casa, número de habitaciones, que la cena estaba casi lista, dónde aparecieron cada uno de los cadáveres, el modelo y color del coche que había en el garaje… No hay datos reseñables.

—Debes unir todo y analizarlo, Adam. Pueden parecer datos sin importancia si los miras por separado. Pero juntos dicen mucho.

Adam la miró con cara de pasmarote. Clarice continuó:

—Que hubiera sólo un vehículo en el garaje, nos dice que la madre no tenía coche.

Si a ello le unimos que sus manos están descoloridas por los jabones y la lejía, que el pintado de sus uñas es de hace dos o tres semanas, que su pelo está muy desarreglado y que había para cenar verduras cocidas con asado de pavo, llegamos a la conclusión de que la madre era un ama de casa. ¿Y esto qué nos dice?

—¿Que la podemos descartar?

—Exacto. Pero ¿por qué?

—Porque el asesino tenía todo el día para tocar el timbre y matarla cuando estuviera sola. Se hubiera ahorrado tres víctimas.

—Perfecto. Ya empiezas a pillarlo. Eso nos dice que su objetivo tenía que ser el marido o uno de los niños.