Chapter 37
XXXVI.
Cuando Clarice fijó la mirada en su querido Zac, vio que su tez estaba blanca como el mármol.
El camino del deterioro físico que Zac recorría lo alejaba cada vez un paso más de ella, de su hijo, de la vida que habían planeado juntos.
Se acercó con lentitud, entrelazando los dedos frente al pecho, pidiendo la fuerza necesaria a un Altísimo en el que no sabía si creía ya.
Se sentó a su lado sobre la cama. Con un dedo apartó un mechón de su frente. Estaba profundamente dormido. Miró el gotero y vio que aún quedaba la mitad: “La morfina está a pleno rendimiento”, se dijo.
Allí, junto a un Zac que casi ya no estaba, Clarice sentía que aún había tiempo, que todo podría solucionarse.
Y esa esperanza la hacía erguirse contra la noche oscura que se avecinaba en su firmamento.
Ella sabía que era una locura abrazarse a la posibilidad de que ocurriera un milagro, pero la esperanza es lo último que muere.
Rezó con un fervor absurdo para alguien que no sabe si cree, aferrándose a la mano de Zac y balanceándose adelante y atrás, en un estado de trance casi místico.
Y así pasaron dos horas, sin mediar palabra, sólo recordando el pasado y suplicando por el futuro que aún podía vislumbrar entre la oscuridad. Entonces sonó su móvil.
—Buenas tardes, superintendente Baley.
—Querrá decir buenas noches, Clarice. Y llámeme, George. Nos conocemos desde hace más de diez años.
—Pero ¿qué hora es?
—Casi media noche, la hora de las brujas. Sé que no son horas, pero los asesinos no trabajan de siete a tres... La necesito.
Clarice miró a Zac, que descansaba plácido, más inconsciente que dormido.
—Tengo una invitada en casa, George.
—Hay cuatro cadáveres llegando al anatómico forense de Charlestown. Dos adultos y dos niños.
—¿Un cuádruple asesinato en Charlestown?
—En realidad murieron en Filadelfia, pero el abuelo de los críos es juez en Charlestown y quiere ocuparse personalmente de todo. En cuanto le dieron la terrible noticia, ordenó el traslado. Es un juez poderoso, no es nada fácil lograr un traslado así en menos de diez minutos.
Clarice soltó un leve resoplido de duda y George, un zorro viejo con el mejor de los olfatos, lo percibió:
—Necesito una patóloga de la que fiarme.
—No sabe las ganas que tengo de que se jubile, superintendente.
George soltó una carcajada.
—No tantas como yo, Clarice. Se lo aseguro.
—¿Entonces están de camino?
—Los cuatro cuerpos llegarán en menos de veinte minutos a la oficina forense de Charlestown.
Es vital averiguar qué ha pasado. Quizá un ajuste de cuentas: el hijo del juez y padre de los dos críos era una suerte de asesor financiero metido en casi todo.
Se pasaba la mitad del año en Sudamérica, haciendo negocios; o sea, arrebatando a los pobres desgraciados que allí malviven lo poco que puedan tener.
Mucho me temo que éste, mi último caso, terminará siendo un quebradero de cabeza.
Estaba agotada, pero el trabajo era lo único que la mantenía cuerda. Y cuanto más duro y difícil era el cometido, más cuerda la hacía sentir.
—Llego en media hora—dijo colgando el teléfono.
Besó la frente de su esposo con devoción antes de coger el bolso y ponerse en marcha.
La luna jugaba a ocultarse entre oscuras nubes.
Apenas se cruzó con cuatro coches y media docena de camiones durante el trayecto.
Zac no había despertado en ningún momento mientras estuvo sentada junto a él tomando sus manos.
Había llamado a Nataly para decirle que estaba con Zac, esperando por si él tuviera uno de esos ratos de conciencia cada día más escasos.
Nat le contó que habían dado una vuelta por el bosque, hasta la cabaña del vasco, y que había conocido a la madre de Anne Miller.
Clarice recordó lo que decían de ella: que se había vuelto loca, que incluso se acostaba con el asesino de su hija porque quería vivir la vida de la hija que perdió.
Pero ella sabía que todo eran patrañas de mentes maliciosas y abyectas.
El viejo George W. Baley esperaba en la puerta trasera, desde donde se accedía directamente a la sala de autopsias del anatómico.
El superintendente más televisivo del país, capaz de desconcertar a los periodistas en cualquier situación, incluso tratándose de un francotirador en un colegio de primaria, había desaparecido por completo.
No quedaba ni la sombra de lo que fue. El viejo vampiro incombustible, ese que resplandecía como Edward Cullen ante los focos de la prensa perdió su brillo de estrella del celuloide al morir su hija.
La noche en la que la fatalidad se cruzó en la vida de George, el teléfono de Clarice sonó pasadas las dos de la mañana.
Zachary dormía a su lado. La maldición del cáncer aún no había sido mostrada por el destino de mierda.
« Mi hija ha muerto, Clarice ». « Cuánto lo siento, señor Baley».
«Y mis dos nietas, Ava y Daisy. Creo que las conociste ».
Clarice fue incapaz de decirle nada a un hombre preso de la desesperación.
« Un accidente de coche. Están en el hospital comarcal de Charlestown.
No han podido hacer nada por ninguna de las tres ».
Clarice asintió en silencio. « El informe preliminar ha dictaminado como causa del accidente “posible suicidio” con resultado de “filicidio” materno ».
Clarice supo inmediatamente lo que le estaba pidiendo: « Salgo ahora mismo.
¿Está usted en el hospital? ». « Necesito que contraste esa información, Clarice.
Mi hija sufría desde hacía tiempo una fuerte depresión, pero jamás se hubiera llevado a las niñas con ella.
Estoy convencido. Dios no permitiría, a un alma pura como la de ella, volverse tan maldita como para no entrar en el reino de los cielos.
Charlotte nunca hubiera sido capaz de algo así. Lo sé ».
Clarice le aseguró que en media hora estaría allí y colgó. Ella sabía que la depresión era un demonio que posee a las personas, transformándolas hasta que dejan de ser ellas mismas. Y por esta razón, sabía que todo era posible. Lo había visto otras veces.
El superintendente Baley la esperaba en la puerta con el informe del accidente.
«Dice que no intentó frenar. Incluso se insinúa que aceleró antes de salirse de la carretera y chocar con el árbol.
Dios, si se confirma todo, no sé cómo voy a explicarle eso a Marie.
La mataría» . « Puede haber otras explicaciones, George.
No se angustie. Yo averiguaré qué le pudo pasar a su hija momentos antes del accidente.
¿Está en el sótano? ». «Sí», temblaron sus labios.
« George, váyase a su casa. Acompañe a su esposa, le necesita más que nunca.
En un par de horas me pasaré por allí ».
« Pero ¿quizá le haga falta para algo? ».
« Cuando trabajo, lo hago sola. Ya lo sabe, señor Baley.
Nada de distracciones ». « Pero… ». « Váyase a casa.
Yo me encargo. Será el primero en conocer los resultados.
Se lo aseguro »—lo empujó hacia el parking.
Baley no se fue a ningún lado. Dos horas después, cuando Clarice salía por la puerta, se lo encontró junto a su coche con el gesto totalmente aterrado.
«¿De verdad hizo lo que insinúa este informe?
¿Se ha condenado para siempre? », preguntó con la esperanza de la desesperación brillando en sus ojos.
« Un infarto, George. Fulminante ». « ¿Fulminante?
». « Su hija era joven. A esas edades suelen serlo.
No pudo hacer nada ». George la abrazó como si Clarice le hubiera devuelto la vida.
Temblaba de arriba abajo, como lo haría el hombre más vulnerable del mundo.
Ella, sujetándolo, sintiendo sus lágrimas en el cuello, decidió que jamás le diría la verdad.
Que jamás le contaría que cuando examinó a su hija, todo estaba bien.
Que tuvo que hacerle un corte en la aorta e insertar un coágulo que sacó de su bazo destrozado para garantizar que cualquier otra autoridad médica dictaminara lo mismo: “Infarto fulminante”.
George W. Baley era un hombre temeroso de Dios, cuyo único pecado era que le hubiera encantado ser actor, nada más.
Creía en su trabajo y en la justicia de los hombres, por muy imperfecta que pudiera ser.
En una ocasión, tras el juicio a un pedófilo, en el pequeño comité de periodistas y abogados que se juntaron en el bar del chicano Méndez, le escuchó decir, con un whisky en la mano, que lo único que podía salvar el mundo era la piedad… y ella, desde luego, estuvo de acuerdo.
—Buenas noches, George. ¿Qué tal está su mujer?
—Más vieja y gruñona cada día. Supongo que como yo.
Clarice sonrió cansada y besó su mejilla.
—¿Están dentro?
—Llegaron hace diez minutos. Creemos que lo hizo una única persona. Cualquier detalle, cualquier pista puede ser crucial. Ha sido tremendo lo de esa familia. Esto es todo lo que la policía ha descubierto hasta el momento—le pasó un par de páginas.
—Son cuatro, George. ¿Habéis llamado a alguien para que me ayude?
—Un becario llegará en diez minutos. Adam Nguyen. Sus abuelos eran vietnamitas. Aparte de eso y de que es austero como un búfalo, no sé más.
Clarice asintió con la cabeza y entró mientras ojeaba las dos páginas con información sobre la familia, ubicación de los cadáveres y el resto de datos recopilados por la policía.
Sabía que George, como la noche de la autopsia de su hija, no se iría a ninguna parte.
No sería capaz de entrar: los recuerdos que tenía de ese lugar no se lo permitirían.
Pero estaría allí, esperando, apoyado en el capó de su coche.