Chapter 36
XXXV.
Espiar en lo profundo del bosque a Nataly y al pequeño Zac, tenía a Edmundo completamente fuera de sí.
La piel blanca como la porcelana, el cabello dorado como el sol, la delicadeza de la debilidad…
eran un afrodisíaco irresistible que aceleraba su corazón a ritmos vertiginosos.
Aquel psicópata, reclutado años atrás por los hilos más oscuros de una agencia federal, experimentó la agónica ansiedad del cazador que acecha a su pieza más deseada.
Nataly, con su melena rubia como el trigo, y ese chiquillo que la rondaba por todas partes, se habían convertido en una obsesión que no le permitía pensar en nada más que en el momento de tenerlos atados y a su merced.
Jamás había experimentado algo tan estimulante e inspirador, el sadismo puede serlo también.
Los imaginaba atados, colgando uno junto al otro; listos para que su mente desquiciada los martirizara sin descanso durante horas.
Los cuerpos a los que se les infringe daños sufren desmayos, y más cuando los estragos van avanzando con las horas.
Esos parones inevitables eran para Edmundo un martirio insufrible, un parón en la excitación que lo atormentaba siempre.
Pero dos cuerpos juntos le iban a permitir prolongar el éxtasis como nunca antes había logrado.
Cada vez que los miraba, escondido entre los árboles junto a la cascada, sus pulsaciones se elevaban como un cohete que cruza el firmamento dispuesto a estallar con la mayor fuerza de destrucción posible.
Cuando el gigante salió de la cabaña con el hacha y tomó al chico sobre sus hombros, decidió que ya no podía esperar más.
Que acabaría ya con su siguiente víctima y que luego regresaría a por ese sueño de éxtasis interminable.
Montó hecho una furia en su coche. El Oldsmobile era de un negro profundo, plano y maligno, como el color de los ojos de un demonio.
Edmundo arrancó el motor incluso antes de terminar de cerrar la puerta.
Los neumáticos chirriaron contra la tierra y el coche salió volando a toda velocidad.
Tenía prisa. Más prisa de la que jamás había tenido.
Debía acabar de una vez por todas con la vida de Damien Palmer, algo totalmente secundario en aquellos momentos, para poder dedicarse a lo único que había en su desquiciado cerebro en ese momento.
Damien era el segundo mocoso que alguien, desde despachos oficiales de lo más profundo del poder, quería ver enterrado.
Para Edmundo, el chico no era más que un muñeco molesto que apartar.
Como diría Robert McCall, un molesto tapón de botella que quitar de en medio, un tapón que lo separaba de la paz mental que tanto necesitaba para poder concentrarse en desenvolver sus verdaderos "regalos".
Edmundo operaba como una suerte de destripador moderno que necesitaba dilatar el sufrimiento de sus víctimas. El sadismo refinado era el único bálsamo capaz de calmar el oleaje de su perturbada mente.
Una hora más tarde, el coche negro quedó perfectamente estacionado en el lateral de la casa de los Palmer.
Eran las seis de la tarde y casi había anochecido.
Edmundo se ajustó la gorra de repartidor de correos sobre la frente y salió del coche mirando a ambos lados, con la bolsa de lona gruesa del Servicio Postal de los Estados Unidos.
Era un disfraz de trabajo con historia: Edmundo había asesinado al cartero que llevaba esa bolsa cinco años atrás.
Cuando se la echaba al hombro, siempre sonreía al recordar la ironía de la muerte.
Un cambio en el logotipo de correos, una decisión que a saber dónde se había tomado, le costó la vida al agente de correos Evan Donson, que nunca llegó a saber por qué le habían disparado en la cabeza.
Sin el menor remordimiento, Edmundo tiró la trasnochada bolsa que había usado hasta ese momento a un contenedor de basura.
La que llevaba hoy era nueva, impecable y auténtica.
Se acercó al porche y tocó el timbre.
A los pocos segundos, una mujer pelirroja que vestía un delantal casero abrió la puerta. En sus ojos no hubo ni una gota de sospecha; sólo la rutina aburrida de la tarde.
—Tengo un paquete para Damien... —Edmundo bajó la vista, simulando leer un papel arrugado antes de terminar la frase con frialdad—, para Damien Palmer.
La mujer estiró el cuello para mirar el papel, que estaba sujeto a una carpeta con una pinza de aluminio brillante.
En la hoja se leía una lista mecanografiada con varios nombres.
Edmundo, manteniendo las formas, señaló con el dedo el tercero empezando por el final.
Era una lista falsa, un cebo que él mismo confeccionaba minuciosamente para los casos en los que necesitaba engañar y ablandar la guardia de los propietarios de las casas que iban a morir.
La mujer se frotó las manos en el delantal, convencida de la farsa. Se giró hacia el pasillo interior de la vivienda y gritó con fuerza:
—¡Damien!
Luego volvió a mirar al falso repartidor. Edmundo ya había metido el brazo derecho en el fondo de la bolsa de correos, maniobrando en la oscuridad de la lona, buscando el tacto frío del acero.
—¿Sí, mamá?
La mujer se volvió a girar hacia el interior.
—Baja.
—Vale, voy.
La mujer volvió a girarse y no sintió ni vio nada más: un punzón de veinte centímetros atravesó su ojo izquierdo y su cerebro hasta el hipotálamo.
El psicópata tampoco sintió absolutamente nada: «Esta vieja pesa más de lo que parece», la sujetó mientras aún convulsionaba entre sus brazos.
La pasó al interior y la dejó caer ante la puerta.
Un hombre de unos cuarenta y cinco años, robusto, seguramente de beber cervezas ante la caja tonta cada fin de semana, apareció por la puerta de la derecha.
Al ver la escena, se precipitó hacia su esposa.
—Se ha desmayado—dijo Edmundo escondiendo el punzón a su espalda.
El hombre se derrumbó junto a ella, no tuvo tiempo de decir nada.
En cuanto se agachó para atender a su mujer, el punzón atravesó su nuca saliéndole por la garganta.
Fue un golpe perfecto; ni el mejor torero lo hubiera descabellado con mayor rapidez y precisión.
El barrigón se desplomó sobre su mujer mientras la sangre derramada se esparcía a su alrededor.
Edmundo miró hacia las escaleras, esperando la aparición del molesto tapón de botella.
Aguardó un minuto entero, agachado junto a los cuerpos, simulando ocuparse de ellos por si irrumpía Damien o cualquier otro tapón que estuviera en la casa.
No sabía cuántas personas había en aquella casa que olía a lasaña y vino dulce, pero sí sabía que en unos minutos no quedaría ninguna viva.
«Jodidos adolescentes. Me va a hacer subir a buscarlo», se encaminó a la escalera de ascenso.
La parte superior de la casa estaba bien caldeada.
Una luz se filtraba bajo la puerta de una habitación a su izquierda.
Al asomarse, vio a un muchacho jugando a la consola con los cascos puestos, de espaldas a la puerta.
Se acercó por detrás, lo tomó de la cabeza y con un golpe seco le partió el cuello.
Una fina sonrisa curvó los labios de Edmundo mientras en su imaginación se dibujaba la abominación que tenía pensada para Nataly y el mocoso.
Entonces, una niña de no más de cuatro años apareció a su espalda.
A pesar de su corta edad, se dio cuenta de que el alma de aquel hombre había sido concebida en el mismo infierno.
Quiso correr, pero el miedo la paralizó como si un hechizo la hubiera detenido e inmovilizado.
—¡Mamiiii! ¡¡Mamiiiii!!—gritó.
Edmundo afiló la sonrisa mientras se acercaba a la pequeña.
Se colocó en cuclillas y la abrazó por detrás: temblaba como un cervatillo ante una manada de lobos.
La apretó contra sí, poniendo su boca junto a la orejita de la pequeña Kimberly: « Soy un demonio que ha venido a llevarte al infierno ».
La niña abrió los ojos de golpe muerta de miedo y, el demonio, apiadándose de su aterrador sufrimiento, partió su cuellecito de cristal.