Chapter 35 #2
—Podrían meternos un misil por el puto culo—dijo uno de los médicos apretando el intercomunicador de su lado.
—¡Por Dios! Que no cunda el pánico. Tenemos a Donald Turner aquí dentro. Ese cabrón de Maxwell sabe que le estamos escuchando. Es una guerra psicológica.
Entonces sonó el móvil de Hellen.
—¡Es el coronel Maxwell! —gritó como si el móvil le quemara la mano.
—Veamos que piensa ese cabrón. Ponga el manos libres y diga que nos dirigimos al Kriopark. Tiene que convencerle.
Hellen miró al sargento a través de la trampilla y activó el altavoz para que todos lo escucharan.
—Querida Hellen, me informan que ha abandonado usted la Casa Blanca sin mi permiso. Espero que tenga un buen motivo.
Aquellas venenosas palabras hicieron explotar el corazón mismo de Hellen.
—Yo no soy uno de sus soldaditos de juguete. Tengo casi cuarenta y dos años e hice el juramento de “velar con el máximo respeto por la vida humana”.
—Lo conozco, el juramento hipocrático. Pero el presidente podría morir en esa ambulancia, lo que convertiría su vida en un infierno, si es que no lo es ya.
—Ha sufrido dos crisis convulsivas. Una justo antes de meterlo en la ambulancia. Mi juramento me obliga a llevármelo a mi centro. Debo analizar su cerebro en profundidad y comenzar el tratamiento de reanimación.
—Debería haberme avisado antes de hacer nada, Hellen. Su ansia de protagonismo podría costarle algo más que su carrera.
—Maxwell, déjese de gilipolleces. Usted no debería haberme encerrado. Y si quiere algo más, le espero en mi despacho del Kriopark. Ahora no tengo más tiempo para atender estupideces de soldaditos de guerra.
Hellen colgó, ante los alucinados ojos de todos, sin esperar lo que el coronel más importante de los Estados Unidos pudiera responder.
—Me he quedado como Dios—dijo reclinándose en su asiento junto al presidente.
Por la radio interna de la ambulancia volvió a sonar la voz del coronel: “Halcones, regresen a sus nidos”.
—Has convencido al viejo dinosaurio, Hellen—apretó el acelerador con fuerza el sargento. —Nos lo has quitado de encima por un buen rato. Se te da bien actuar.
—Soy directora de un centro médico de alto standing en la ciudad más cara del mundo. Mis clientes habituales son gente insufrible que se niega a aceptar ciertas situaciones. Eso me obliga a…
—¿Mentir? —la interrumpió Dorothy.
—No, a decirles lo que quieren oír.
—O sea, a mentir—repitió Dorothy,
—Dorothy, mentir es engañar. Yo no les engaño, sólo les digo lo que quieren oír. He visto grandísimos hombres que ante la muerte han llorado como niños de párvulos. Nadie quiere morir.
—Nadie podrido de dinero, aclararía un poco más.
—Efectivamente, no hay muchos millonarios que quieran dejar este mundo.
—Y ahora cada uno a su sitio y cinturones puestos. Nos vamos a Rhode Island—interrumpió el sargento apretando los dientes y concentrándose en la carretera. Sabía que el engaño no funcionaría más allá de quince o veinte minutos, luego el coronel soltaría a los lobos.
—Maxwell no tardará en darse cuenta del engaño, Robert.
Él la miró con suavidad. Ella sabía lo difícil que lo tenían. Si algún don tenía Maxwell era el de su férrea voluntad, y eso lo volvía implacable.
—Lo sé, Do. Estoy pensando en cómo escapar de los rastreadores que nos mandará en quince o veinte minutos.
Hellen, que era una mujer dura que debía tomar decisiones de vida o muerte a diario, intervino.
—Hay que cambiar de ambulancia. En mi centro hay una tan estupenda como esta. Ha cargado con dos expresidentes y varios CEOS de grandes corporaciones. Así podemos ganar tiempo.
—No podemos acercarnos al Kriopark, Hellen. Nos estarán esperando.
Ella tomó su móvil.
—Para aquí, Robert.
Habían salido del túnel y circulaban dirección Este por la calle Quincy.
—Cleo, soy Hellen. Necesito una “Reina” en el cruce de Quincy con Rock Creek. Y la necesito ya. Un infarto.
—Ahora mismo, jefa…— se hizo el silencio unos segundos. —Tardará siete minutos. Si me da los datos, puedo ir abriendo ficha al paciente.
—Ahora eso no importa, Cleo. Siete minutos, ni uno más—y colgó.
Robert se detuvo en el cruce con toda la parafernalia de luces parpadeando.
Seis minutos después apareció la ambulancia medicalizada de la Kriopark, la de los millonetis de Washington, que se puso a su lado con otro chorro de luces discotequeras aún más impresionante.
La doctora tomó el control inmediato de todo.
Mientras sus médicos preparaban el desembarco del presidente, ella tomó a un lado al médico de la ambulancia.
—¿Y el paciente?
—Clauss… Me llevo la Kriopark. Es cuestión de vida o muerte.
—Pero….
—Esta es la ambulancia presidencial.
—¿Presidencial de la Casa Blanca? —dirigió la mirada hacia la camilla que llevaban sus compañeros del hospital. —¿No será el presidente?
—Está muy grave y quieren matarlo—no confirmó que fuera el presidente.
Claus se quedó mirándola sin entender qué estaba pasando, pero con el morro torcido.
—¿No querrás meterme en un lío, Hellen?
—¿Recuerdas al señor Anderson? Porque yo me acuerdo muy bien de lo blanco que estaba en el tanatorio la semana pasada. Tuve que intervenir para salvarte el cuello: operar borracho nunca es buena idea.
Claus tembló como si un calambre le hubiera atravesado las pelotas y reaccionó con total sumisión.
—Si es por salvar al presidente, lo que haga falta, Hellen.
Ella sonrió con refinamiento, era evidente que sabía manejar bien a los suyos. Hizo un gesto con la mano para que metieran al presidente en la nueva ambulancia y los reunió a los tres en corrillo.
—Carter, tú harás de presidente.
—Claus, cuando lleguéis al Kriopark, quiero que se aplique el protocolo de máxima confidencialidad.
Ingresáis a Carter con el nombre de Donald Tunner.
Y lo metéis en la planta de críticos, en el ala “sin vistas”.
No dejéis que nadie entre. Cuando llegue el coronel Maxwell, le hacéis pasar a mi despacho. Yo misma me encargaré de él.
Cuando hubo terminado de dar las órdenes, Robert se acercó a la doctora.
—Hubiera sido una buena soldado.
—Ya lo soy.
—¿Podrá ocuparse del coronel?
—Durante el tiempo suficiente para que desaparezcáis. El Kriopark es mi territorio. Allí yo soy la que manda. Podré tenerlo ocupado hasta que lleguéis a Rhode Island. Luego ya será cosa vuestra.
—¿Alguna indicación para el paquete?
—Está muy estable. Llegará sin novedad.
—Adiós, Hellen. Espero que podamos tomar un café tras esta emocionante función.
Hellen estrechó su mano y entró en la ambulancia.
—En ruta, Do, tenemos un paquete que entregar.
—Andando, que estoy deseando deshacerme de él. ¿Sabes? Creo que Hellen hubiera sido una excelente oficial, Robert.
—Creo que lo es, Do. Una muy jodida.