La patóloga Chapter 35
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Chapter 35

XXXIV.

A eso de las cinco y media empezó a llover sobre la ambulancia presidencial parada ante la garita de la Casa Blanca.

El silencio en el interior de la cabina podía cortarse con un cuchillo.

Los corazones de sus ocupantes galopaban a toda velocidad: un paso en falso y podrían acribillarlos a balazos.

El sargento Robert, Dorothy —su exnovia—, la directora del centro de conservación criogénica y sus dos médicos subalternos respiraron por fin, como si no lo hubieran hecho en un año, cuando la garita de la entrada norte quedó atrás.

No era para menos: sacar al presidente de los Estados Unidos por la puerta principal, sin escolta y sin que el coronel Clayton Maxwell lo hubiera ordenado, era poco menos que jugar a la ruleta rusa con cinco balas.

Robert sabía que los protocolos destinados a proteger al presidente eran papel mojado cuando éste corría verdadero peligro.

Lo había presenciado en dos ocasiones: la primera en una cena de periodistas y un año después en una comida con la asociación del rifle.

Un simple petardo o un fulano amenazador con un destornillador de punta de estrella podían provocar una auténtica estampida, como ratas escapando del barco que se hunde.

Copas de champán francés, platos llenos de canapés de caviar ruso, sillas de seiscientos dólares rodando por los suelos y millonarios y millonarias atropellándose entre ellos sin miramiento alguno.

—Ex “Bomboncito”, ¿estás seguro de lo que haces? —preguntó la ex mientras metían al presidente en la parte trasera de la ambulancia más valiosa del mundo.

Todos contuvieron la respiración, con los ojos como platos, atentos a su respuesta. Estaban acojonadísimos.

—Todos los entramados inmensos son en realidad castillos de naipes.

Es lo primero que te enseñan en los cuerpos de élite.

Nuestro “AS” es este cabroncete—palmeó el moflete derecho del presidente.

—He comprobado más de una vez que, cuando las cosas se ponen jodidas, los castillos se desmoronan por sí solos; y la Gran Casa es un inmenso castillo de naipes cuando el presidente está en auténtico peligro de muerte…

como en este caso, ¿no? —fijó la vista en la subdirectora.

—No sé nada del sistema de seguridad de la Casa Blanca, pero doy fe de que la situación médica del señor Tunner es crítica: nadie sabe si el pendejo despertará. Quizá sea ya sólo un vegetal que echa pelo por la nariz.

Robert no sabía si encontraría a Nataly en Rhode Island, aunque su entrenamiento le había enseñado que cuando alguien cree que va a morir, regresa a sus orígenes.

Si su novia, con la que pretendía casarse cuanto antes, se había dejado arrastrar por esa fuerza irresistible, estaría allí, saldando cuentas con su amiga Clarice Morgan.

La ambulancia, una vez atravesada la verja, aceleró como si la estuvieran atacando con morteros.

Los soldados de vigilancia apostados en la garita sabían que el presidente, en estado crítico, estaba siendo evacuado de urgencia, por lo que era lógica la celeridad en el traslado.

Un secuestro del presidente era algo inconcebible.

—Robert, saldremos en todos los telediarios, como Bonnie y Clyde. Tú sí que sabes dar emociones fuertes a una chica.

Robert sonrió de oreja a oreja ante el piropo.

—Supongo que por eso estuve tan colada por ti.

—Y por la “pin pan pun” de mi entrepierna.

Dorothy resopló y agarró su entrepierna con fuerza.

—¡Dothy!

—¿Qué?

—¡Me los vas a aplastarrr!

—Te juro que como me maten, antes te mato yo.

—¡Grrrr! ¡Joderrr! ¡Para o terminaremos hostiándonos! —se encogió apretando las piernas.

—Ya me has oído. TE MATO—aflojó la presión.

—Nadie se atreverá a atacarnos aquí dentro, joder. El viejo de atrás es el puto Donald Turner. Lo tengo todo controlado. Además, lo peor ya ha pasado: hemos salido del cerco presidencial.

—Dorothy, esto tiene que acabar.

—Si hablas del achuchón a tus pelotas, lo siento. Sabes que aún tienen influjo sobre mi voluntad.

—Ya, pero lo nuestro se acabó. Con estas bolas ya no puedes jugar.

Dorothy apretó los dientes y puso los ojos en blanco. Robert giró a la derecha, hacia la Avenida Nueva York.

De repente, dos golpes sonaron en la trampilla que comunicaba la cabina de conducción con el mini hospital de atrás.

—Robert, el Kriopark Center era a la izquierda—advirtió aún temblorosa la directora Murdock.

—No vamos a su centro médico. Será el primer lugar en el que nos busquen.

—¡Pero el presidente...!

—Nosotros vamos antes que el presidente. Él está bien. Debemos ponernos a salvo, Hellen.

—Pero es en mi hospital donde tengo los equipos necesarios para calibrar su estado y reanimar su conciencia.

—Pues olvídese. Ya buscaremos soluciones técnicas cuando estemos a salvo

—Pero…

—No hay pero que valga. Nos vamos a Rhode Island. Allí hay un hospital magnífico con todos los adelantos técnicos.

La radio presidencial de la ambulancia chisporroteó justo cuando cruzaban la 17 con Nueva York. Robert alargó la mano sin mirar y subió el volumen. Un clic seco, y la voz del coronel Clayton Maxwell llenó la cabina, rota por la estática y por la rabia.

—¿Alguien puede informarme de qué coño está pasando en la jodida Casa Blanca? Me ausento cuatro horas para una puta revisión médica y vuelvo para encontrarme todo colapsado.

Dorothy se llevó las manos a la boca. Hellen Murdock, detrás del cristal de la trampilla, se quedó blanca. En la radio, un supervisor de seguridad tartamudeó.

—Coronel, le enviamos un SMS encriptado al busca hace noventa segundos. Pensamos que...

—Lo acabo de ver. Lo acabo de ver ahora. ¿Dónde está la ambulancia?

—Salió por la puerta norte a las 17:32, señor. Con el presidente a bordo.

Hubo un segundo de silencio, salvo por la lluvia contra el parabrisas y el pitido del monitor del presidente al fondo.

—¿¡Quién demonios autorizó el traslado!?

—Nadie, señor. El sargento Robert Bonneville tomó el mando. Aseguró que estábamos ante un código negro.

—¡El sargento Bonneville! —Maxwell pronunció el nombre como si le mordiera las entrañas. —¿Quién acompaña a ese traidor?

Todos en la ambulancia se pusieron a temblar: colaborar en un acto de alta

traición está penado con prisión de alta seguridad de forma permanente.

—La oficial de cámaras Dorothy Sanders, la subdirectora Hellen Murdock, y dos de sus médicos. El presidente está muy grave, señor. La doctora dijo que a las 17:15h había entrado en fallo multiorgánico y que podía morir en cualquier momento. Usted no estaba, tomamos la decisión de...

—¿De secuestrar al comandante en jefe de esta Santa Nación? —hizo vibrar el alarido de Maxwell el altavoz.

—¿¡Pertenece alguno de ustedes a la puta cadena de mando de la Casa Blanca!? Creo que no. Es más, estoy seguro de que no, ya que soy yo el que mea y vosotros los que tragáis. ¿Lo habéis entendido?

Al otro lado no se escuchó ni un suspiro.

—Lo tenéis muy jodido, muchachos—volvió a romper el silencio Maxwell. —No quisiera estar en el pellejo de los estúpidos que han abierto la puerta a los traidores de la Grande e Implacable América.

Robert no parpadeó. Conocía ese tono. Era el tono que utilizaba Maxwell antes de mover ficha.

—Escuchadme bien—, continuó Maxwell, ya más frío, más quirúrgico.

—Primero: hay que alertar a todas las unidades en la I-95 norte.

Quiero puestos de control desde Baltimore hasta Providence.

Segundo: acordonen el Kriopark Center que dirige la doctora Murdock.

Nadie entra y nadie sale sin que yo sepa su color favorito o si ha follado esta noche.

Hay que apostar a los mejores hombres de la policía militar en cada puerta de ese centro.

Quiero el control absoluto del Kriopark.

Tercero: levanten dos Halcones. Quiero ojos térmicos sobre cualquier ambulancia que salga de la ciudad.

Vamos a registrar cualquier vehículo sospechoso y si esa ambulancia no se detiene, la detenemos nosotros.

Dorothy clavó las uñas en el antebrazo del sargento.

—Estamos sentenciados a muerte. O peor aún, nos encerrarán en un agujero tan hondo como inmundo del que jamás nos dejarán salir. Sería mejor un tiro en la cabeza, Robert—, susurró clavándole aún más sus uñas.

Uno de los médicos jóvenes de detrás empezó a hiperventilar con un ataque de pánico. La voz de Maxwell era endemoniadamente fría y se escuchó también en el habitáculo del presidente. Hellen golpeó de nuevo la trampilla con la palma abierta.

—¡Sargento! ¿Lo ha oído? Va a tomar el control de mi instalación, de mi laboratorio ¡Todo mi trabajo está allí!

Robert giró apenas la cabeza, sin soltar el volante.

—No van a precintar nada, repuso con la misma calma con la que había dicho "lo peor ya ha pasado".

"Maxwell siempre aplica el protocolo correspondiente, lo que lo vuelve predecible- Primero cierra lo que cree que vas a necesitar, para obligarte a volver.

Después pone los controles en la autopista, porque piensa que vas a pasar por allí.

Y por último mira al cielo, porque es lo único que no puede controlar desde tierra.

Subió un punto más el volumen, como si quisiera que todos escucharan cuál era el siguiente movimiento.

—Unidad Halcón Dos, aquí Maxwell. Tienen luz verde para interceptar su objetivo. El dios del Olimpo está en el interior. Una vez puesto a salvo, el resto es prescindible.

Robert sonrió, un gesto breve y sin alegría, y metió la ambulancia en el carril central del túnel de la 9th Street, donde la radio se llenaría de ruido y los térmicos perderían la señal durante exactamente cuarenta y siete segundos.

En el interior de la ambulancia las caras eran un poema de los más trágicos que hayan podido escribirse. Las palabras “el resto es prescindible” eran puñaladas en el alma de todos, salvo en la de Robert, que ya las había escuchado antes.

—Esos cabrones primero tendrán que encontrarnos y ahora mismo sus ojos miran en la dirección equivocada—hablaba el sargento por el intercomunicador interno.