La patóloga Chapter 34
55%

Chapter 34

XXXIII.

Nataly avanzaba por el sendero helado del bosque de Seekonk con una sensación desconocida: la mezcla tibia entre nostalgia de su vida anterior y desasosiego al saberse perseguida por la misma Casa Blanca.

Había pasado la noche en casa de su vieja amiga, una a la que había olvidado tras jurar ante la bandera de estrellas fidelidad absoluta al presidente de los Estados Unidos, y con ello sentirse en otra esfera superior a la del resto de los mortales.

Diez años sin mediar una sola palabra eran muchos años, demasiados.

Pero la tormenta de recuerdos al encontrarse había arrasado con los años de silencio, dejando al desnudo una amistad que volvió a prender como un incendio de verano en cuanto cruzaron sus miradas.

Ambas, Clarice y ella, se habían echado en falta y su reencuentro, como por magia del destino, se había producido cuando se necesitaban más que nunca.

A su lado, Zac Junior —cinco años, ojos enormes, energía inagotable— caminaba dando pequeños saltos, abrazando el pequeño arco con el que Nataly comenzó a practicar como si fuera un tesoro recién descubierto.

Iban bien abrigados: Nataly llevaba un anorak azul marino, bufanda gruesa y guantes de lana; Zac, un plumífero rojo, gorro con pompón y unas manoplas que parecían demasiado grandes para sus manos.

El aire frío del incipiente invierno les mordía las mejillas.

Zac no parecía notarlo. Y Nataly, rodeada de robles desnudos y silenciosos, con el torbellino de cinco años brincando como un pequeño canguro a su lado, se sentía renovada, pletórica de energía.

—¡Vamos a la cascada, Nataly! —gritó, señalando hacia el norte.

La subsecretaria de salud de la Casa Blanca sonrió. A pesar de su cargo, de la presión constante, de las reuniones en salas ovaladas de Washington, había algo profundamente liberador en seguir el paso de un niño que solo quería disparar flechas.

—A la cascada entonces —respondió reconfortada.

Nataly llevaba al hombro el arco de madera y fibra de vidrio laminado, una joya capaz de alcanzar los doscientos metros con una precisión de menos de un palmo.

Ella lo dominaba desde hacía tiempo.  Robert fue quien la instruyó al principio, pero pronto se volvió una adicta a la satisfacción de alcanzar el blanco a mayor distancia.

—¡Genial! ¡Te va a encantar! —gritó el enano echando a correr por un sendero flanqueado de pinos.

—No corras tanto, Marcus Aurelius —bromeó Nataly acelerando el paso para no perderlo de vista—. El suelo está helado y podrías caerte y romperte un brazo. ¿Y sabes qué pasaría entonces?

—No—se detuvo en seco Zac. —¿Qué pasaría entonces?

—Dos cosas, Zac. Una a ti y otra a mí.

Zac abrió los ojos espeluznados ante la maligna intriga que dejaban entrever las palabras de aquella chica tan guapa.

—La primera es que tu mamá me pegaría una paliza con el palo de la escoba.

Zac junior rio apretando los ojos de felicidad. Aquello no se lo perdería por nada del mundo.

—¿Y sabes cuál sería la segunda cosa, que seguro que no te hace tanta gracia?

—¿Cuál? —dejó de reír con esa facilidad con la que los niños pasan de la felicidad al desconcierto en un abrir y cerrar de ojos.

—Que no podrías disparar con el arco que te he regalado.

Zac abrió los ojos y abrazó con mayor fuerza el pequeño arco.

—Así que vas a tener cuidado el resto del camino, Marcus Aurelius—volvió a bromear.

—¡Que no me llamo Marcus! ¡Soy Zac Junior! —protestó él, girándose con una sonrisa desdentada y los mofletes encendidos por el azote del viento—. ¡Y hoy voy a dar en el centro de la diana! ¡Pum!

La ilusión del pequeño era contagiosa. Desde que Nataly había cruzado el umbral de la casa la noche anterior, el niño no se había separado de ella.

Para Zac Junior, la amiga de su madre no era una alta funcionaria del gobierno; era la mujer increíble que sabía disparar flechas y que venía de ese lugar misterioso llamado Washington.

A medida que se internaban en la espesura, el rumor lejano pero constante del agua empezó a quebrar el silencio del bosque.

Era la cascada de Hunts Mill, un salto de agua que en verano atraía a familias y excursionistas, pero que en esta época del año se convertía en un paraje sombrío, rodeado de rocas cubiertas de musgo negro y carámbanos de hielo que colgaban como colmillos de cristal.

Las sombras en aquella parte del sendero eran más impenetrables y el viento del norte más frío. Zac Junior se detuvo en seco en una bifurcación del sendero. Sus ojos, muy abiertos debajo del gorro de oso, miraron hacia la densa arboleda que se extendía a la izquierda de la cascada.

—¿Qué pasa, campeón? —preguntó Nataly alcanzándolo y poniendo una mano sobre su cabecita.

—Allí vive el gigante —susurró el niño, bajando la voz por primera vez en toda la mañana.

—¿Dónde?

Zac señaló con uno de sus deditos a la espesura que se extendía al costado de la cascada.

Mirando en aquella dirección, a duras penas se distinguía una cabaña de madera, casi camuflada entre la tupida vegetación.

Una luz atravesaba la ventana desde el interior y un humo blanco emanaba de la chimenea: el gigante vasco estaba allí.

A Nataly se le congeló la sangre en las venas, y no tuvo nada que ver con la escasa temperatura del ambiente.

Eloitz Basagoiti, o el gigante vasco, sobrenombre por el que era conocido por todos en el condado, era un tipo huraño de casi dos metros de estatura y hombros de buey…

y, según las malas lenguas, el novio de Anne.

Y como novio, se convirtió de inmediato en el principal sospechoso del asesinato.

Nataly recordaba el gran revuelo que se formó cuando fue detenido e interrogado.

La histeria colectiva que recorrió las calles en contra de ese gigante que apenas hablaba inglés.

Pero las pruebas biológicas que se encontraron en Anne jamás apuntaron hacia él por lo que, pese a los recelos de la comunidad, fue puesto en libertad sin cargos.

Hubo otros sospechosos, otras investigaciones, pero ninguna dio con el asesino.

El resultado, tras más de dos años de investigación, fue el de una chica preciosa bajo tierra, un caso sin resolver y una comunidad con una herida abierta que jamás se cerró.

—No debemos acercarnos a esa casa, Zac —dijo Nataly intentando mantener la voz firme y neutral, una habilidad que había perfeccionado frente a los comités del Congreso.

—¿Por qué? El gigante es muy majo y tiene la fuerza de un bisonte. Se llama Eloitz y jamás tiene frío. ¡Vamos! ¡Corre! Nos dará matigotxo.

—¡No, Zac! Mejor buscamos un buen claro cerca del agua para colocar tu diana, ¿de acuerdo? —propuso horrorizada al verlo correr hacia la cabaña.

Pero ya nadie podría detener sus pasitos precipitados de ardilla sujetando el arco en lo alto.

—¡Elo! ¡Elo! Mira qué arco me han regalado. ¿A que es chulo?

Nataly apretó los dientes y echó a correr tras el renacuajo, pero el suelo estaba resbaladizo y lo que parecía una tarea fácil se volvió imposible: el crío sabía moverse bien por aquel terreno y ella era un pato mareado.

La puerta de la cabaña se abrió mientras ella intentaba seguirle sin romperse la crisma.

Zac, a modo de patinador experimentado, apresuró el paso y saltó sobre el gigante que bajaba del porche.

—¿De dónde lo has sacado, mutila ? Es una chulada.

—Me lo ha regalado Nat. ¿A que es chulísimo?

—Y tanto que lo es. Si afinas la puntería podrás hasta cazar conejos—lo abrazó hasta hacerlo desaparecer en el interior de su enorme caja torácica.

Nataly se quedó clavada en el sitio. Eloitz la miró a través de su cabello largo y ondulado. Sus ojos eran grises y brillaban entre las sombras de su cara. A Nat se le vino a la cabeza la imagen de Jacob Elordi en Cumbres Borrascosas.

Entonces salió una mujer de la casa. Elegante, refinada, con un abrigo de piel hasta los pies y enormes gafas de sol. Miró hacia Nataly y descendió del porche sin apartar sus ojos de ella.

Nat reconoció a la madre de Anne Miller… todos en el condado la conocían por su generosidad con quien fue el principal sospechoso del asesinato de su hija.

Zac se zafó del abrazo del oso y se abrazó a la dama.

—¡Mary! ¡Está con Elo! ¡Qué bien! ¿Ha visto mi arco? Dice Elo que se pueden cazar conejos con él.

Nataly se acercó lentamente al grupo al que Zac parecía conocer bien.

—Zaki, ¿Quiénes son tus amigos? —preguntó con cautela.

—Este es el gigante Elo y ella es la señora que le curó cuando se puso malito. Yo aún no había nacido.

Aquello confirmaba los rumores que se extendieron por todo el condado hacía ya una década: la madre de Anne, cuando su hija estaba recién sepultada, corrió con los gastos del tratamiento contra el cáncer que salvó la vida del principal sospechoso.

Para hacer algo así, debía de tener muy claro que la policía estaba equivocada.

—Nataly Claiborne—extendió la mano enguantada hacia la mujer.

—Mary Elizabeth Miller. Puedes llamarme Mary—la estrechó con suma afabilidad. —Es un honor conocer a una de las mujeres del presidente. Eres ya una leyenda en algunos círculos. Te presento a Eloitz Basagoiti, el guardián de este bosque.

El chicarrón del norte se irguió como un roble centenario ante ella y la abrazó como un oso. Ella sintió su fuerza, que era descomunal: « Podría aplastarme como a un pajarillo », se dijo.

—¿Qué te trae de vuelta por Rhode Island, Nataly? Siempre he creído que el servicio en la Casa Blanca debe ser exigente y no dar tregua.

—Y prácticamente es así… pero siempre hay asuntos personales que no puedes dejar de lado…

La madre de este renacuajo siempre fue mi mejor amiga—lo abrazó con afecto guiñando un ojo a los presentes, dando a entender que estaba allí por el padre del chico y para acompañar a Clarice durante el desenlace final.

Los presentes asintieron circunspectos, todos conocían a Zachary a través de Clarice, la mujer que tanto había trabajado para dar con el asesino de Anne.

—Eloitz, lleva al pequeño Zac al cobertizo, a ver si encontráis algo que pueda servir de diana para disparar con ese arco tan estupendo.

— Mutila … verás lo que tengo guardado.

—En América se dice boy y no mutila … te lo he dicho un millón de veces—repuso el niño entre divertido y enfadado.

—Los vascos somos así, medio sordos. ¿Cuántas veces te lo he dicho también?

—Otro millón—comenzó a reír el chiquillo.

—¿Sabes qué quiere decir eso, mutila?

—Que los yankis somos tan sordos como los vascos—soltó una enorme carcajada mientras el gigante se lo subía a los hombros como si fuera una pluma.

Ambas mujeres contemplaron cómo se alejaban directos hacia el cobertizo.

—Zac no debería alejarse de mí. Es mi responsabilidad. Si le pasara algo…

—Con Eloitz no le pasará nada. Antes moriría que dejar que algo le ocurriera. Muchos creen que es un demonio que torturó y mató a mi Anne, pero es un bendito que no sería capaz de hacer daño a nadie, salvo que no le quedara otro remedio.

Nataly la escuchaba sin pestañear, analizando sus gestos, el fervor en su mirada, el convencimiento y la paz que transmitía con cada palabra.

Ella jamás había visto a Eloitz comportarse de modo violento, salvo el encontronazo que presenció en el entierro de Anne.

Nat nunca había llegado a hablar con la hija de aquella mujer que ahora la interpelaba, pero la conmoción en el campus por su muerte logró que más de la mitad de los alumnos se congregara aquella mañana lluviosa en el cementerio.

Ella acudió a petición de Clarice, cuando eran inseparables…

Para ella había sido la primera autopsia por asesinato y las atrocidades que presentaba el cuerpo de Anne la dejaron totalmente destrozada.

—Parece un buenazo…

—Y lo es—sonrió sincera antes de oscurecer la mirada. —Han pasado ya más de diez años y quien mató a mi Anne sigue libre. Nadie lo busca, Nataly. Nadie se acuerda de mi niña salvo ese grandullón y Clarice, que nunca ha dejado de buscar ni de visitar su tumba.

—No pierda la esperanza, los avances técnicos en criminalística son continuos…

La mujer observó al grandullón entrar en el cobertizo, con la mirada perdida en su dolor.

—Vivir en lo incomprensible, como es el asesinato de mi Anne, es lo más terrorífico de todo. Te aseguro que para una madre no hay nada tan abominable como esta vida sin mi hija. Pero ya llega a su fin. No me queda mucho. Un cáncer de páncreas intratable.

Nataly notó el golpe del pesar.

—Lo lamento muchísimo, Mary—tomó sus manos.

—Los médicos dicen que dos meses. Quizá algo más.

Nataly la abrazó sin decir nada, no había consuelo posible.

—Si yo pudiera hacer algo…

—Sí que hay algo que puede hacer cuando yo ya no esté.

Nataly abrió los ojos sorprendida.

—Lo que sea. Si está en mi mano, delo por hecho.

—Querida, usted conoce al presidente Donald Turner. El perdió a un hijo por culpa de un borracho y estoy segura de que, si él llegara a saber lo que le ocurrió a mí Anne, movería el país entero para hacer justicia. Es un padre que ha perdido a un hijo… en eso es igual a mí.

Nataly prefirió no aclarar que Donald Turner estaría criando malvas, casi seguro, en aquel momento; y que, si no era así, siendo un capullo tan redomado como era, jamás movería un dedo si el principal beneficiario no fuera él mismo.

—Y está Eloitz, ese muchacho jamás ha dejado de buscar al asesino y jamás lo hará. Yo me iré pronto tras apenas diez años de sufrimiento, pero él es joven y fuerte, le queda un infierno entero que pasar si no conseguimos dar con quien nos la arrebató.

En la mirada de la mujer, además de impaciencia e inquietud, había desesperación.

—No puedo irme en paz dejándolo morir de pena en esta triste cabaña.

Mi segundo esposo, el padrastro de Anne, hace años que se fue de aquí dejando todo el dolor atrás.

Ahora estoy sola… con él—dirigió la mirada hacia el descomunal vasco que saltaba con Zac sobre los hombros.

—Nunca abandonará la búsqueda. Estoy segura de ello.

Sólo encontrar al asesino logrará que la ausencia de Anne deje que torturarlo.

Nataly pensó en la paradoja de que la presencia de una ausencia pudiera condicionar una vida entera. Una vida como la de aquel enorme hombre que llamaba a Zac “ mutila”.

—Lo intentaré, Mary. Cuando el presidente se recupere, me volcaré en convencerlo para que mueva los hilos que sean necesarios.

Es un buen hombre—soltó una mentira que sabía que era insuperable.

Pero a su mente vino la imagen del guapo sargento Robert Bonneville, un soldado profesional, inteligente y con contactos por todas partes.

Estaba segura de que haría lo que ella le pidiera, si prometía recompensárselo con fuego abrasador entre las sábanas.