Chapter 33
XXXII.
El rugir de la radial de autopsias aún vibraba en los oídos de Clarice cuando cruzó la verja de hierro forjado de St. Mary.
El mediodía en Rhode Island carecía de calidez; el sol era un disco pálido y estéril atrapado entre nubes plomizas.
El invierno acechaba a la vuelta de la esquina, y en la costa el frío nunca mostraba clemencia.
Se colaba bajo el abrigo y mordía la piel con la misma indiferencia con la que la muerte reclama sus piezas.
Apenas una hora antes, las manos de Clarice habían pesado los órganos de un niño de doce años.
Un golpe seco, un parachoques implacable y un conductor a la fuga que lo había dejado tirado en el asfalto helado, como a un perro.
La rutina del horror cotidiano la asfixiaba, pero no era ese niño quien la había empujado hasta el cementerio. Era una antigua deuda pendiente.
Caminó entre lápidas cubiertas de musgo hasta la sección más recóndita del camposanto, donde yacía desde hacía una década Anne Miller.
La inscripción en el granito seguía tan nítida como el recuerdo de su cuerpo sobre la mesa de acero.
Anne había sido la obra de arte de un monstruo, un asesino cruel y despiadado que dilató su agonía durante horas infinitas.
Clarice recordaba cada incisión defensiva, cada corte en cada lugar, el patrón exacto de las ataduras en las muñecas y el terror petrificado en sus ojos abiertos.
El sádico se había evaporado en la niebla de una vieja nave abandonada, dejando atrás un expediente abierto que acumulaba polvo en el departamento de policía, pero que quemaba en la memoria de la patóloga.
Clarice se agachó, ignorando el crujido de sus rodillas y la humedad que traspasaba la tela de su pantalón.
Extendió la mano derecha, desprovista de guante, y la plantó firmemente sobre la fría losa de granito.
El contacto directo con la piedra helada la ancló a la realidad.
Cerró los ojos y, como un mantra inquebrantable que repetía en cada visita, rezó en el más absoluto silencio: «No te he olvidado, Anne.
Estoy aquí. Aún te veo. Aún siento el frío de tu piel. Lo encontraré» .
Un cuervo graznó sobre las ramas desnudas de un roble cercano, rompiendo el vacío del cementerio.
Clarice contuvo el aliento. Sabía que los muertos no hablaban, pero las marcas que aquel hombre dejaba en la carne eran un lenguaje que ella dominaba mejor que nadie.
El asesino seguía ahí fuera, respirando el mismo aire gélido.
—Era muy joven—la sobresaltó una voz a su espalda.
Se incorporó de un salto y vio que un tipo bajito y delgado observaba la lápida a su lado. No tendría más de treinta y cinco o cuarenta años. Clarice no dijo nada. Sólo sintió un escalofrío.
—He visto morir a unos cuantos jóvenes a lo largo de mi vida. Y es lo más doloroso que hay. No es como los ancianos, que mueren con facilidad. Un simple resfriado puede ser suficiente. La juventud es fuerte y se resiste con tozudez a dejar de existir.
—¿Cómo sabe que sufrió? —se puso a la defensiva. Presentía de algún modo que aquel desconocido sabía lo que Anne había sufrido antes de abandonar este mundo.
—Se lo he dicho, la juventud nunca se deja llevar de la mano por la Muerte. Lucha con uñas y dientes.
—¿Quién es usted?
Aquel hombre de sonrisa encorvada y mirada fría como el pedernal de la lápida, la miró con desdén.
—Todos, algún día, acabaremos en una como esta—dijo Edmundo sin apartar la mirada del lecho de Anne.
—¿De qué la conocía?
Las preguntas murieron en el aire gélido; aquel tipo, frío como un lagarto, no articuló una sola palabra más. Se limitó a dar media vuelta y alejarse entre las tumbas sin mirar atrás. Su absoluta indiferencia heló la sangre de Clarice aún más que el propio invierno de Rhode Island.
Clarice apretó los puños dentro de los bolsillos del abrigo, observando cómo la silueta del desconocido se desvanecía entre la bruma del mediodía.
El eco de sus pasos ausentes dejó un vacío incómodo en el cementerio.
La patóloga contuvo la rabia, abrió la boca y respiró el aire helado hasta el fondo de su ser, sintiendo cómo el oxígeno congelado le limpiaba los pulmones y le templaba el pulso.
Se volvió una última vez hacia la lápida de granito. El viento del Este comenzó a soplar con fuerza, agitando las ramas desnudas de los robles. Clarice se inclinó levemente en señal de respeto y pronunció su frase de despedida, un juramento que sólo el viento y las piedras podían custodiar:
—Duerme en paz, Anne; estoy aquí y no te olvido.
Sin mirar atrás, aceleró el paso en dirección a la salida. La calidez de la justicia tardaría en llegar, pero ella no pensaba detenerse.